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La retórica del olvido - Elena Esposito sobre la memoria social


En Olvido social, Elena Esposito define la memoria como “una revisión continua de la coherencia”. Y también se refiere al olvido como su característica más importante: es el punto ciego de la memoria, o en la terminología del matemático Spencer Brown, su lado no marcado. Uno puede recordar que recuerda, pero uno tiene que olvidar que ha olvidado.


El olvido del olvido


Durante mucho tiempo, la memoria de la sociedad se refirió a un pasado que no podía estimarse en nuestra rápidamente cambiante sociedad moderna. Sin embargo, con el advenimiento de los nuevos medios de comunicación, la memoria social vuelve a asumir una función similar a la que solía cumplir en la época premoderna. Esto, al menos, es lo que afirma Elena Esposito en Olvido social, un aporte inspirador, pero a veces inquietante, al floreciente campo de la memoria cultural.


El libro se inspira en la teoría de sistemas de Niklas Luhmann. En sus últimos escritos, Luhmann concede mayor importancia a la memoria como factor estabilizador de los sistemas sociales. En La sociedad de la sociedad él aborda la memoria como una función que selecciona operaciones sobre la base de su coherencia con la realidad, o más bien, lo que el sistema construye como real. Desde esta perspectiva, la memoria no es algo que trae eventos pasados o algún tipo de contenedor, sino un mecanismo de control que clasifica la información relevante de la irrelevante. Para Luhmann, por tanto, el olvido es la principal función de la memoria. Solamente olvidando pueden los sistemas orientarse hacia el futuro.


Siguiendo su estricta separación entre conciencia y sociedad, Luhmann concibe la memoria social como una especie de estructura inmanente que organiza la red recursiva de comunicaciones que constituye lo social. Esta perspectiva es una clara desviación de la mayoría de las discusiones sobre la memoria social, que tienden a relacionarla con la conciencia de los individuos —como, por ejemplo, en La memoria colectiva, de Maurice Halbwachs (1950; traducción: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004)—. Al desconectar radicalmente la memoria social del pensamiento individual, Luhmann llama la atención sobre el hecho de que la subjetividad no es la base de la memoria social, sino un producto (relativamente reciente) de ella. Al mismo tiempo, indica que las autodescripciones de la sociedad son siempre parciales, ya que nunca pueden captar completamente las diversas formas en que los individuos experimentan la realidad.


El hecho de que la memoria social se ubique exclusivamente dentro de lo social significa que tiene una historia propia que, a su vez, puede ser descrita. Según Luhmann, la memoria de la sociedad moderna toma la forma de cultura. El concepto de cultura tal como lo conocemos ahora se originó durante la segunda mitad del siglo XVIII para enfrentar la creciente complejidad de la sociedad. Sin embargo, paradójicamente, la introducción de la cultura aumenta la comparabilidad de las sociedades y pone en duda la legitimidad de tales comparaciones. Debido a tales problemas de legitimación, afirma Luhmann, la autoridad para determinar qué debe recordarse u olvidarse y qué no, es algo cada vez más tenue en las memorias de los subsistemas de la sociedad, como los medios de comunicación.


Como el título ya revela, Olvido social se basa en gran medida en la visión de Niklas Luhmann sobre la memoria social. Siguiendo a Luhmann, Esposito define la memoria como “una revisión continua de la coherencia”. Ella también se refiere al olvido como su característica más importante. El olvido es el punto ciego de la memoria, o en la terminología del matemático Spencer Brown, su lado no marcado. Uno puede recordar que recuerda, pero uno tiene que olvidar que ha olvidado.


Aunque Olvido social adopta estrictamente este esquema luhmaniano, también se aparta de él en al menos dos formas. Primero, Esposito extiende las observaciones de Luhmann sobre la modernidad a los tiempos posmodernos. Ella no comparte la aversión de Luhmann a la categoría de la posmodernidad y afirma que con el advenimiento de las tecnologías informáticas ha surgido una nueva forma de memoria que no puede ser capturada por el concepto de cultura. Este nuevo tipo de memoria la describe como memoria telemática. En segundo lugar, Esposito también incluye formas premodernas de memoria. Aquí diferencia entre la memoria profética por un lado y la memoria retórica por el otro. Al hacerlo, se basa en la importante distinción entre escritura alfabética y no alfabética —como en Eric Havelock: La musa aprende a escribir (1986; traducción: Paidós, 1996)— que está ausente en el marco de Luhmann.



