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No todo ha terminado de morir

hace 9 horas
5 min de lectura

sobre Blusa, de Mario Verdugo


Mario Verdugo (Talca, 1975) cuenta con muchos libros a su haber. Para su edad. Entre la poesía, el ensayo y el perfil biográfico. En ese orden cuantitativo. Asimismo, tiene algunas plaquettes publicadas y forma parte, junto escritores como Óscar Barrientos, Claudio Maldonado y Marcelo Mellado, del colectivo Pueblos abandonados, que, en palabras del propio Verdugo, aspira “a una completa reorganización discursiva del territorio, donde estar en el ‘centro’ ya no equivalga a estar ‘arriba’.


Blusa es un libro mixto. Se lee como diario de duelo sin fechar a raíz de la muerte de la madre de quien sería el propio Verdugo –de hecho son anotaciones escritas entre 2018 y 2019–, pero también el libro propone, por medio de procedimientos de la misma escritura, o sea, de una estética particular, un mundo que no responde a las normas estrictamente comunes y silvestres. Una voz en trance. La muerte de un ser querido no modifica el mundo pero para nada, sino nuestra manera de relacionarnos con este. Lo que antes nos era indiferente o de una determinada manera, cambió. Y esto se plasma en Blusa a partir del lenguaje. Verdugo trastorna lo que lo rodea según desafíos poéticos. En Blusa, esa es la operación principal, que no la constatación de la anécdota, como se elaboraría un diario cualquiera.


Dos entradas de Blusa:

“Nunca más, nunca más perderse. ‘Había un punto de referencia, doctora, una coordenada segura, a partir de la cual nos podíamos desviar. Ahora esa coordenada ya no existe y, por añadidura, el desvío y la exploración ni siquiera son sentidos posibles. Cómo podríamos perdernos’”.


“Digamos espirituados o espiritualizados o floating in space, gentleman, más o menos a la manera de la doctora Stone en Gravity. Se esfuma la topología humana, el espacio tan derecho en el que somos como somos. No hay piso, pero en realidad no hay ningún tipo de coordenadas. Sin atmósfera. Sin arriba ni abajo donde caminar erguidos, como pregonaban los sensibleros álbumes Mundicrom del 83. Suena hasta medio afrancesado: ‘El duelo reconfigura el espacio’. Y es curioso, y enfermante, que lo peor de ese espacio nuevo no sea ni de lejos la más o menos mainstream sensación de vértigo”.


En su ensayo “De la emoción a las palabras”, el poeta irlandés y Premio Nobel de Literatura 1995 Seamus Heaney sostiene que “Un poema puede sobreponerse a los defectos estilísticos, pero no puede nacer muerto. La acción crucial es preverbal, porque es la que permite que nuestra primera atención o aproximación, intuida de modo borroso o incompleto, se dilate y acerque en forma de pensamiento, tema o frase. Robert Frost lo expresó diciendo que ‘un poema empieza como un nudo en la garganta, como una añoranza o un amor. Luego da con el pensamiento y el pensamiento da con las palabras’. (...) Esa primera aparición tiene que ver con la función adivinatoria, oracular, del vate; la segunda, con la función constructora”.


Verdugo es ante todo poeta y Blusa guarda una cercanía, pero también se aparta de la producción a la que el talquino nos tenía acostumbrados. Esto último, precisamente según el decir de Heaney.


En cada uno de sus libros de poesía –hablo de La novela terrígena (2011), Apología de la droga (2012), Canciones gringas (2013), Miss Poesías (2014), robert smithson & robert smith (2017), Las parejas hétero del siglo XX (2017), Glacis (2022), Las mejores series del año (2023) y Aliosha (2024)–, Verdugo despliega un método escritural, una técnica, grosso modo, siendo sintéticos, que puede asimilarse a un patrón rítmico particular, una repetición constante y metronómica de recursos sin grandes variaciones –procedimiento mántrico, ya visto desde una perspectiva que permite asimilar ese todo– mediante la cual consigue ciertos objetivos específicos por obra. A su vez, cada libro otorga las pistas suficientes como para engarzarse uno con otro y con otro y así dar coherencia a un proyecto de obra mayor.


Siendo estos libros interesantísimos, no resulta menos cierto que Verdugo apuesta en demasía por el ejercicio atlético en cada uno de ellos y, si bien en un principio resultan atronadores, después de un tiempo se vuelven más mansos de lo que uno quisiera. 


Que no se mal entienda: A Verdugo lo considero un renovador de la poesía chilena. De los buenos. Pasa que con Blusa va un paso más allá. En sus libros anteriores, Verdugo se vuelve, a decir de Heaney, “en exceso consciente de los procedimientos que sigue”. Con el correr de las páginas los elementos accidentales tienden a deteriorarse. El poeta nigromante al que aspiran Heaney y Frost desaparece –como un chanchito de tierra, se cierra sobre sí mismo– y acaba siendo más un forense.


En cuanto a contenido, Blusa es un volumen sustentado por la literatura, las vivencias –de la madre y junto a la madre– y las anotaciones en las libretas de la madre. También hay cultura pop. Digo esto con la idea de cercar levemente el libro, pues se trata de uno que constantemente le explota en la cara al lector. Sus trazos son impredecibles y en ese sentido rutila.  


Una entrada de Blusa:

“Los doctores Foster y Spencer dicen que a última hora se conservan únicamente las neuronas de la corteza cerebral, las células de la lente interna del ojo y quizás las células musculares del corazón. Lo demás ha sido renovado por entero más de una vez: el esqueleto cada diez años, el hígado cada año o año y medio, las células epiteliales del intestino cada cinco días. Lo que se pierde para siempre, bajo este predicamento, es sólo un sistema de renovación medio intangible medio rodado. El doctor Carrère añade que los primeros cristianos eran para el mundo lo mismo que el alma para el cuerpo: pasaban camuflados como sujetos comunes y silvestres a la manera de esa raza no terrícola acaparadora y ladina que copiaba esqueletos y ojos y corazones e hígados y seguro que células epiteliales en Invasion of the Body Snatchers”.


Nudo en la garganta, añoranza y amor. Las tres al mismo tiempo. Exista o no la muerte efectiva de la madre, Verdugo lo consigue en Blusa. Algo no logrado en ninguno de sus otros libros. Tocar esa fibra. Hacer un libro sentimental, sin despojarse de su propio estilo: un escritor de procedimientos. Angustia. Desolación. Locura. “¿En qué momento exacto dejaremos de marcar todo lo que ocurre en el mundo con tu partida?”. “El reloj encima del refri se pone de nuevo a sonar a las 4.05, hora en que te perdimos”.


“Luego se acabará todo lo que dejaste comprado en la despensa. Todo se renovará, todo será atrozmente nuevo”.


“Cecilia murió hace dos días. Fui al cementerio. Oí un gemido tras la lápida. Llamé al panteonero y le pedí que la removiera de inmediato. Desencajamos la tapa entre los dos. Ahí estaba, quejándose levemente, vestida como la vi hace dos días, antes de meterla en el ataúd, y respiraba. ¿Milagro? No; nunca había muerto; o bien resucitó”.


Quien habla al final es Armando Uribe. Lo hace sobre su esposa Cecilia. Otra experiencia trastocada por la muerte. “Bend towards the Dark”.


Blusa
Mario Verdugo
Editorial Overol, 2026


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