La Torre de Pasolini
Hay lugares que pertenecen a un hombre. Y hay lugares que, después de haber atravesado la vida de un hombre, terminan por pertenecernos a todos.
La Torre de Chia en Italia, es uno de ellos.
Entre esos robles, Pier Paolo Pasolini encontró un refugio que era también un regreso. Él mismo lo había escrito: la elección no había sido práctica, sino estética. En aquel paisaje antiguo reencontraba la infancia campesina, el silencio necesario para escribir, la medida de un tiempo que Roma ya había perdido. Allí nacieron páginas de Petróleo, muchas de las Cartas luteranas, y tomó forma la última etapa de su vida.
Pero la Torre no fue solamente un lugar de trabajo. Se convirtió en parte de la vida de Chia. Pasolini participó de la comunidad, defendió el territorio, apoyó a la Universidad de la Tuscia, organizó un equipo de fútbol para los jóvenes, llegó incluso a crear un premio para quien embelleciera el pueblo. Aquel lugar dejó de ser solamente una casa: se convirtió en un gesto de amor.
Después de su muerte fue Graziella Chiarcossi quien custodió su respiración durante casi cincuenta años. Cuando los herederos intentaron confiarla al Estado, ninguna institución quiso hacerse cargo de ella. Solo entonces un particular la compró legítimamente, dedicando años y recursos propios a restaurarla bajo la supervisión de la Soprintendenza, y volviendo a abrirla al público para que aquella memoria pudiera seguir viviendo.
Hoy ocurre algo que parece salido de un relato de Pasolini.
Mientras una entidad que utiliza el nombre del poeta y la imagen de la Torre como principal atractivo turístico de la zona reclama la propiedad a través de una controversia sobre un antiguo derecho de uso comunitario de las tierras, se llega incluso a sostener que Pasolini habría sido un ocupante irregular de la casa donde escribió algunas de las páginas más importantes del siglo XX.
Y antes de que la justicia haya concluido su recorrido, comienza a tomar forma un procedimiento de expropiación sin indemnización.
Es difícil imaginar una paradoja más amarga.
La Torre de Chia no es solamente un inmueble. Es un capítulo de la historia cultural italiana, un lugar donde la memoria, el paisaje y la literatura encontraron una forma común. Arrancarla de la continuidad de su propia historia significaría empobrecer un patrimonio que existe mucho más allá de los límites de una propiedad.
Más de cincuenta años después de la muerte del poeta, pareciera que sobre estas piedras sigue cayendo el mismo petróleo cuyo poder Pasolini había intuido: aquel que transforma todo en mercancía, incluso la memoria.
Y una vez más, la Torre de Chia pide solamente ser defendida.
No como una propiedad privada.
No como un nombre que pueda ser utilizado para atraer visitantes.
Sino como uno de esos raros lugares donde la historia de un hombre termina convirtiéndose en patrimonio de la humanidad.
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Sipicciano, agosto 2026

















































