Una mirada partida en dos
sobre La medida y el azar, de Macarena García Moggia
Macarena García (1983) ha transitado por la poesía, el ensayo y la narrativa. En la mayoría de sus textos permanece -en diversos registros- un patrón que tiene que ver con la imagen y la dualidad, un claroscuro, una ambivalencia constante. Intervienen a lo largo de sus textos las bondades de una ventana, ya sea de forma tangible o metafórica. Nos encontramos con un yo que se posiciona desde la observación, tan aguda e inteligente, y la comparación de tonalidades, a veces de manera racional y, otras veces, como resultado de una estética que la persigue y hace de su escritura, en todo tipo de registros, un proyecto único. Entonces La medida y el azar pertenece a eso: lo arbitrario y lo que se escapa de la voluntad del hacer, la suerte y las reglas, la escritura planificada y el desconocimiento de la creación propia, porque, como dice en su contratapa, “alguien decía que la importancia de un poema no radica en cómo termina, sino cómo empieza”.
Un “cielo completamente despejado” que se pierde “entre las luces, demonios / del comercio.”, “un pájaro negro con puntos blancos”, “una luz Hopper contrastada” con el amante que sufre, “una ventana donde vemos / todos nuestros pecados / pintados / a dos manos” luego, “la ternura vuelve vanos los lamentos”. Macarena García puede hacer eso, que las imágenes se contrapongan una y otra vez, que el poema no termine y retumbe en el lector, y los objetos cambien de significado como la hermosa luminosidad de una mañana perfecta alumbra el torso de un hombre herido a balas porque la luz también alumbra las catástrofes.
¿La medida contiene azar o el azar contiene medida? La maternidad puede resultar una pista a esa pregunta, “tres hijos que al caer / perdón / tres hilos que al caer dibujan / tres líneas / se vuelven tres reglas / de madera las grietas / ¿los hijos? / la medida del azar”, “la mirada que a través de una ventana ve otra ventana y se ve a sí misma como ventana partida en dos. Una mirada partida en dos. Y el cuerpo”. García Moggia, así como su escritura, está partida en dos, un ojo a la merced de la medida (he ahí los versos de una perfección y minuciosidad poco vistos), y el otro ojo dispuesto a recibir ese “azar”. Así, la escritura impredecible de la autora, porque ni ella misma sabe qué rumbo tomarán sus palabras, así como nadie sabe qué panorama se encontrará fuera de una ventana.
“En esta leche cálida, calostra / que al entrar por tu boca / lo sé / por mi lengua se abre un mundo / todavía mudo, desnudo para ti”, porque en esta dualidad madre/hijo, hay dos nacimientos, la madre, en este caso, reaparece con un nuevo lenguaje. Dar a luz, una imagen tan nítida, un hijo pasa de un adentro y asoma su mirada por primera vez a un paisaje desconocido, un lenguaje que irá describiendo y redescubriendo con el paso del tiempo. La madre es ella y una extensión de un hijo, una extensión de la palabra.
En la novela Maratón (2017), por ejemplo, una pareja habita la oscuridad del diálogo tenso, afuera, a través de una ventana, la narradora ve movimiento, claridad matutina, vitalidad. Una resaca del desgaste amoroso versus la hidratación deportiva. Una relación viciada por la cotidianidad. En Ensayos de una casa (2024), en cambio, una ventana puede ser un muro, la autora expone el caso de Bartleby, “un muro de ladrillos rojos que proyecta la silueta del escribiente”. Los muros también son foco de observación y, además, útiles para el descanso de la escritura, “Por esa razón, la mirada después de todo los desea. Se adhiere a ellos, bastante a menudo, como una forma de descanso ante las demandas de lo abierto: los otros, la vida, uno mismo”.
En uno de los textos de Ensayos de una casa la narradora se posiciona en una cama, en el ejercicio de escribir de manera horizontal, dar vida desde el reposo, dar vida después de dar vida. “Llevo más de un mes en cama. No estoy enferma. Tampoco estoy obligada. Simplemente decidí hacerlo, o eso creo: nació mi segundo hijo y opté por entregarme, esta vez, a los placeres de las frazadas”. Nos presenta, nuevamente, esa dualidad, el descanso corporal y la activación de lo que significa crear y criar.
Conversaba con la autora sobre esto mismo, sobre la medida y el azar, pero este libro todavía no existía, tampoco el título. Esa concepción del lenguaje y la poesía, la imposibilidad de “encontrar ese lenguaje”, esa suerte de obsesión que se produce en la búsqueda del lenguaje para hacer poesía, para construir poesía. En algunos textos hay tanta racionalización sobre esa búsqueda que hace que, en vez de acercar al lector, lo aleja y no permite que esa reunión que produce la lectura se lleve a cabo. Cuando se está haciendo un poema, nos estamos adueñando, aunque sea por un instante, del lenguaje, porque estamos tomando decisiones, aunque sea por azar, el control que se ejerce cuando se está dentro de la escritura contiene medida y azar. “la importancia de un poema no radica en cómo termina, sino cómo empieza”. El azar nunca se manifiesta de la misma manera, es particular a cada cosa que se escribe, a quién lo escribe.
La medida y el azar
Macarena García Moggia
Provincianos Editores, 2026


















































