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Un deseo de soledad





“Lee, escribe, estudia, medita, holgazanea. Está sola,

deliciosamente sola. Se va por un jardín y se detiene a contemplar

la contraluz de un crepúsculo, tiene sed y en el alto taburete

de una fuente de soda toma a pequeños sorbitos su vaso de refresco,

la atrae un concierto y el arrobo de la música se intensifica en la soledad,

la tienta un viaje y la rosa de los vientos le pertenece”.


Marta Brunet, “El derecho a la soledad” (1935)


Es el año 1993. Una madre y su hija en auto rumbo al norte de Chile. Mientras maneja, la madre abre la guantera y saca su estuche de compact discs. “Pon éste”, le ordena a la hija. El paisaje árido de la carretera se suaviza con el francés de una canción cuyos efectos en la madre son inmediatos. Una mezcla exquisita de pasión y tristeza bien llevadas se apoderan de ella. ¿Qué dice la canción, mamá? En vez de responder, la madre canta más alto: Pour avoir si souvent dormi avec ma solitude, Je m'en suis fait presque une amie, une douce habitude. Pero, ¿qué significa?, insiste la hija. “Significa que no está solo, que se siente acompañado por su soledad”, responde tajante la madre, haciendo evidentes sus ganas nulas de ahondar y conversar, y retoma el canto.


***


Según la recientemente publicada sexta versión de la encuesta Termómetro de Salud Mental en Chile ACHS-UC (2022), un 21% de las personas consultadas dice sentirse frecuentemente aislada de los demás, o falta de compañía. El titular ubicuo en medios nacionales, “1 de cada 5 chilenos dice sentirse solo”, no pareció causar mayor conmoción. Sí se destacó su aumento en las mujeres: de 22% en 2020, a 25% en 2022. Más contundentes son los datos en vejez: según la Quinta Encuesta de Calidad de Vida en la Vejez (2019), el 43,5% de los adultos mayores declara sentirse solo. Y es que, en algún nivel, pareciera que nos hemos acostumbrado a pensar en la soledad como condición de la vida posmoderna. Así, no es llamativo que en el marco del trabajo clínico sea frecuente escuchar padecimientos asociados a la soledad. El dolor de sentirse solo incluso en compañía de otros; la experiencia de estar sumido en una soledad oceánica, insondable, en la que incluso imaginar la presencia de alguien que acompañe se siente tan ajeno como imposible. Y a veces, por el contrario, la queja por la falta de soledad: el deseo de tener algún espacio propio, al margen de otros; la soledad que aparece como un espacio para la vida, cuya ausencia puede también devenir en malestar.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de soledad? ¿Dónde empieza y dónde termina su campo? ¿Qué diferencia a la soledad del aislamiento? ¿Se puede hablar de la soledad, o lo que encontramos es más bien una amplia variedad de soledades, en plural?

El psicoanalista inglés D. W. Winnicott (1958/1993) tuvo mucho que decir respecto a la soledad, relevándola en su dimensión de capacidad, al considerar la capacidad para estar solo como un logro fundamental del desarrollo. Este logro estaría basado en la experiencia temprana de estar solo en la presencia de un otro emocionalmente disponible, cuya presencia eventualmente se internalizaría. Estar sola estando acompañada. Se instala así una paradoja: podremos tolerar e incluso disfrutar de la soledad únicamente en tanto hayamos experimentado e internalizado la presencia de un otro, confiando en que responderá cuando lo necesitemos; cualquiera que haya estado cerca de un bebé sabrá que la soledad le es soportable sólo hasta un cierto punto y que, pasado éste, sobreviene el terror. La adquisición de la capacidad para estar solos nos habla entonces de una presencia primaria, y es sólo a partir de ésta, y del campo intersubjetivo que con ella se crea, que toda soledad posterior será posible. Así, agrega el también analista Adam Phillips (1993), la capacidad para la soledad contendría implícitamente el reconocimiento de nuestras primeras y más primarias dependencias.

