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“Fingir demencia”. Vivir y sobrevivir en la era Milei.


 

 

Fingir demencia, dice una expresión que se volvió lo que hoy se llama “tendencia”. Puede no gustarnos nada esa expresión, y de hecho no acordar con los términos que utiliza, sin embargo, me interesa intentar analizar algo de lo que expresa. Voy a seguir ese derrotero (nunca me ha servido tanto esa palabra como ahora), valiéndome de algunas pistas que tomaré de Raquel Robles, de Tamara Tenembaum, y del inolvidable filósofo, dibujante y escritor que supo llamarse Quino. Todos autores que habitaron y habitan esta misma latitud en la que me encuentro hoy escribiendo estas líneas.

 

 

Raquel Robles[1] hace unos días atrás escribió un texto para leer varias veces. Me dejó pensando unas cuantas cosas, además de darme esa preciosísima sensación que tenemos los lectores cuando sentimos –con los ojos clavados en una hoja- que no estamos tan solos. La noticia del día son las cuadras interminables y hambreadas frente al indigno ministerio del capital humano, tan indigno como su propio nombre. Vuelve a mí Raquel y su texto que inicia hablando del absurdo.

 

 

Es martes hoy, mientras escribo y también leo a Tamara Tenembaum[2], que escribe y alude a esta generación a la que ella pertenece, y a las generaciones más jóvenes en general, ubicándolas respecto del ¿utópico? horizonte deseable –cada vez más nos dice- de sentir menos. No es menos importante decir que hace referencia a ello no únicamente para hablar de cuestiones sexo-afectivas sino también a cuestiones políticas, electorales. Tal vez he leído mal, pero me dejó pensando que si todo es del orden del comercio, necesitamos anestesiarnos lo suficiente o embebernos de suficiente cinismo como para que en esos intercambios el corazón y la sangre que nos recorre no se pongan en juego.

 

 

Decía en un comienzo que me quedé pensando, entre otras cosas en cuánto importa volver a señalar que sentir y pensar son indisociables. Quiero decir que sería imposible pensar sobre cosas que no nos importan en absoluto. Pensar requiere, tiene por condición necesaria aunque no suficiente, que algo nos importe, que el objeto sobre el que tenemos que pensar nos importe. Un modo de plantearlo es apelando a la curiosidad infantil que motoriza y soporta cualquier futuro aprendizaje. Claro está que esa curiosidad no se autoengendra, tenemos que haber importado a otros, tenemos que poder importar, nuestra actividad de pensamiento tiene que poder importar de algún modo. Nadie piensa solo. Nadie siente solo. Pero por sobre todo pensar no es posible si no se siente nada. Si el horizonte para toda una generación es predominantemente sentir menos, estamos en verdaderos problemas, porque si ese es el caso no se trata solo de una mutilación afectiva sino también –al mismo tiempo- de la mutilación de la capacidad de pensar. Lo que más horror me causa es que esa mirada respecto de las propias realidades se torne autocomplaciente.

 

 

Ahora bien, cuando decimos que “fingimos demencia” queremos decir una serie de cosas, no una sola. Pero vamos por partes.

 

1. Fingir.

 

Empecemos por fingir. Se trata de fingir, dice esa frase. Surgen algunas preguntas: ¿Todo refugio reclama o exige fingir? ¿Cómo se puede seguir viviendo y disfrutando mientras el país se desangra y las violencias se expanden sin pausa? Sin embargo, también es cierto que fingir, en condiciones extremas, nos permite sobrevivir, en ese sentido vienen a mí la película “La vida es bella” y el recientísimo libro de la gran Leila Guerriero, La llamada. No voy a profundizar en ello aquí pero sí me importa señalar que en ocasiones fingir es lo único y lo último que nos queda. Y que en ese acto decidido, no estamos solos.

 

 

