¿Hacia una crítica patética?
En una reciente publicación, Felipe Guerrero hacía un llamado a “renovar la crítica en torno al nacimiento de una pasión”. Utilizaba para ello la literatura como pivote (Trabucco, Achebe, Gorki) para dar cuenta de que su capacidad crítica conseguía ponerse por sobre la del uso filosófico (fenomenológico-crítico), consiguiendo así iluminar nuevas galerías del conocimiento que una mirada objetivista no podría aprehender en absoluto. Su nota concluía señalando la necesidad de “dejar de lado la lectura racionalista de la crítica y pensar antes bien una crítica patética”. La idea que se desprende de dicha proposición está muy cerca de la tentación por la hiperestesia: no el silogismo, no el argumento, no el objetivismo, sino el cuerpo, los estímulos, la pasión, el pathos.
La oposición entre “crítica patética” y “lectura racionalista” se sostiene apenas. Reducir la crítica a sus componentes patéticos —o no reducir, sino más bien atribuirle una excesiva importancia— la acercaría a la inercia de los efectos más próximos, aun cuando esto la conduzca a lo acomodaticio y con ello despertar verdaderos monstruos de relativismo. Llevar lo patético a la mesa de disección y desentrañar allí lo que las sensaciones nos informan, ¿no nos merece un ejercicio racional? ¿No nos libra del camino ciego de la estética? Ciego en cuanto su saber no alcanza a objetivarse o bien comprende lo sensible como la capa última que debe atender el intelecto. Se trataría de ver la literatura y su ejercicio crítico como recipientes de sus propias afectaciones y subrayar las pasiones a las que se supedita el escrutinio y su universo imaginativo. Mas los afectos, tan de moda en los últimos años, lejos están de ser autosuficientes y es donde la capacidad crítica encuentra sus peores vicios: la falsa generosidad, la concesión del intelecto que lleva a sobreestimar lo sensible por sobre la experiencia asimilada y la valoración de ideas en conflicto.
Una crítica que ponga los saberes en común es aquella que rescata el valor objetivo sin medrar los contenidos pasionales, pues tampoco debemos olvidar que para que esas críticas se efectúen y nos apelen han debido formalizarse previamente: lo que se diría “objetivar ideas” mediante una serie de procedimientos, recursos, formas, soluciones, poniendo en ejecución —por sobre todo— su propio concepto del fenómeno literario y de los fenómenos del mundo. Este concepto podrá estar en disonancia con la realidad por antojadizo o bien curtido en lo que concierne a los problemas que pone en cuestión, revelando una visión única sobre aquello a lo que se aproxima. Visión única, no por eso intransferible. Se podría decir que la literatura siempre es crítica, porque siempre es forma nueva. No sólo está reuniendo una serie de materiales diversos en su construcción ficcional, sino que transforma los contenidos del mundo que convoca. Tanto su disposición como la interpretación que se deduce de ella han sido formulados mediante una expresión verbal determinada.
Creo que la percepción y discriminación de las formas es esencial no sólo para el desarrollo cognitivo sino también para separar aquello que por las sensaciones —lo patético— nos abruma. No decimos con esto que la capacidad crítica de la literatura debe someterse a la razón cuantificable. En nada ganamos haciendo el recuento de las veces que aparece la palabra “corazón” en una novela o que elaboremos un corpus de la poesía chilena para determinar cuál es el campo semántico que la define según las estadísticas. Olvidaríamos con esto que la propia belleza es un sentimiento abrumador en la que nos cuesta hallar un sentido hasta que esta nos despoja. Lo mismo con el horror y las profundidades escabrosas de la consciencia humana que no son aprehensibles sino hasta que hieren y flagelan por completo nuestro espíritu. Comienza ahí un tipo de comprensión de los fenómenos del mundo que no se contenta con lo cuantitativo, lo parcializado, lo analítico. ¿Una crítica patética renunciaría a distinguir lo absurdo de lo razonable, lo verdadero de lo falso? Por el contrario. En la percepción hay mucho más de verdad para diferenciar lo bueno, lo bello, lo armonioso. Un buen ejercicio del entendimiento nos permite identificar sus opuestos. Dicho ejercicio es el de la crítica.
A través de la crítica el mismo optimismo y las utopías se ponen en entredicho; pues puede llegar a evidenciar de mejor manera las tendencias destructivas de esta especie, sus políticas ilusorias, tanto de los materialismos y positivismos en su momento como de las promesas del progreso en el ahora. Han sido escritores quienes mejor han descrito las agonías de nuestra época, quienes han logrado fijar el signo sobre nuestras frentes y establecer “lo digno de ser mirado”, nuestras cualidades y nuestros defectos. Pero estarían condenados a la incomprensión si no integraran en sus investigaciones otras técnicas del conocer, como la científica o, por qué no, la tradicional para el trabajo de los símbolos. Con ello, la capacidad crítica de la literatura, ¿podría constituir una nueva epistemología?
