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Puntos cardinales para Nuestro apenas lenguaje

hace 9 horas
7 min de lectura

En lo ominoso reside lo poético (2016), es el nombre de una obra visual de Catalina Duhalde. Son litografías de fragmentos de cuerpos humanos en los que habitan palabras escritas por su reverso. Las vemos como si fuéramos el reflejo que mira desde el otro lado del espejo. Hay que hacer un esfuerzo para entender la letra invertida. ¿No es eso lo que hace también un poema?, ¿abrirnos a la posibilidad de no saber, enfrentándonos a algo tan familiar como las palabras hasta volverlas extrañas de su significado?


Cuatro son los apartados que estructuran el libro: “Alfar”, “Carnífice”, “Ría” y “Cenital”. Cuatro puntos cardinales, cuatro direcciones desde las cuales se asienta ese “apenas lenguaje”, uno que, por cierto, no es el que usamos a diario, con el que hacemos el frágil y burdo intento de comunicarnos. Ese “apenas” es también una pista: es un casi, un esfuerzo, algo que ocurre no del todo en la lengua ni en el pensamiento, sino en “el borde exacto del asombro”.


Los cuatro del poemario evocan a los elementos de la naturaleza: tierra, fuego, agua y aire. Podríamos pensar también en las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. Y también en el desarrollo humano: nacimiento, adultez, vejez y muerte. Ciclos que se repiten una y otra vez, sin detenerse.


Los griegos llamaron Aión al dios que representaba lo cíclico: lo que nunca muere del todo, porque renace constantemente. Me parece una imagen pertinente la de esa antigua deidad para pensar este libro, porque un poemario no se agota con una sola lectura. No leemos un libro de poesía para obtener datos, no hay un conocimiento que podamos acumular desde ahí. Más bien, ofrece un saber incesante que se revela de manera distinta en cada lectura. La literatura, entendida como arte, no busca registrar información: busca modificar la experiencia de quien lee.


Cuatro son también los puntos cardinales: una forma de orientarnos, una forma de dar sentido. Por eso mi propuesta es armar una ruta a partir de algunos versos que me tocaron personalmente y que resonaron con interrogantes que intentaré narrar aquí.


En el primer apartado, llamado “Alfar”, aparece este verso: “Te beso porque creo en el sol.” Catalina cita aquí una canción de Akriila, cantante chilena, que se presentará más adelante en un epígrafe. Esa cita convierte el poema en un espacio de resonancias, un eco que se trenza con otras páginas, creando un reflejo y mostrando sentidos inversos de lo que puede ser dicho. Más adelante la autora escribe: “Te beso como gesto inútil.” El beso aparece aquí como posibilidad de creación: algo que ocurre entre dos, aunque no garantiza nada. Es un gesto inútil, precisamente, porque no busca utilidad, sino que busca encuentro. Y eso lo hace hermoso.


“Carnífice” es el segundo elemento del libro, asociado al fuego. Pero esa palabra guarda otra acepción: también alude a un verdugo. Ese doblez de la imagen me parece interesante: el fuego que transforma, pero que también hiere; el lenguaje que crea, pero que también desarticula.


“Escribo para tocarte”, dice la autora en otro de sus poemas. Esa frase nos recuerda la materialidad del lenguaje. Escribir es una forma de acercarnos a lo ausente, llamamos a través de la letra aquello que no está junto a nosotros. También podemos verlo como una interpelación al decir: tocarte. El otro me lee y, en esa lectura, puedo verme de una manera distinta. De hecho, ese interpelar a un otro, puede ser visto como una manera de tomar distancia de eso que llamamos “yo” y así observarnos como si fuéramos ajenos de lo que somos: con la escritura puedo tocar aquello que de mí se escapa.


En ese mismo registro aparecen versos como: “Tú en el borde del invierno, yo en el vértigo de la luz.” Catalina arma lugares que no existen fuera del lenguaje, sino en la posibilidad que este abre. Y luego dice: “La brújula perdida que insiste en señalarte es apenas un gesto detenido.” Aquí está, me parece, una de las gracias de la poesía: hacer de un objeto conocido algo extraño; algo que no podemos explicar racionalmente, pero que no por ello, no podamos entender. ¿Qué puede señalar una brújula perdida sino aquello que se fuga de la razón? Las cosas, entonces, pueden ser comprendidas fuera de eso que comúnmente llamamos pensamiento. O quizás podríamos decirlo así: comprendemos con el cuerpo, aquello que no resiste ser explicado por la razón. En esa operación, se modifica algo en nosotros.


“Certezas del naufragio” es el título de un poema que convierte lo inestable, en un lugar desde el cual buscar aquello que no encontramos en nuestras frágiles verdades. Esto se muestra también en el verso: “nadar es repetir un gesto hasta vaciarlo de sentido.” Si pudiéramos pensar en una función para el poema, cosa rara por cierto, puesto que el arte no tiene una utilidad así como otros artefactos que construye el ser humano, quizá sería esta: tomar algo del mundo, vaciar su contenido, y poner ahí una duda sobre nuestra forma de habitar. Estos versos nos recuerdan que el sentido, en su acepción de propósito o de dirección existencial, no está dado y es frágil, se esfuma ante aquellas interrogantes que no podemos responder, haciendo aparecer algo nuevo.


