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Contra la ortopedia del yo 

hace 5 horas
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Corro quince minutos sobre la cinta de una trotadora en el subterráneo de un Smart Fit en Providencia. Luz blanca de tubos fluorescentes. Espejos que solo devuelven las imágenes de decenas de cuerpos esculpiéndose en soledad, dedos que deslizan perfiles en aplicaciones de citas durante la pausa de la máquina de aductores, auriculares con cancelación de ruido que bloquean el más mínimo roce humano, miradas fijas en el vacío. Todo respira funcionalidad, rendimiento y un pacto tácito de no agresión. Las toallas húmedas de papel abundan para desinfectar las máquinas tras cada uso y borrar la huella del esfuerzo: la ilusión del sudor higienizado. Este encierro trasciende la anécdota deportiva para volverse la metáfora espacial de nuestra época, porque el gimnasio contemporáneo es el templo donde el neoliberalismo exhibe su producto estrella.


Cada modelo de producción engendra a su propio sujeto. En sus ensayos, la psicoanalista Lola López Mondéjar sostiene que el capitalismo financiero aniquiló al sujeto moderno para reemplazarlo por el sujeto de la disociación. En su intento por sobrevivir a la intemperie del «sálvese quien pueda», el individuo fragmenta su psiquismo y atenúa el conflicto moral sin sentir remordimiento. Así, abraza una estrategia defensiva, una "fantasía de invulnerabilidad" que le permite negar su fragilidad y su dependencia de los demás. En el afán de sostener este falso yo, omnipotente e infantil, la persona extirpa su columna vertebral y se convierte en un ser invertebrado, de plasticina, infinitamente moldeable. 


En las mancuernas abunda el «resiliente». Es el perfil de los hiperadaptados, los normópatas que rinden en el gimnasio con la misma frialdad con la que revisan el Excel de la oficina entre serie y serie. Funcionan dentro del engranaje porque han amputado su propia empatía. De ahí que la estructura psicopática se revele como la personalidad más funcional para sobrevivir en una economía de rapiña. La musculatura física opera, entonces, como la ortopedia de un yo que ha colapsado internamente. Se endurece el cuerpo precisamente porque el sujeto se ha ablandado. 


Las consecuencias de esta anestesia se cristalizan cuando el individuo abandona el subterráneo y sale a la calle. Si alguien agoniza en el asfalto tras un accidente, su primera pulsión es sacar el teléfono y grabar. Ser un espectador absoluto. No interviene ni se mancha las manos. Registra. La pantalla funciona como el escudo de su invulnerabilidad. Al encuadrar el horror ajeno, el sujeto se disocia; el dolor del otro pierde su imperativo ético y transmuta en contenido, en una anécdota visual para alimentar esa atrofia narrativa de nuestras redes, una sobreabundancia de microrrelatos vacíos. El invertebrado no arriesga su cuerpo por el prójimo. Prefiere documentarlo todo en alta definición, confirmando que el otro ya no es un semejante, sino un insumo algorítmico. 


En la pantalla del celular que descansa sobre la trotadora, la intimidad sufre la misma suerte. El pánico a la vulnerabilidad traslada el vocabulario del management a los afectos. Rige el «modelo Tinder», de vínculos líquidos donde el otro pierde su alteridad para reducirse a un proveedor de servicios que se consume y desecha a conveniencia. La angustia, en cambio, no se piensa; se evacúa a diez kilómetros por hora. Son los «actuadores», sujetos aterrorizados que huyen del silencio inmóvil, de ese cuarto a solas donde uno se enfrenta a su propia miseria, y se lanzan a la acción compulsiva. Caminan por la ciudad como pollos sin cabeza y utilizan la hiperactividad como un calmante para un narcisismo frágil, que expulsa al otro ante la menor frustración. 


El modelo exige concebirse como «empresario de sí mismo» y tratar el cuerpo como materia prima. La paradoja de este individualismo es que termina por producir una homogeneización total, visible en ese ejército vestido con las mismas marcas deportivas. Como contrapartida, el blindaje adopta también formas somáticas menos evidentes. Como reacción a la asfixia de la productividad, el exceso de peso se vuelve a menudo un refugio, una coraza corporal que protege a un yo vulnerable, un escudo físico para neutralizar las fricciones del entorno. Sin embargo, la época nos prohíbe reconocer esta herida. Emerge entonces la trampa de la racionalización: la falta de autocontención se intelectualiza y se eleva a la categoría de derecho identitario. De este modo, un síntoma de desregulación termina disfrazándose de empoderamiento. 


Al trasladarse a la esfera pública, este fenómeno se convierte en lo que Anton Jäger llama hiperpolítica. El concepto equivale exactamente a trotar en una cinta estática: sudar a mares sin avanzar un solo milímetro en el territorio. Tras el letargo cívico de los noventa, vivimos una repolitización emocional gigantesca que encierra un profundo contrasentido, porque sigue marcada por la desintegración de los vínculos sociales. El sujeto hiperpolítico no milita ni fortalece instituciones; su compromiso es una «guerra de movimientos» en redes sociales, tan efímera como una transacción. Se trata de una trampa narcisista que fusiona el entusiasmo político con la pura autoexpresión privatizada. El invertebrado tuitea y cancela adversarios no para construir una polis, sino para gestionar su marca moral y anestesiar su vacío. 


Apago la máquina. Este subterráneo está poblado por seres que hemos sustituido la ética por el confort estético. Renunciar a la fricción de los afectos y extirpar la vulnerabilidad humana tiene un costo de demolición silenciosa. Lo que sube por las escaleras hacia el asfalto de Providencia, secándose el sudor con una toalla de microfibra, ya no es un ciudadano con espesor trágico ni capacidad de revuelta. Ese envase dócil podría ser uno mismo, un espectador hueco que graba su propia decadencia a la espera de la próxima notificación del mercado.

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