Interesante paradoja, una experiencia de estar solo que se constituye no desde la ausencia, sino desde la presencia. Es a partir de esta lectura que Winnicott propondrá que la capacidad para estar solo no es equivalente al repliegue, ni tampoco a la soledad. Se habla aquí de una experiencia otra, que nos parece útil para pensar algunas distinciones importantes. No todas las soledades son iguales; algunas son más soportables que otras. Están, por ejemplo, la soledad anhelada y la soledad elegida, ambas tan distintas de aquella soledad melancólica que colinda con el aislamiento, o de la soledad que da cuenta de un repliegue defensivo y una dificultad de lazo. Y es que como señala Anne Dufourmantelle (2011/2019), “a veces la soledad es el nombre de una opacidad”.

En este sentido, la psicoanalista francesa-norteamericana Danielle Knafo (2012) marca una diferencia clave entre el estar solo (en inglés, solitude) y la experiencia de sentirse solo (loneliness). A ambas las antecedería la experiencia de una soledad radical o primaria: la condición de estar solos con nuestra experiencia, estado básico de la existencia humana. Ya sea en soledad o en compañía de otros, la soledad existencial es algo con que todo sujeto podrá contar durante el curso completo de su vida. El analista británico Christopher Bollas (1989) dirá que es esta experiencia la que ensombrece toda relación con otro, una soledad primaria y fundamental, inevitable e inalterable, telón de fondo de nuestra experiencia humana: esa soledad que “es el contenedor del self”.

De tal modo que hay una dimensión de la vida humana que es esencialmente sola. Hacemos una serie de operaciones para poder vivir con otros, pero hay un pedazo de soledad que es radicalmente humana, ineludible, y nos parece importante poder hacer las paces y amigarnos con ella. Dedicaremos estas líneas a pensar las soledades, específicamente las soledades de las mujeres, como mujeres, y, en particular, en la materia prima de esa soledad elegida, buscada; la soledad que, como la canción que escuchaba esa madre en los 90, de una manera extraña y paradojal, acompaña y sostiene.

¿Se puede estar solos dentro del lenguaje? Si entendemos la división subjetiva como constituyente, y la experiencia humana como múltiple, conformada por diversos sí-mismos (Bromberg, 1996), estar a solas no sería en ningún caso sinónimo de acceso a una dimensión uniforme. Por el contrario, la instancia de estar a solas no cursa al margen de la otredad y el extrañamiento. Se revela, más bien, llena de pliegues, poblada de voces. Estar a solas puede perfectamente implicar precipitarse a una zona extraña y desconocida del propio yo, “la evidencia misma de esta copresencia de lo real en nosotros, como archivos vivientes (...) y entonces correr el riesgo de permanecer junto a nosotros mismos como con un amigo desconocido, muy suavemente”, dirá Dufourmantelle. Algo similar sostiene Phillips (1993): el riesgo de apropiarse de la soledad sería el riesgo de acceder a la propia libertad potencial. Entonces, decimos que la soledad puede ser una opacidad, pero puede ser también un modo de crear espacio donde antes no lo había, abriendo la posibilidad de moverse más holgada y libremente entre esa multiplicidad de pliegues que nos componen. Esto permite pensar el deseo de soledad como un deseo que no necesariamente cursa al margen de la intimidad ni del encuentro. Hablamos de una soledad que no tiene como precondición dejar al otro fuera y que, por lo mismo, puede incluso estar al servicio de la intimidad.

“Perforaste mi soledad, le dice Maggie Nelson a Harry en su bello libro Los Argonautas (2015), precisamente en un intento por reconocer, por una parte, esa operación del amor través de la cual puede hacérsele espacio a otro y, por otra, las condiciones de posibilidad para que una perforación sea sólo eso: una perforación y no un derrumbe. Lo interesante es el modo en que Nelson describe su soledad. “Había sido una soledad útil, construida, como antes, alrededor de una flamante sobriedad, largas caminatas (...) Pero había llegado el momento de la perforación. Siento que puedo dártelo todo sin traicionarme (...) Si una lleva bien su soledad, este es el premio”. Nelson nos presenta una experiencia a través de la cual el yo puede fraguarse cuidadosamente en soledad, constituyéndose ésta en una condición de posibilidad del amor, más que un obstáculo.

