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Costica Bradatan: “La filosofía genuina viene después del colapso”

En Morir por las ideas, este filósofo estadounidense de origen rumano, repasa y ensaya sobre la vida y obra, o la vida-obra, de cinco filósofos cuyas ideas les costaron la vida: Sócrates, Hipatia, Tomás Moro, Giordano Bruno e Ian Patočka. Además, en esta entrevista, dice que la filosofía ocurre fuera de la universidad y en soledad.

por Juan Rodríguez Medina



Si tuviera que elegir a uno o una, los elegiría a todos. “Ciertamente hay más de cinco filósofos que han muerto por su filosofía, pero pensé que estos cinco casos (Sócrates, Hipatia, Tomás Moro, Giordano Bruno e Ian Patočka) son particularmente reveladores, tanto por sus personalidades individuales como por la circunstancias en que murieron y en que tuvo lugar su martirio”, dice Costica Bradatan. Filósofo estadounidense de origen rumano, profesor de la Universidad Tecnológica de Texas, autor de artículos que publica en medios como The New York Times, uno de los editores de Los Angeles Review of Books, es autor de Morir por las ideas (Anagrama, 2022), un ensayo, como indica el subtítulo, sobre la “peligrosa vida de los filósofos”.


Y en particular de esos cinco filósofos: muertos, en algunos casos previa tortura y humillación, por corromper a la juventud (Sócrates), por cuestionar a la autoridad cristiana (Hipatia), por no aceptar una nueva religión (Moro), por no renegar de sus ideas (Bruno) y por cuestionar al régimen comunista que dictaba destinos en su país (Patočka).


Bradatan no solo relata y piensa esos casos; antes, para llegar a ellos, para intentar comprenderlos, escribe sobre el vínculo entre filosofía y muerte. “En efecto, ya sea bajo la forma de meditaciones abstractas sobre la muerte y la finitud, como en Montaigne, Heidegger y Landsberg, ya sea como respuesta a un final inminente, como en Sócrates, Boecio y Moro, los filósofos se concentran en la muerte, no porque tengan una sensibilidad morbosa, sino para entender mejor lo que significa ser humano. No es posible conocer a fondo la condición humana sin pensar en sus limitaciones, su precariedad, la nada contra la que aparece. Si la filosofía tiene alguna utilidad es ayudarnos a entender estos aspectos de nuestra condición”, leemos. “No hay nada más valioso que estar vivos, pero solo lo comprendemos cuando nos damos cuenta de lo que significa no estarlo. Así, pues, la muerte no es un fin en sí mismo para estos pensadores, solo un medio para que la vida sea más vivible. Su obra es, en el fondo, una celebración de la vida. Al fin y al cabo, así es como definen su filosofía: como un arte de vivir”.


Hacernos vomitar


Se dice y se repite que hay un declive de las Humanidades, que cada vez menos jóvenes están estudiándolas. En marzo, The New Yorker, publicó un artículo que constata esa realidad: “La matrícula en Humanidades en Estados Unidos ha disminuido en general en un diecisiete por ciento”, dice el reportaje. “La tendencia refleja una situación global: cuatro quintas partes de los países de la Organización para la Cooperación Económica informaron una caída en la matrícula de Humanidades en la última década”.


Eso, claro, toca también a la filosofía. Será la sociedad de mercado, será el utilitarismo, será el cariz profesionalizante que adquirió la universidad, será, en fin, que todo se ordena en vistas de tener trabajo. O será que, conectado o no con la anterior, las humanidades y la filosofía dan lo mismo. ¿Importa hoy lo que piensa, escribe y habla un filósofo? ¿Hay peligro hoy en la filosofía? “La filosofía debería importar más hoy precisamente por esta crisis”, contesta Bradatan. “La verdadera filosofía nace de la crisis y se nutre de ella. Períodos de calma, estabilidad y prosperidad, cuando cada día es como el siguiente, cuando todo tiene sentido, no engendran filosofía, no la necesitan y no la estimulan. La filosofía genuina viene después del colapso y nace de una percepción aguda de la falta de sentido. No puedes tener filosofía sin desesperación, así como no puedes tener tragedia sin sufrimiento. Que los filósofos no importen hoy significa que no percibimos realmente las dimensiones de la crisis o que todavía no hemos tocado fondo”.


Por otro lado, sin embargo, la autoayuda goza de muy buena salud; e incluso hay una especie de regreso del pensamiento antiguo, en particular del estoicismo. ¿Hay un deseo de filosofía?