Memoria y semántica


La gran confianza de Esposito en el enfoque teórico de sistemas tiene implicaciones importantes. Algo central en la exposición es que obliga a la memoria social a alinearse con la semántica. Esposito aclara la interrelación de los dos conceptos en una sección separada del capítulo introductorio. La red recursiva de comunicaciones que compone la sociedad condensa identidades que a su vez estructuran las comunicaciones futuras. En la teoría de sistemas, tales identidades son referidas como semántica. Esposito cita la definición de Luhmann de este concepto como “la memoria oficial de la sociedad”. Para Esposito, la memoria social es aquella función que permite la conservación de las identidades en el discurso. Esta equiparación de memoria social y semántica tiene, sin embargo, al menos dos implicaciones de largo alcance.

La primera, significa que la memoria social se reduce a sus autodescripciones institucionalizadas. Al igual que Luhmann, Esposito tiende a restringir su investigación a textos canonizados sin problematizar su estatus. Por ejemplo, ¿cómo sabemos que, como afirma Esposito, el Fedro de Platón es representativo de la sociedad griega entre los siglos VI y IV a. de C.? ¿Cuál es el estatus de este diálogo dada la renuencia de Platón a confiar sus reflexiones a la escritura? ¿Qué significados se le han atribuido a Platón y cuáles “propiamente” le pertenecen? El potencial de la teoría de sistemas para desafiar el concepto de individualidad y autoría desde un punto de vista constructivista sigue sin realizarse. Lo que el libro de Esposito parece olvidar es que la memoria social es el resultado de la relación compleja y a menudo conflictiva entre la semántica principal de la sociedad (su memoria oficial) y la semántica sumergida del discurso cotidiano.


Una segunda implicación, relacionada con la primera, es que la memoria social está acoplada a la escritura. En el marco teórico de los sistemas, la semántica se ha divorciado de la estructura social con el advenimiento de la escritura. Antes de esto, existían identidades separadas, pero no se registraban, ya que no se podían almacenar. Esposito complica considerablemente este esquema al diferenciar entre escritura alfabética y no alfabética. Sin embargo, se mantiene la cesura básica entre oralidad y escritura, junto con una marcada preferencia por este último polo de la oposición. Esposito destaca que las sociedades orales tienen memoria, pero no un modelo de memoria autónomo. Pero, ¿cómo se puede argumentar esto si solamente la palabra escrita se considera como evidencia válida para respaldar esta tesis? No está del todo claro por qué la distinción entre pictogramas e ideogramas o aquella entre ideogramas y escritura consonántica está subordinada a la distinción entre escritura alfabética y no alfabética.


Como cuestión de hecho, incluso la escritura alfabética no puede ser completamente independiente del contexto, ya que el significado siempre se construye desde el interior de una comunidad interpretativa (Stanley Fish: Is There a Text in This Class?, 1980). Tal comunidad consiste en los textos y las convenciones de lectura que han sido “puestos en red” a través del tiempo. Aunque los hábitos de lectura han cambiado drásticamente con el tiempo debido a la transformación social y de los medios, el texto y la interpretación nunca estarán completamente separados el uno del otro. Sería más productivo, por lo tanto, enfatizar que la autonomización de la escritura es un proceso continuo que nunca se logra por completo. La escritura es solamente una forma de comunicación y la distinción entre la referencia a uno mismo y a otros puede reflejarse de muchas maneras además de la escritura.



Cuatro tipos de memoria


Esposito sostiene que las cuatro formas de la memoria son el resultado de la interacción circular entre los medios de comunicación y las formas de diferenciación. Al hacerlo así, intenta evitar una explicación monocausal de la evolución de la memoria social en términos de tecnologías de la comunicación o de estructura social. Así, la imprenta ha existido en China desde el siglo II, pero la semántica moderna de la cultura solamente surgió a partir del siglo XV. Fue entonces cuando la sociedad comenzó a reorganizarse en términos funcionales, de modo que se pudiera realizar el potencial de la imprenta para dirigirse a un público anónimo.