En este sentido, nos parece importante relevar la dimensión generativa de la soledad, pues hay cosas que sólo pueden tener lugar a solas. Una infinidad de artistas, desde Marguerite Duras a David Bowie, le han atribuido a la soledad un lugar fundamental en sus procesos creativos. Porque la creación es un modo de hacer con la soledad (plantea Knafo, por ejemplo, que la creatividad no es optativa ante la soledad, pues sería la respuesta natural a su radicalidad), pero también, en muchos casos, la soledad es una condición de posibilidad para la creación.

Recordamos aquí a Tillie Olsen (1965/2003), y las ideas que desarrolló en su libro Silencios. Para Olsen el silencio, tal como la soledad, puede ser generativo, pero esto dependerá del tipo de silencio. El “silencio natural”, sostuvo, es necesario para la renovación, el ocio, la gestación y el ciclo natural de la creación. A lo que hay que resistir es a los “silencios no naturales”, esos que tienen que ver con la frustración no natural de aquello que lucha por llegar a ser, sin lograrlo. “Esos silencios son nuestra cruz”, sentenció. Quizás sean los espacios en los que se está solo un modo de resistir al silencio no natural, un modo donde permitir esa necesaria gestación y renovación que pueda dar lugar a la generatividad. Y esto parece ser particularmente cierto en el caso de las mujeres. La escritora inglesa Ruth Sutton (citada en Knafo, 2012) describe cómo las escritoras casadas, madres, frecuentemente deben “robarle” momentos a una vida llena de otros, de otras cosas, para la escritura, siempre anticipando la interrupción: “En un minuto la puerta se abre y una voz grita: ¡Mamá, llegué! Y me obligo a salir [de mi mundo de escritura] mientras vuelvo al otro mundo, al mundo de la familia, donde soy la Mamá y tengo hijos y mis hijos tienen que comer y no hay leche y hay que lavar la ropa.”


***


El epígrafe con que abrimos este escrito pertenece a un ensayo de la escritora chilena Marta Brunet publicado en la revista Familia en el año 1935. Para Brunet, el tópico de la soledad femenina fue un tema que atravesó toda su obra. Construyó personajes que, aún presas de un ordenamiento conyugal y doméstico opresivo, se apropiaban de un pedacito de tiempo personal y se las ingeniaban para crear universos propios. Destinada al cuidado de otros y a renunciar al anhelo de proyectos personales, a la mujer se le negaba la posibilidad de estar creativamente consigo misma. Brunet, por tanto, piensa la soledad en su dimensión de derecho. Para ella, la soledad es un derecho humano del cual las mujeres han sido históricamente despojadas. “Derecho a la soledad, conquista mayor de la mujer moderna”, concluye optimista su ensayo y representa así a un sujeto femenino moderno nómade, que concibe su soledad como pieza clave de un proceso de emancipación. En este sentido, la soledad brunetiana, más que conducir al ostracismo, es considerada una experiencia que habilita a tomar una participación en el mundo público.

Los modos de navegar la soledad en la actualidad son diversos y paradojales. Muchas veces, el ritmo frenético de la vida no deja espacio para el encuentro, lo que se traduce en sentimientos de aislamiento. Por otra parte, los guiones culturales con los que se administra la soledad determinan el modo en que la experimentamos, ya que -al igual que otras dimensiones de la vida- la soledad como experiencia está atravesada por determinantes de género, culturales, y político-históricos (Miller, 1992/93, en Knafo, 2012). Así, el acceso a esos pedazos de tiempo para sí mismo no se distribuye de igual modo en la población, y los espacios para esa soledad buscada no están garantizados en lo absoluto. Con el reconocimiento de dicha desigualdad como trasfondo, nos parece importante dignificar el deseo de soledad, relevando su dimensión política. Valorizar no la soledad, sino las soledades y en particular el deseo de soledad, supone dignificar el atravesamiento que este deseo comporta para, sin recetas ni garantías, poder llegar a eso que Anne Dufourmantelle llamó una soledad nueva: “Una cierta soledad que no sea hiriente y que permita escribir y amar. Y sufrir también, pero con gracia, ligereza”.