En “Ría”, el tercero de los cuatro de este libro, Catalina escribe lo siguiente: “Lento se tocan sin tocarse, en un mundo donde los hemisferios saben que lo opuesto es también una forma de unión.” La autora recalca que lo contrario no siempre excluye: a veces une. El oxímoron crea una zona que existe solo en el lenguaje y nos recuerda que, con las palabras, podemos formar mundos hechos de asombro.



“Hay noches que tu sombra inventa, con la precisión de un naufragio.” Estos versos logran que el pensamiento se pierda. Si volvemos a leerlos, aparece una nueva forma de entenderlos. Y eso es porque no hay una sola salida, el poema insiste en no ser cerrado en un único significado. Se tuerce la lógica del pensamiento y se ingresa en otra región, distinta de la cotidiana. Son operaciones poéticas que nos fuerzan a ver desde un lugar desconocido. “Mañana viene hoy”, por ejemplo, es el título de un poema que disloca el tiempo. No es un error lógico: es una manera de tantear el tiempo de otro modo, lejos de lo cronológico, de esos segundos que van devorando nuestra existencia. No hay adelante, ni tampoco atrás, se arma una zona que ocurre entre uno y el mundo, en esa distancia que nos produce vértigo por lo que no entendemos.


El título del poema “Geografía de un animal”, convierte el cuerpo en paisaje. No en anatomía, no en organismo medible, sino en territorio. “Por fuera mides, corriges el borde del mundo”, escribe Catalina. Aquí se insiste en la interpelación a un otro: ese que me ayuda a que mi cuerpo tenga límites y no se desborde. Porque nos construimos en el abrazo, en el contacto, en la mirada de los demás.


En “Cenital”, el cuarto y final del libro, abundan las referencias a paisajes y geografías del sur. El viento azota en varios poemas y, con su soplido, logra abrir realidades que no vemos en nuestro día a día. “…desde siempre el deseo sacude ese pulso que creo mío”, dice uno de los versos. Aquí se asoma una conciencia sobre el sujeto dividido del psicoanálisis: la creencia en un “yo” que se fabrica en el registro de lo imaginario. El deseo no nos pertenece del todo, si no que somos presa de él. Sacude aquello que creemos nuestro. “El viento no tiene raíz: nace del desencuentro”, dice la autora. Y más adelante: “Y en el centro centrípeto del trueno donde el viento aduja su propia fuerza: se confirma que la claridad también puede ser violenta.” Me parece aquí leer la fuerza del acontecimiento, ese que, desde la filosofía, se presenta como algo inesperado, la revelación de una verdad de la que no podemos escapar. La claridad no siempre calma, a veces remueve como un temblor.


“Eso que el tiempo incrusta… como una duda que aprendió a respirar.” En este verso hay una propuesta sobre lo que nos hace humanos: nos construimos haciendo preguntas que exponen nuestra condición de inacabados, de seres que insisten buscar una respuesta a lo que no puede ser respondido. La duda persiste, vive y hace movimiento. La palabra “eso”, es una referencia a lo que se escapa de poder ser nombrado. “Eso” es justamente el germen de lo incierto, con lo que debemos aprender a convivir.


“Protocolo para la resta de mí misma” es un poema que propone una operación matemática para entender la identidad. Catalina nos da la posibilidad de construir, mediante una sustracción, aquello que no puede ser medido. “Me sitúo fuera del registro, y en el margen sigo contando”, escribe más adelante. Aunque nos han hecho creer que la identidad es una cosa fija, debemos ser capaces de entender que, si hay algo que es inestable, es no saber lo que somos, una duda continua que nos permite construirnos a través del tiempo. En este poema, además, puede observarse la posibilidad que nos da la poesía de analizar lo que no es medible por un instrumento científico. Eso que escapa de la explicación científica, la poesía lo toma para arrojar un resultado certero y pasajero. Donde esperábamos un límite, encontramos un vacío; y en ese vacío, ruinas y restos de lo que hemos sido.


“Lo que pasa entre” es un texto que me dio mucho qué pensar, porque lo leí como otra propuesta de lo que hace un poema. Este título nombra un espacio potencial, terciario. Algo que no es del todo subjetivo ni objetivo: ahí donde ocurren nuestras fantasías, tan reales para el cuerpo, pero que no respetan las leyes de la física. “Qué es la broma sino un revés con gracia.” “Reímos para medir distancias”, escribe Catalina. Esto me llevó a pensar en la idea de Heidegger sobre lo poético como unidad de medida para el ser humano. La risa como instrumento, un lugar cercano al chiste, ahí donde se fuga lo inconsciente, donde se “abre un espacio donde estar juntas no duele” ¿De qué otra manera podríamos acercarnos a aquello que nos desborda, que no podemos explicar, algo que se resiste al cálculo?


Quisiera terminar con este verso, que me parece condensar gran parte de la propuesta del libro: “Lo increíble de vivir es que no hay gesto repetido aunque siempre, de algún modo, recuerdo.” Porque Nuestro apenas lenguaje no habla de un mundo que ya conocemos. Habla de lo que ocurre en el borde: entre el cuerpo y el paisaje, entre yo y otro, entre la memoria y el olvido, entre lo que puede decirse y lo que apenas insiste. Sus cuatro puntos cardinales no nos llevan a un destino fijo. Nos orientan, más bien, hacia esa región donde el lenguaje se vuelve insuficiente y, precisamente por ello, se vuelve poema.

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Texto leído para la presentación del libro “Nuestro apenas lenguaje” de Catalina Duhalde

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Nuestro apenas lenguaje
Catalina Duhalde
Lagar Editores, 2026


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