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La Torre de Pasolini 

hace 5 horas
2 min de lectura

Hay lugares que pertenecen a un hombre. Y hay lugares que, después de haber atravesado la vida de  un hombre, terminan por pertenecernos a todos. 

La Torre de Chia en Italia, es uno de ellos. 


Entre esos robles, Pier Paolo Pasolini encontró un refugio que era también un regreso. Él mismo lo  había escrito: la elección no había sido práctica, sino estética. En aquel paisaje antiguo reencontraba  la infancia campesina, el silencio necesario para escribir, la medida de un tiempo que Roma ya  había perdido. Allí nacieron páginas de Petróleo, muchas de las Cartas luteranas, y tomó forma la  última etapa de su vida. 


Pero la Torre no fue solamente un lugar de trabajo. Se convirtió en parte de la vida de Chia. Pasolini  participó de la comunidad, defendió el territorio, apoyó a la Universidad de la Tuscia, organizó un  equipo de fútbol para los jóvenes, llegó incluso a crear un premio para quien embelleciera el pueblo.  Aquel lugar dejó de ser solamente una casa: se convirtió en un gesto de amor. 

Después de su muerte fue Graziella Chiarcossi quien custodió su respiración durante casi cincuenta  años. Cuando los herederos intentaron confiarla al Estado, ninguna institución quiso hacerse cargo  de ella. Solo entonces un particular la compró legítimamente, dedicando años y recursos propios a  restaurarla bajo la supervisión de la Soprintendenza, y volviendo a abrirla al público para que  aquella memoria pudiera seguir viviendo. 


Hoy ocurre algo que parece salido de un relato de Pasolini. 

Mientras una entidad que utiliza el nombre del poeta y la imagen de la Torre como principal  atractivo turístico de la zona reclama la propiedad a través de una controversia sobre un antiguo  derecho de uso comunitario de las tierras, se llega incluso a sostener que Pasolini habría sido un  ocupante irregular de la casa donde escribió algunas de las páginas más importantes del siglo XX. 

Y antes de que la justicia haya concluido su recorrido, comienza a tomar forma un procedimiento de  expropiación sin indemnización. 

Es difícil imaginar una paradoja más amarga. 


La Torre de Chia no es solamente un inmueble. Es un capítulo de la historia cultural italiana, un  lugar donde la memoria, el paisaje y la literatura encontraron una forma común. Arrancarla de la  continuidad de su propia historia significaría empobrecer un patrimonio que existe mucho más allá  de los límites de una propiedad. 

Más de cincuenta años después de la muerte del poeta, pareciera que sobre estas piedras sigue  cayendo el mismo petróleo cuyo poder Pasolini había intuido: aquel que transforma todo en  mercancía, incluso la memoria. 

Y una vez más, la Torre de Chia pide solamente ser defendida. 

No como una propiedad privada. 

No como un nombre que pueda ser utilizado para atraer visitantes. 

Sino como uno de esos raros lugares donde la historia de un hombre termina convirtiéndose en  patrimonio de la humanidad.


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Sipicciano, agosto 2026



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