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Las Singularidades de John Banville


En principio hubiera dicho que lo mejor de este libro es la anécdota que me contaron cuando me lo regalaron. Posteriormente, ya no. Mientras va pasando el tiempo no sé si aquello será lo mejor o más bien lo mejor es algo así como una flor que lentamente el libro va construyendo y se va abriendo, poco a poco. Y de ser esa flor, ha de ser una flor frágil que también en el proceso se puede marchitar.


La anécdota dice que John Banville, en algún momento, fue llamado porque había ganado el Premio Nobel de Literatura. Pero no, se habían equivocado, no lo había ganado. Hubo entonces un nuevo llamado para recibir la otra noticia. Eso me comentaron al pasármelo como regalo de cumpleaños –la anécdota la habría contado la librera al recomendarlo como libro de cumpleaños. “Será un casi enorme libro”, dije entonces. Me pareció una buena anécdota para comenzar a conocer a Banville.


John Banville, escritor Irlandés. En su último libro, él dice que quizás sea la joya de su escritura y quién sabe si pueda volver a escribir como allí lo hizo. Tuve que volver a leerlo un par de veces desde el comienzo, pero sin tedio, más bien con una mezcla de atención y sorpresa, para iluminar la lectura que se me iba develando. Sí, suena a “tedioso”, y así lo imaginé, sin embargo en particular en este libro fue más bien una novedad necesaria.


La historia no vale la pena traerla acá: es lo que dice en su contratapa. Creo incluso que aunque contara el final –lo que no haré– y no aportaría ni quitaría al relato absolutamente nada. Lo interesante (y de aquí la posible genialidad de su autor) es cómo logra describir la realidad en tanto que tensión entre el mundo interior y el mundo exterior de los personajes. Qué pertenece a qué mundo es algo que siempre queda algo velado. De hecho Banville es capaz, ya lo podrán descubrir, de incluir alguna parte de otro libro en el suyo propio. Esto ya da cuenta de un estilo y la tremenda valentía del autor para dejar llevar la pluma allá donde, da la sensación, ella se permite escribir sola: va y viene sin dejar de sostener la coherencia de la historia.


Sobre la forma, también se destaca la capacidad de ir desde detalles superficiales y banales que contrastan con profundas reflexiones de algunos personajes –muchas de las veces sobre temas en principio poco relevantes–, desde la filosofía, la física, el cuerpo, la muerte. Hay un paso desde lo anodino de una escena al punto donde las ideas de los personajes se difuminan entre la voz personal y la voz de “ello”, como algo omnipresente. Allí donde la singularidad es llevada a tal extremo que se desvanece, sin por ello perderse.


En algún momento, me recordaron las típicas treinta y cinco páginas que he podido leer –cada vez que lo intento– del Ulises de James Joyce. Luego, investigando más sobre Banville, me enteré que el primer libro que recibió de regalo a los trece años fue un libro de Joyce. Sin ser para nada una copia o un forzamiento del estilo ya se empiezan a instalar preguntas entre el título, el desarrollo y el autor: ¿hasta qué punto la singularidad es singular?


Desde aquí es que me resonó con esta novela la interrogación a tener en consideración y que Banville levanta con su libro: ¿qué es un buen escritor? ¿Qué es una buena novela? ¿Cuál es el fondo de ese significante con el que intentamos describir el mundo creyendo que con eso logramos asir algo del mismo de manera particular? A mi parecer, entre la historia y el texto como objeto esas preguntas van anidando en las manos del lector.


Una novela que en una primera lectura (porque admito que tengo ganas de volver a leerla para sumergirme nuevamente en su en su aura) no deja nada en términos de nociones sociales, crítica, aportes vitales, etcétera. Deja, más bien, un ritmo. Y desde aquí es que se resignifica a posteriori la elección de la tapa de la edición de Alfaguara. Las Singularidades es una novela que nos deja como presente un agujero negro en el paisaje, tanto de los lugares y los ambientes como de los personajes, sin poder hacer más que bordearlos y, en el mejor de los casos, disfrutar del viaje. Y es en este sentido que puede consierarse una apuesta del autor a modo de construcción con el lector: las singularidades no habla de la idealización de una sustancia última, sino de un agujero negro en el que, en caso de considerarlo, lanzarse a él supone entrar en un abismo donde al final nos encontramos con una imagen de nosotros mismos o sólo podemos transitar en su borde.


A mi parecer, en su estilo, una novela que deja al lector la tarea de soltarse, tomar distancia, bañarse en sus imágenes, para definir si simplemente es una obra que lo logra o no.





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