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Una épica mínima

hace 5 horas
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La narradora es una conserje que se ha vuelto copartícipe de ciertos hechos que intuye ilegales. No lo ha leído, nadie se lo ha dicho, pero su instinto algo le susurra. La sospecha se confirma cuando llega al subterráneo del edificio donde trabaja y los ve ahí: son varios, decenas de personas, hacinadas y escondidas de no sabe quién. Lo único que sí comprende es que están enfermas, algunas al borde de la muerte y otras a duras penas sobreviven. También sabe otra cosa: que ella ha contribuído con sus acciones a esto. Pero ¿qué es esto? No lo sabe, nadie se lo dice, aunque algo intuye.


Nurisnalda es la narradora de esta épica mínima titulada Condominio Pinares (2026) de Vera Zepeda, una nouvelle con características de monólogo en la que leemos un lento pero sostenido descenso a la podredumbre humana. No la podredumbre de ella, Nurisnalda, claro está, aunque también un poco su decadencia. Digamos más propiamente que leemos la degradación física de una serie de personas que ella, para ganarse el favor de sus jefes, ayudará a establecerse en el país de manera clandestina. La novela no es explícita en este aspecto, pero podemos concluirlo: Nurisnalda, sin saberlo o tal vez sospechándolo, ayudará a sus dos jefes, Felipe y Diego, a trasladar migrantes al país. La narradora participará de estos hechos de manera más o menos consciente y se desarmará en explicaciones y justificaciones ante los lectores que ocupamos la posición de un confesor.


Que la narración adquiera esta estructura —la de una confesión— tiene un efecto conocido: ya en las primeras páginas (o incluso después), el lector sabe que quien cuenta la historia es o puede ser responsable de algo, pues la narración necesita ponernos en aviso mediante expresiones o fórmulas propias de la justificación. En Condominio Pinares, el inicio de este hilo conductor aparece ya en la segunda página: “Quizá alguien podría decir que no tengo nada que contar porque nunca me supe ningún nombre, ningún contacto, nunca conté la plata. Yo solo hacía caso, estuve callada casi todo el tiempo, pero aun así podía escuchar. En eso consistía trabajar para mí, y usted no me puede decir lo contrario: hay que agachar el moño no más y fingir que estamos de acuerdo con las órdenes”. A partir de aquí, entonces, cada hecho narrado queda “amarrado” a la explicación de la conducta impropia, que se presume ilegal o contraria a la moral. Así, en cada palabra, digresión o frase, la justificación de los propios actos ordena los hechos y los envuelve como una sombra. Justificarse es el telos del relato, al que nada, ni siquiera el más mínimo detalle, puede escapar.


Visto desde aquí, se pueden considerar digresiones las páginas dedicadas a Dalia, su hija, a quien Nurisnalda observa con esa cautela propia de los padres que, para no perder la poca y nada de confianza que aún conservan con ellos, evitan el conflicto directo con sus hijos. Pueden considerarse digresiones los pasajes dedicados a su relación con Maruja, la hermana de la iglesia que hace un tiempo la habría conducido hacia el camino del evangelio. Y deberíamos considerar también desvíos las páginas en las que se narra el vínculo con Erica, una de las migrantes que Nurisnalda ayudó a ingresar al país y con la que entablará una relación de amistad ambivalente y frágil. Es una posibilidad, claro está: que todas estas escenas sean vistas como digresiones, ramificaciones del tronco principal que son los esfuerzos por justificar su accionar eticamente reprochable. Pero además hay otra opción, por cierto: que esta justificación sea el pretexto para contar otra cosa, otra verdad, que en este caso es la vida de una mujer de clase baja, de sueños frustrados y anhelos aún intactos; la historia de una mujer de gustos sencillos, cuya vida, para congraciarse con sus jefes, se ve perturbada de un día para otro como resultado de una situación embarazosa y paradójica. 


Sea cual sea el caso, Zepeda logra dar con un tono despojado de victimismo o épica ejemplarizante. Nurisnalda no es una víctima de las circunstancias, aunque ella misma, por momentos —mediante sus constantes explicaciones — quiera demostrar lo contrario. A riesgo de maniobrar por los acantilados del oscurantismo, podríamos decir que sus palabras la traicionan, que sus explicaciones van en sentido contrario a lo que ella quiere demostrar. Nos damos cuenta de su silencio, de su encubrimiento, nosotros antes que ella. Los lectores vamos un paso por delante, como un verdadero confesor que hurga hasta en los más mínimos detalles. 


En Condominio Pinares sorprende sobre todo el despliegue de una suerte de sensibilidad popular, desprovisto de fines pintorescos, ornamentales o paródicos. Nurisnalda es lo popular en el mismo sentido que el teatro del absurdo es lo absurdo: no hay diferencia entre forma y fondo, ni siquiera analíticamente. Dicho en otras palabras, pareciera que a Vera Zepeda no le costó demasiado trabajo encontrar escenas para construir su personaje de manera convincente. Cuando Nurisnalda habla de su hija, una joven distante y desdeñosa que ha repetido de curso en más de una ocasión, lo hace también mostrándonos sus anhelos para con ella: sueña con armarle una biblioteca, llena de libros y compartimentos, para que pueda estudiar tranquila. Nurisnalda teme a que su hija no termine sus estudios y tenga que trabajar en lo mismo que ella, de conserje. Cada fracaso de la pequeña la remonta a los consejos de su madre, a su relación con su padre, a esos tiempos en los que ella, Nurisnalda, no tenía cómo avizorar su futuro: “Mi madre me lo había advertido: tienes que criar a tus hijos para que sean mejores que tú”.


Lo mismo ocurre con ciertas descripciones de lugares y objetos que, en apariencia, pueden parecernos insignificantes. ¿A quién le podría importar que un vaso sea de plumavit? ¿Quién se fijará en el anonimato de los cerros sin nombre? ¿Qué gracia tiene dejar un pan de vida en unas guías de colegio para que la hija, luego de llegar de la escuela, pudiese leer el mensaje de Cristo? En palabras de Roland Barthes, estos son detalles sin una función estructural identificable, detalles irrelevantes, pero con un significado específico que nada tiene que ver con la estructura del texto. Son, para Barthes, aquello que nos dice “esta es la realidad”. Es a partir de ellas que los lectores podemos construir ese mundo real que Nurisnalda nos quiere mostrar, un mundo edificado a partir de objetos comunes y corrientes. 


Son este tipo de escenas y observaciones las que vuelven a Nurisnalda una narradora profunda y llena de pliegues. Nurisnalda es un personaje entrañable precisamente por sus contradicciones, omisiones y tiernas justificaciones. Pero también lo es por su persistente ánimo de presentarse como un sujeto con voz propia, lo que en nuestro tiempo suele llamarse agencialidad, que no es otra cosa que la decisión de tomar firme las riendas de su propia vida, a pesar de cualquier circunstancia. Nurisnalda se presenta como alguien que busca constantemente razones que le den sentido a su existencia, como la fe en Dios o cargos de representación vecinal. Esa actitud, esa obstinación ante la crudeza de la realidad, la convierte en un personaje que va hacia delante, activo en un entorno cristalizado por las determinaciones de clase y género, resistente a todo tipo de imposición sociológica.



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Condominio Pinares
Vera Zepeda
Provincianos Editores, 2026


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