La coevolución de los medios y las formas de diferenciación hace que la memoria social se vuelva cada vez más abstracta. Cada vez más, lo que se memoriza no es información, sino los procedimientos para hacer que la información esté disponible para nosotros. La sociedad olvida más, lo que al mismo tiempo crea el espacio para recordar más. Hay, por lo tanto, un aumento simultáneo del olvido y del recuerdo.


La memoria profética constituye el tipo de memoria más dependiente del contexto. Este tipo de memoria tiene poco que ver con la conservación del pasado. La distinción temporal entre pasado y futuro está aquí subordinada a la distinción espacial entre aquí y allá, o entre una superficie y la profundidad que revela cuando se manipula. Esposito relaciona este tipo de memoria con la escritura no alfabética, que no puede transmitir subjetividad, finalidad o tiempo. En este sentido, las palabras son recursos mnemotécnicos que derivan su significado casi por completo del contexto en el que se pronuncian. La memoria profética puede entenderse metafóricamente como cera, que se modela a partir de objetos, pero no transmite información sobre ellos. La escritura no alfabética surgió en las altas culturas antiguas, las primeras “auténticas” sociedades de la información, como Mesopotamia y Egipto. Estas sociedades estaban organizadas espacialmente en términos de centro y periferia, pero aún no reflexionaban sobre la distinción entre clases sociales.


Esta conciencia creció cuando la distinción entre centro y periferia fue sustituida por la distinción entre la parte y el todo, es decir, cuando la estratificación se convirtió en la forma dominante de organización en la sociedad. Esta forma de diferenciación solamente pudo surgir gracias a la introducción de la escritura alfabética, que divorció por completo las palabras de las cosas que representan. La retórica describe las reglas que gobiernan el discurso como una esfera autónoma aparte de la realidad externa. La memoria retórica, por tanto, no debe concebirse como una superficie en la que se pueden imprimir objetos, sino como un contenedor en el que se almacenan las huellas de la experiencia pasada. Según Esposito, este nuevo modelo de memoria, aunque incompleto, surgió por primera vez en la antigua Grecia. En su epílogo al libro de Esposito, Jan Assmann relativiza esta afirmación al señalar desarrollos paralelos en el Israel de la misma época.


Más impresionante es la relectura que hace Esposito del Fedro de Platón como un conflicto entre los dos primeros modelos de memoria. En su interpretación, Platón no reacciona contra la escritura como tal, sino que representa el modelo profético que se asocia a la escritura no alfabética. Los sofistas, por otro lado, representan el nuevo modelo retórico. Según Platón, estos últimos trabajan bajo la falsa ilusión de autonomía que llega con la escritura alfabética. Esta ilusión los lleva a pensar que todo lo que se puede argumentar siguiendo las reglas de la retórica es cierto. Para Platón, sin embargo, la verdad y la falsedad siempre se determinan sobre la base del contexto del enunciado. En este sentido, afirma Esposito, Platón es más sofista que los propios sofistas, ya que se niega a separar las palabras de los significados que conllevan en cada situación particular. Mediante esta original relectura, Esposito quiere mostrar que la evolución de la memoria social no es necesariamente algo para mejor.


El tercer tipo de memoria es probablemente el más conocido para nosotros. La teoría de sistemas explica el surgimiento de la cultura como el resultado del gradual derrocamiento funcional de la sociedad. Según este punto de vista, la sociedad moderna ya no está organizada verticalmente en torno a estratos sociales, sino horizontalmente en torno a subsistemas orientados hacia una función social específica. Como resultado, los individuos tienen relativamente más libertad para elegir y, por lo tanto, se enfrentan de manera más directa a su singularidad. Esposito relaciona esta evolución con la introducción de la imprenta y los medios de comunicación. Estos tienen menos que ver con la conservación de la información que con establecer conexiones para “recuperar” la información que necesitamos. De esta manera, aumentan y reducen la libertad del individuo. La cultura puede entenderse metafóricamente como un archivo. A diferencia de un contenedor o un diccionario de sinónimos, un archivo necesita un catálogo para revelar los documentos que tiene almacenados. Tal catálogo no lleva información en el sentido tradicional. Más bien, establece enlaces para revelar los documentos apilados en el archivo. Para Esposito, por tanto, la memoria moderna se caracteriza por la primacía del olvido.