Nos parece aquí relevante considerar, a modo de cierre, lo que la escritora británica Olivia Laing plantea en su libro La Ciudad Solitaria: Aventuras en el arte de estar sola (2016), al señalar que la soledad es profundamente personal, pero también política; que es colectiva, que es una ciudad. La soledad involuntaria, esa que encarcela, en palabras de Knafo, no sería un fracaso individual, sino social. Al encontrarse con una experiencia que llena de vergüenza a quien la siente -es que cómo podríamos sentirnos solas rodeadas de tantos otros-, Laing aboga por inventar un modo propio, singular, de habitarla, señalando que en esto no hay reglas, salvo las obligaciones que tenemos los conciudadanos unos respecto de otros. “Estamos aquí juntos, esta acumulación de cicatrices, este mundo de objetos, este cielo físico e impermanente que tantas veces puede parecer un infierno. Lo que importa es la gentileza, la amabilidad; lo que importa es la solidaridad. Lo que importa es mantenernos alerta, abiertos, porque si algo sabemos de todo lo que ha sido antes de nosotros, es que este tiempo en el que sentimos no dura para siempre”.

Desde estas lecturas, la “soledad nueva” y el deseo de soledad que buscamos dignificar se nos presentan como una posibilidad amable y honesta de habitar el mundo que compartimos con otros. Una soledad que no es análoga al aislamiento; que sobrevive a -y se enriquece de- la perforación. Una soledad con forma de viaje que, si bien tiene como condición de posibilidad la presencia y disponibilidad de un otro, no rehúye de esa verdad última e indefectible de la condición humana; a saber, que hay un pedazo de a nuestra experiencia que se despliega brutal y radicalmente en soledad, y a ratos también en silencio. “Si a veces la repudio, ella jamás renuncia”, cantaba Georges Moustaki en Avec ma solitude, refiriéndose a la soledad como amiga, pero también como esa especie de partenaire insistente y demandante que se ha tenido que saber llevar hasta el punto de llegar a quererla. La de Moustaki es una soledad que, tarde o temprano, nos encontrará y pedirá que la subjetivemos y que le hagamos un espacio dentro del ajetreado ritmo de la vida. Una soledad que, hasta el cuello sumergida en el campo de la paradoja, es también condición para la vida con otros.


Manuela Agüero y María Paz Ardito



Referencias

Asociación Chilena de Seguridad ACHS y Centro de Estudios Longitudinales UC (2022). Termómetro de la salud mental en Chile ACHS-UC: Sexta ronda. Disponible en:


Brunet, M. (1935/2019). El derecho a la soledad. En Rodar tierras: Crónicas, columnas y entrevistas. Santiago de Chile: La Pollera.


Bollas, C. (1989). Forces of destiny: Psychoanalysis and the human idiom, London, , UK: Free Association.


Bromberg, P. (1996). Standing in the spaces: The multiplicity of self and the psychoanalytic relationship. Contemporary Psychoanalysis, 32, 509-535.


Dufourmantelle, A. (2011/2019). Elogio del riesgo. Buenos Aires: Nocturna Editores.


Knafo, D. (2012). Alone together: Solitude and the creative encounter in art and psychoanalysis. Psychoanalytic Dialogues, 22(1), 54-71.


Laing, O. (2016). The lonely city: Adventures in the art of being alone. Londres: Picador.


Nelson, M. (2016). Los argonautas. Madrid: Editorial Tres Puntos.


Olsen, T. (1965/2003). Silences. Nueva York: The Feminist Press at the City University of New York.


Phillips, A. (1993). On kissing, tickling and being bored. Boston: Harvard University Press.


SENAMA (2019). Chile y sus mayores. Quinta encuesta nacional de calidad de vida en la vejez 2019 UC - Caja Los Andes.


Winnicott, D. W. (1958/1993). La capacidad para estar solo. En Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Estudios para una teoría del desarrollo emocional. Buenos Aires: Paidós.




Manuela Agüero es Psicóloga clínica de la UDP con formación en psicoanálisis y estudios de género y miembro fundadora del Colectivo Trenza: Clínica, psicoanálisis y género. Ig: @trenzacolectivo. Mail: aguero.manuela@gmail.com


María Paz Ardito es Psicóloga de la Universidad Católica de Chile con formación en psicoanálisis relacional, docente UC y miembro fundadora del Colectivo Trenza: Clínica, psicoanálisis y género. Ig: @trenzacolectivo. Mail: mpardito@gmail.com

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