Poéticas de la separación
Hace poco tuve que viajar a otro país. Al despegar, recordé que mi abuela me hablaba cuando niño de esa sensación, para ella fascinante, del momento en que el avión se eleva y de pronto deja de apoyarse en el suelo y comienza a volar. Un instante de vértigo alegre, gozoso. Volar es separarse de la tierra, del suelo en que nos sujeta y nos sustenta, es perder contacto con la superficie por la que la gravedad parecía condenarnos a movernos, salvo el instante fugaz de un salto o una caída. Ella me lo contaba con tal intensidad que cada vez que despego lo recuerdo…
Los viajes nos separan de nuestro lugar habitual y de las personas con las que lo compartimos. El regreso nos reúne nuevamente con ellas, aunque separándonos de ese nuevo lugar que conocimos y en el que tal vez querríamos quedarnos. Viajar es un ejercicio de saber soltar, aunque sea momentáneamente. Odiseo estuvo separado de su Ítaca nativa por veinte años, durante diez de los cuales intentaba regresar. ¿Se puede superar una separación así, o al regresar tras tanto tiempo las personas cambian hasta el punto de que no hay reunión posible, sino solo un encuentro con algo que ya no reconocemos como nuestro? Homero nos cuenta la historia de un nostos, de un retorno a lo propio que sí se vive como un reconocimiento, aunque dificultoso: a Odiseo inicialmente lo reconocen su perro y su nodriza, pero no su hijo ni su esposa. Gradualmente va mostrándose hasta que da suficientes signos de ser él mismo para regresar a su lugar legítimo.

En el cuento “Rip Van Winkle”, Washington Irving imagina una fábula opuesta, más pesimista: el protagonista se interna en el bosque cercano a su pueblo y se queda dormido tras beber el licor que le ofrecen unos hombres extraños con los que se encuentra. Cuando despierta, han transcurrido los mismos veinte años que dura la aventura de Odiseo, pero cuando vuelve al pueblo su perro y su esposa han muerto y ya nadie lo reconoce. Un mínimo desplazamiento espacial y un sueño desproporcionadamente largo lo han hecho perder su lugar en el mundo.
Desde que comienza nuestra vida nos estamos separando y reuniendo nuevamente de lugares, personas, situaciones, amores, amistades, a veces de manera transitoria y otras veces para siempre. La primera separación es sin duda de la madre, de ese cuerpo en que crecimos y que nos nutrió por nueve
meses, de esa cavidad acogedora en que nos acurrucábamos y de la que de pronto nos expulsan, lanzándonos al mundo, obligándonos a respirar y confiriéndonos un cuerpo propio del que poco a poco nos tenemos que hacer cargo: alimentarnos, gatear, caminar, mirar, hablar, crecer. Desde ese momento somos seres separados, y durante toda nuestra vida repetiremos ese ciclo de unión, separación y reunión. De niños, nos separamos de nuestros padres para ir solos al jardín, luego al colegio. Nos sueltan la mano y nos dejan ahí, temerosos y tímidos, entre desconocidos. Con suerte, de a poco hacemos amigos, de los que después nos separamos a medida que aparece nuestra personalidad y, con ella, otras afinidades. El ciclo continúa…
En la vida, las separaciones más duras son tal vez las de una pareja: encontramos el amor, una persona con quien compartir los altibajos de la vida, y de pronto todo se triza. Uno de los dos ya no quiere seguir juntos, ya no somos esos que se deseaban y disfrutaban de la compañía del otro. Queremos distancia, tomarnos un tiempo, terminar para siempre o tal vez por un rato, hasta darnos cuenta de que no podemos vivir sin esa persona, que tal vez entretanto haya descubierto que sí puede vivir sin nosotros. El “Soneto de separação” de Vinicius de Moraes, magistralmente musicalizado por Tom Jobim e inolvidablemente interpretado por él mismo junto a Elis Regina, recoge con perfección ese instante en que todo se transforma de ensueño en pesadilla: “De repente do riso fez-se o pranto / silencioso e branco como a bruma / e das bocas unidas fez-se a espuma / e das mãos espalmadas fez-se o espanto / […] de repente, ñao mais que de repente.” De repente la risa se hace llanto, las bocas unidas espuma que se deshace, las manos juntas espanto…de repente nomás, de repente. No sé si es posible vivir con esa tensión, con la conciencia de que todo puede hacer agua de repente.
Separarse es también, a nivel más prosaico, desarmar una casa, repartirse objetos preciados y negociar platas. Es a veces desarmar una familia, romper rituales, rutinas y lazos. Hay separaciones amistosas, de común acuerdo, y otras más turbulentas, que desea uno contra la voluntad del otro. Hay separaciones que apaciguan los ánimos, distancias que reconcilian a quienes no se soportaban más, y que incluso hacen sentir nostalgia de lo que se deja atrás, que de pronto no parece tan malo. En la canción “Separação”, de José Augusto y Paulo Sérgio Valle (interpretada por Simone y Péricles), dos amantes se despiden repitiéndose “mejor así”, pese al dolor que les causa alejarse. Se prometen no olvidarse, se desean uno al otro la felicidad que no encontraron juntos y se alejan para siempre. No hay drama ni reproches, aunque sí hay dolor y pena. La separación es una reconciliación con lo que fue, ahora que termina.