La afirmación más provocativa de Olvido social es que el concepto de cultura ya no es suficiente para abarcar la memoria de la sociedad. Cada vez más, esta función de memoria se delega hacia los subsistemas sociales, que en gran parte están estructurados por organizaciones formales. Estas organizaciones dependen más de las decisiones que de la información. La sociedad posmoderna es, en este sentido, una sociedad de decisiones más que una sociedad de la información. Esposito afirma que este cambio tiene que estar relacionado con la proliferación de los nuevos medios. Internet no almacena información, sino que continuamente produce nueva información. El modelo de red, por tanto, no funciona como un catálogo tradicional. No indexa documentos, sino que opera sobre la base de asociaciones. La memoria telemática es una forma móvil de memoria en el sentido de que reestablece y desestablece vínculos de manera constante. En este sentido, se parece mucho a la memoria profética, porque no se basa en una organización lineal del tiempo. El tiempo pasa tan rápido que el pasado está alcanzando al presente.



¿Ha comenzado el futuro?


En el concepto de memoria posmoderna, las fortalezas y debilidades de la tipología de memoria de Esposito se vuelven más explícitas. Una primera debilidad reside en el hecho de que muchas de las características de los nuevos medios también pueden atribuirse a los medios de comunicación de masas. Los medios digitales simplemente amplifican la evolución desde la comprensión hasta la selección que comenzó en el siglo XV cuando la imprenta se puso al servicio de las masas. En segundo lugar, la memoria telemática no se basa en una nueva forma de diferenciación. Más bien, Esposito registra una radicalización de la diferenciación funcional de la sociedad que está en curso. Esto produce una laguna en su esquema bilateral que podría indicar que tiende a exagerar el caso de la transformación medial. Finalmente, la analogía de Esposito entre la estética Mac y el modelo de la profecía premoderna no parece del todo libre de la retórica tendenciosa de muchas teorías populares sobre los medios. Su negativa a abordar la memoria posmoderna como un almacenamiento del pasado es, en cierto sentido, una forma de deshacer la pregunta de cómo debemos abordar la proliferación de información en la era de las tecnologías de la comunicación electrónica.


Esposito concibe la memoria social como un circuito cerrado que no parece tener apagones o demencia. Sin embargo, ¿es realmente cierto que el olvido y el recuerdo necesariamente crecen en igual medida? ¿No podría argumentarse que algunas culturas olvidan más o de manera diferente que otras? Esposito destaca que los medios electrónicos son dispositivos de orientación que en cierta medida nos absuelven de la libertad de elección. Pero los nuevos medios también tienen efectos desorientadores. Además, tales efectos pueden ser producidos intencionalmente por organizaciones o individuos que obtienen alivio a partir de la desinformación masiva. Esposito diferencia tan consistentemente entre sistemas personales y sociales, que parece que ella no reflexiona sobre la forma que podrían o deberían tomar los posibles acoplamientos estructurales entre ellos.


Las oraculares declaraciones de Esposito sobre la memoria telemática probablemente encarnan lo peor que la perspectiva evolutiva de la teoría de sistemas tiene para ofrecer. Sin embargo, al mismo tiempo, son una muestra de la flexibilidad y brillo intelectual de Olvido social. Esposito confiesa que su concepción de un modelo de memoria posmoderno es una impresión más que una tesis elaborada.


A pesar de ello, se niega a ceñirse a la representación moderna de la memoria. Esto se debe a que intenta exponer la contingencia del modelo cultural que organiza la sociedad actual. Incluso la cultura es una forma parcial (algunos dirían eurocéntrica) de organizar la realidad que no puede observar los límites de su propia comprensión. Aunque solamente sea por esta razón, Olvido social es un libro desafiante y una bienvenida corrección a los puntos de vista de los teóricos de los medios que profetizan el fin de la memoria —un buen ejemplo es Elegías a Gutenberg, de Sven Birkerts (1994; traducción: Alianza, 1999)—. Aunque Olvido social adolece de un alto grado de abstracción, es de interés para académicos de muchos campos diferentes además de la sociología. Se invita a los historiadores y estudiosos de la literatura preocupados por cuestiones de formación del canon, en particular, a poner a prueba las sutilezas teóricas del libro en casos históricos concretos.



Artículo aparecido en Image & Narrative 6 (2003). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia



Olvido social

Elena Esposito

Trad. D. Rodríguez

Editorial UDP - Santiago 2023

388 páginas.


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