Me encuentro con amigos, pacientes, colegas, conversando acerca del derecho a estar tristes, de la necesidad de estar tristes porque otra cosa no cabe. Aun así, mientras tanto, vivimos. Me quedo entonces con Quino y ese recorte de Mafalda en el que decide apagar la radio y disponerse a jugar, mientras dice: “Hoy quiero vivir sin darme cuenta”. Es cierto, jugar, disfrutar, soñar, demandan un espacio protegido del bombardeo de realidad en el que vivimos. Pero ¿qué hacemos con la realidad mientras tanto? ¿la negamos, la desmentimos, la dejamos a un costado, la ponemos en suspenso? Pienso que hay una primera gran diferencia, clave, entre esos refugios que nos transforman, rescatan a nosotros mismos, al tiempo que también intentan transformar la realidad de y con otros. Y están los refugios-burbuja que la eliminan, desconocen y silencian o sepultan. En estos días en que llevo esa vieja canción incrustada en la cabeza y en la punta de la lengua (“La vida no vale nada si otros se están matando y yo sigo aquí cantando cual si no pasara nada… la vida no vale nada si no es para merecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”). Yo me quedo con los primeros. Pienso, ahora, en la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, y en las resistencias y supervivencias y batallas que desde adentro pugnan por sobreponerse a la extinción de la memoria y la realidad por más dolorosas que sean. Yo me quedo con esos resplandores que en lágrimas, pesadillas, jirones de recuerdo, brechas de esperanza, confían, siguen confiando en horizontes de utopía. Sentir más, no menos. Sentir.

 

 

2-Demencia.

 

Ese es el otro punto. Están quienes se rebelan contra el uso de un término que tanta carga de sufrimiento impone a quienes lo padecen y a su entorno. Me interesa subrayar ahora no ese punto sino otro, que al pasar mencioné: la demencial brutalidad de la opresión a salvo de cualquier escrúpulo y conciencia. Esa es la demencia que están, estamos, fingiendo, que estamos obligados a fingir y que más me preocupa. Como si pudiera normalizarse lo inaceptable, y mientras tanto continuar el debate parlamentario, los buenos o malos modales con los que se discute puertas adentro mientras puertas afuera se balea y gasea y persigue y encierra. Cuánta demencia. Pero no es locura ni patología, no, es la cordura fascista, lo hemos dicho y lo repito. Es la aterradora cordura fascista.

 

 

¿De qué salud nos vamos a valer para enfrentar este mundo cada día más insano? Yo no tengo respuesta, o sí, diría que la única salud posible es la que se decide a dar batalla sin romperse en mil pedazos. Un poco de locura, un poco de cordura, lo necesario para poder vivir en este mundo insano.

 

 

Demencia no es locura ni olvido ni mentira ni disociación o un mecanismo de defensa. La demencia es el exterminio progresivo de la identidad y de los procesos psíquicos que nos constituyen en el propio dominio intrapsíquico. No se la deseo a nadie, ni aun en chiste.

 

 

Puertas adentro del recinto hay bocas que se llenan con la palabra “patria”. No daría por sentado qué significa patria para cada quien. ¿Patria es un territorio selectivo con pocos adentro y muchos afuera? ¿Patria significa que las crueldades, las desigualdades y las violencias que ocurren en el territorio propio conciernen e importan más que las que ocurren a océanos y cordilleras o indiferencias de distancia? ¿Cuánta distancia necesitamos incorporar y producir para que NADA nos afecte? Una foto de Hiroshima y Gaza nos afecta pero lo que ocurre en la vereda de nuestra casa, o en la esquina, o del otro lado de la Panamericana, no? Paradojas del tiempo y el espacio. ¿El sufrimiento con arte nos conmueve (porque no tenemos ni podemos hacer nada con eso) y el sufrimiento encarnado en figuras de la miseria y el horror delante nuestro, no? ¿Cuánta demencia sabemos y aprendemos a fingir para tolerar caminar inconmovibles las calles del pueblo, ciudad, territorio que habitamos? ¿O lo que queda mal y suena feo es reconocerlo, ponerlo en palabras, porque las palabras nos obligan a reparar en lo que nombran y dejan, a veces, menos margen para la hipocresía?

 

 

En tiempos tan devastadores ¿vivir es un privilegio? ¿Fingir demencia es un privilegio? ¿Para vivir en tiempos crueles necesitamos algo de olvido? ¿En qué momento deja de importarte el dolor de los otros, o qué operaciones hacen posible que nunca te haya importado? ¿En qué momento la libertad como valor supremo pasa a ser la libertad del dios mercado, por encima de los derechos y libertades de los sujetos que habitamos este país? ¿Cuáles indiferencias, cuáles demenciales indiferencias permiten plantear las condiciones en que vivimos en términos de mercancía y pura economía? Libertad se transformó en “irrestricto”, quitar de restricciones para comerciar con cosas y personas. Entonces, cuando Raquel Robles habla de arte y solidaridad no está hablando de cuestiones sofisticadas sino de devolver o restituir condiciones humanizantes frente a procesos de des-humanización salvajes.

 

 

Tal vez la distopía concluya en que aquello que creemos fingir se volverá tan real como suponemos cuando nos recluimos en “apariencias” o indiferencias.

 

Nadie sobrevive a la tragedia intacto.


 


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