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Decimos de la crítica que está en su necesidad el conocer las relaciones internas del mundo que la rodea. Siendo parte de él, la capacidad crítica de la literatura también deberá preguntarse por sus alcances y métodos, los caminos posibles para llegar a ese sustento que se esconde tras lo natural y las ideas —o lo que parece natural de las ideas. Faltando métodos razonables y formalizados, fácil le es aferrarse a ideales falsos o de frágil raigambre. Lo pseudocientífico y lo pseudoreligioso nunca estuvieron tan tomados de la mano en los anteriores siglos como en el nuestro. Así, lo que se oculta detrás del auge de distintas prácticas “pseudo”, “alternativas” u “orientalismos” mal digeridos, es esta tendencia por la especulación, el trato de las emociones y de lo patético en desprecio de la ciencia práctica o bien del fundamento espiritual más ortodoxo. ¿No es un desdén meridiano del intelecto? El sectarismo y el hippismo encuentran con ello sus mayores adeptos. Es un comercio bien lucrativo no sólo en lo económico: también en el “comercio de las ideas".
En lo mismo ha desembocado la literatura de solapado panfletarismo, es decir, aquellas que vienen con un pie forzado de sus causas ideológicas y reivindicaciones varias. No pocas novelas vienen adosadas a su propia “hipótesis de lectura”. Una crítica que ha llegado a instalarse en las academias con una vertiginosidad pavorosa y hasta hoy ofrece su magisterio en las facultades. Esta crítica constituye así, poco a poco, aquello que se prometía desplazar: una crítica acomodada, aunque no llegue, por su cortedad de miras, a resultar precisamente espinosa. La crítica debería ser capaz de advertir aquellas ideas prefabricadas y conducirlas a sus propias contradicciones y revelar sus puntos ciegos.
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Felipe Guerrero hace bien en advertir que nunca estuvimos tan enceguecidos con lo que se muestra: “saturación por imágenes”, “la obligación de ver, de iluminar, de mostrar, de atender…”. Pero la acumulación de imágenes no equivale al desvelamiento. En una conversación sostenida con Valentina Vera Cortés, discutíamos sobre la incipiente necesidad de mantenerse en búsqueda de la verdad en un momento histórico donde la información abunda de sobremanera y las posibilidades de verse tentados a asumir una realidad plagada de falsas imágenes es cada vez mayor. Ante esto, nos parecía insólito que la ignorancia se esparciera de manera diametralmente opuesta a la información disponible. El natural de a pie no tendría excusas. Las condiciones materiales lo favorecen. Aguzar el ojo crítico, señalaba ella, que permita hacer distinciones no era sólo fundamental, sino hasta vital. ¿Cómo explicamos, entonces, que frente a tanta abundancia de saberes, de fuentes, de debates abiertos, no se alcance un punto de inflexión, donde los ciudadanos alcancen un conocimiento realmente efectivo sobre el mundo que los rodea? Glosando a Carlos Monsiváis, ¿por qué hallamos todo lo opuesto: el sesgo, la inadvertencia, indignaciones súbitas, bienestares compartidos, el moderado hastío que un cambio en el feed soluciona? ¡Flagrante contradicción! Es una extensa pregunta para una respuesta sencilla. Aventuremos una: quizás la voluntad mengüe producto de las obligaciones que se le imprimen, es decir, que la saturación de información conlleva inevitablemente lo que se conoce como insensibilidad y culposo cinismo.
Aquí surge una nueva pregunta: ¿cómo la crítica, si se propone sacar a la luz lo oculto, puede operar en un mundo de tan tenebrosa claridad? Lo puede hacer en tanto tiene frente a sí aún las cerrazones, la palabra del otro, la experiencia íntima, los interiores ocultos, pero también los hechos objetivos y simbólicos que le plantean interrogantes y le exigen toda su atención. La crítica puede seguir operando porque las luminarias que entorpecen lo que ella brinda a la mirada no son sino fuegos de artificio. Además, en la mejor crítica aún se consuman errores, si por obra de la pasión edulcorada o del partidismo mal disimulado, ya sabremos a cuál dirigirle nuestros reproches. Como nos recuerda Carla Cordua, “la diferencia entre el análisis de una obra y su evaluación es menor si se la compara con el elemento injustificable e imprevisible del aporte personal al ejercicio crítico”.
Toda esta discusión no deja de ser irrisoria si no consigue tener efecto en los instrumentos de creación y técnicas del conocimiento como lo es la literatura misma. Porque preguntarse por los procedimientos no es proceder. La crítica debe elevar el concepto mismo de su materia e inspirar el prurito renovador. Creo que ahí encuentra sentido la “crítica” en tanto saca lo oculto a la luz, que es el crear.

















