Pero separarse no es solo dejar atrás una pareja, es dejar atrás a quienes fuimos con esa persona, perder esa identidad para siempre, y abrirse a otra. Una nueva vida, pero también una muerte. ¿Cómo hacer de ese final de una historia el principio de otra, se pregunta Valeria Luiselli en Principio, medio, fin, su novela que comienza después del divorcio de la protagonista? ¿Cómo inventarse una nueva voz, una nueva relación con su hija, un nuevo modo de escribir en esa situación ingrávida en que nos deja el término de una relación larga?
Me acuerdo todavía vivamente del momento exacto en que me di cuenta de que si quería separarme de la madre de mi hijo, debería renunciar a seguir siendo el que había sido con ella, con ellos. Tenía que soltar a ese yo antiguo y abrirme al nacimiento de uno nuevo, en un proceso doloroso: separarme de mí mismo, desdoblarme y dejarme atrás, morir un poco para renacer. “No veas Historia de un matrimonio si te estás separando”, me advirtió una amiga. Por supuesto que fui a verla igual, y lloré como un niño y me quedé angustiado pensando en cómo una relación se desmorona y puede terminar en odio, en guerra y en venganza, pero cómo también se recompone de otra manera, sin restaurarse, cómo se transforma una relación de padres divorciados que comparten el cuidado de su hijo.
Siempre que pienso en la angustia de mi separación me reconforta escuchar “Graceland”, de Paul Simon, en la que el cantante está viajando en auto a la mansión de Elvis Presley, conocida por ese nombre, junto al hijo de nueve años de su primer matrimonio, mientras piensa en su separación de Carrie Fisher, su segunda esposa. La canción describe perfecto la sensación de una relación que se desmorona: “ella dice, perder el amor es como una ventana en tu corazón, todo el mundo ve que estás destrozada, todo el mundo ve el viento que sopla…”. Y describe también una esperanza de redención, de que ese fin no es el final, sino un nuevo comienzo como el que buscaba Luiselli. Graceland es la casa de Elvis Presley pero también un estado de gracia, en el que se nos perdonan nuestras miserias y en el que nos reconciliamos con nosotros mismos y con los demás. Hay personas que se vuelven adictas al vértigo de ese tránsito en que algo se destruye y algo nuevo nace, o se hace posible.
Buscando sobre historias de separación en internet, me encuentro con la serie “Severance”, que fue traducida al español como “separados” (una traducción tramposa, porque la palabra equivale más bien a amputados, cortados, y puede referirse también a un despido). La premisa es interesante: una empresa que divide la memoria de algunos de sus empleados entre el trabajo y el mundo exterior. Cuando salen de la oficina no recuerdan lo que ocurre en ella, y viceversa. La serie es seductoramente inquietante y deliciosamente siniestra, pero me pregunto si el problema no es justamente el opuesto: vivimos angustiados porque no logramos separar nuestro trabajo de nuestro descanso, la oficina de la casa, sobre todo desde que tuvimos que vivir confinados y trabajar remotamente desde nuestros hogares, que nunca volvieron a ser lo mismo. Sería más cómodo si pudiéramos separar en nosotros al padre del amante, al profesor del poeta, al funcionario eficiente del rebelde disfuncional. Pero tenemos que intentar reconciliarlos, vivir con todos ellos en tensión.
Morimos parcialmente varias veces en el curso de nuestras vidas, nos vamos transformando y dejando atrás a los que fuimos, en metamorfosis sucesivas. Se nos mueren personas queridas, de otras nos alejamos o nos dejan. Nos vamos individuando, como diría Georges Simondon, en un proceso constante y abierto que nunca termina y que siempre nos exige negociar con el medio en el que nos movemos, y cuyas fuerzas nos presionan y atraviesan, pero del que nos distinguimos. Somos seres separados, pero no del todo independientes, no del todo aislados sino insertos en entornos que afectamos y que nos afectan.
La separación definitiva es la muerte: nos separamos del mundo, de nuestros seres queridos, pero sobre todo de nuestro propio ser, de nuestro propio estar vivos. Una separación para la que toda la vida nos va preparando, enseñándonos a soltar, a despegar, a separarnos. Le tememos, pero a veces también parecemos anhelarla, desearla, porque significa el término de los altibajos y exigencias de estar vivo, del ciclo de separación y reunión en el que estamos atrapados, de las redes del deseo y del desengaño, una reunión con el reposo de la materia, esa matriz de la que provenimos y a la que tarde o temprano regresamos. Hemos imaginado ese tránsito de muchos modos: como sueño o descanso, como un alma que abandona al cuerpo, como un retorno al océano o a la oscuridad, como una persistencia (polvo seré, más polvo enamorado), como un viaje, un punto final o unos puntos suspensivos…

















