La literatura de autoayuda es tanto un síntoma de nuestra condición como un intento ingenuo de curarla. En la medida en que las soluciones que propone están destinadas a hacernos sentir superficialmente bien (“conviértete en el mejor yo que puedas ser”, “todo va a estar bien”, “el fracaso es un trampolín hacia el éxito”, etc.), la literatura de autoayuda solo aumenta la dolencia. Nos pone más enfermos. Para ser una medicina verdaderamente eficaz, tendría que sacudirnos seriamente, hacernos añicos, hacernos vomitar y mirar de frente al abismo. Por supuesto, la literatura de autoayuda no hace nada de eso, y por eso está tan alejada de la verdadera filosofía. Algo que te haga sentir demasiado a gusto en tu piel, que te halague y te mime, no puede ser filosofía.


¿No es demasiado serio, demasiado poco irónico morir por las ideas? ¿No mueren también por las ideas los fanáticos? ¿No sería más filosófico decir algo como: “No estoy lo suficientemente convencido de mis ideas como para morir por ellas”?

Los fanáticos ciertamente mueren por sus ideas. ¡Y cómo! El problema es que, por lo general, se llevan a otros consigo. Un fundamentalista religioso que decide convertirse en terrorista suicida quiere matar a tantas personas como sea posible junto con él mismo. Esa es la esencia de su acto: quiere crear una sensación de terror en la sociedad, y ese terror proviene precisamente del espectáculo de muerte y destrucción a gran escala. Nada más diferente a los filósofos que mueren por sus ideas. Su modo de operar es la pasividad absoluta. No hacen nada, no victimizan a nadie. No actúan sobre los demás, sino que los otros actúan sobre ellos. No disponen de los cuerpos de los otros, solo del suyo. No buscan morir, sino que la muerte los busca a ellos. Cuando finalmente los encuentra, la aceptan con docilidad. Y lo que sucede mientras lo hacen es filosóficamente fascinante. Escribí este libro como un intento de entender cómo los filósofos, criaturas tan etéreas y con sus cabezas en la nubes, pueden enredarse tan profundamente con el mundo y luego salirse de él con tanto ingenio. El título provisional del libro era “La filosofía como arte de morir”, pero al editor no le gustó.


¿Cómo llegaste a la filosofía? ¿Por qué la elegiste como profesión?

Yo no elegí filosofía. Elegí hacer algo que encontré personalmente satisfactorio, y luego supe que la gente llamaba a eso “filosofía”. Pero los nombres no son importantes.


¿Y cómo lo haces, si es posible hacerlo, para que tu pasión no quede atrapada en la mera academia, que es donde la filosofía parece sobrevivir hoy?

Me temo que la academia es donde la filosofía va a morir. O, en el mejor de los casos, a dónde va a jubilarse. Si todavía queda alguna buena filosofía en el ámbito universitario es a pesar de la universidad, no por ella. Por supuesto, en alguna medida, esto ha sido así hace mucho tiempo, pero es precisamente la rebelión que el filósofo necesita montar contra la mentalidad universitaria la que finalmente consagra y define la filosofía. Te conviertes en filósofo no cuando has completado tus estudios en la universidad, sino cuando has terminado con la universidad, cuando finalmente ves lo banal, tóxica y enemiga de la sabiduría que es la universidad, lo que generalmente ocurre mucho después de haber completado tus estudios. La rebelión violenta contra la filosofía académica es ahora una tarea de la filosofía misma. Basta pensar en Schopenhauer, Nietzsche, Walter Benjamin o Cioran.


Como arte de vivir, como intento de responder a la pregunta “¿cómo vivir?”, ¿la filosofía es un asunto individual o es también social?

No creo que vivir con otros comprometa nuestras facultades filosóficas, sino que otros estratos de nuestra existencia. Ciertamente, tienes que ser amable, cívico, generoso, tolerante, etc., pero eso todavía no es filosofía. En mi opinión, la filosofía como “arte de vivir” es un asunto profundamente personal, que debe ser conducido lejos de la sociedad. La verdadera filosofía sucede en soledad.


¿Estarías dispuesto a morir por alguna idea?

No lo sabría hasta que me encontrara en una situación en la que tuviera que tomar esa decisión radical. No puedes decidir de antemano, tienes que enfrentarte cara a cara con esa situación para poder averiguarlo.


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Morir por las ideas

Costica Bradatan

Traducción de Antonio-Prometeo Moya

Anagrama, 2022





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