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No sabemos lo que puede un cuerpo

O por qué conviene imaginar el fin del mundo en vez de (y para producir, si queremos) el fin del capitalismo.


¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos!

Esclavos, no maldigamos a la vida.

A. Rimbaud, "Una temporada en el Infierno"



Si hay algo que siempre me ha parecido fascinante de la ciencia ficción es ese gesto simultáneamente futurista y regresivo con que intenta sintetizar modernidad y obsolescencia, un oxímoron de historia y especulación. Por mucho tiempo aluciné con las visiones espaciales de "El Capitán Futuro" (1980, 'donde siempre ocurre lo inexplicable') o "Espartaco y el Sol Bajo el Mar (1985), donde una antigua civilización avanzada escapa de un Gran Cataclismo y acaba refugiada en lo profundo de la corteza terrestre, al abrigo de un Sol artificial.


Pero cuando de niño conocí estas historias, a mediados de los ochenta, habían terminado hacía tiempo los años mozos de este género literario, por lo que seguramente mi fascinación personal tiene poco que ver con el impulso entusiasta que llevó a sus autores a imaginar mundos futuros, formas de vida extrañas, otras leyes de la Naturaleza, estados alternativos de una humanidad cuya ciencia parecía arrebatarle de vuelta el fuego a los dioses. Lejos ya de esas épocas, hoy pareciera como si la idea misma de futuro fuera una cuestión retro, donde todas estas visiones del porvenir no son ya motivo de asombro sino más bien de una cierta nostalgia, un cansancio, un dejo de pena o dolor similar al de la vejez. Pienso que quizá esta suave tristeza sea el síntoma de algo más generalizado cuando queremos adentrarnos en alguna especulación sobre el tiempo: la constatación de que no tenemos futuro.


Por cierto, hay que tomarse con cuidado este tipo de diagnósticos. Ya hemos tenido suficientes fines de la Historia, Armageddones, Terminators y Juicios Finales: en nuestro contexto mediático y cultural aún las más nítidas visiones de toda clase de desastres acaban transformadas en un espectáculo, y lo espectacular, en condición de posibilidad del ver. Pero como nunca antes, esta banalidad convive con una catástrofe climática cada vez más evidente, donde la desorientación política aumenta en la medida que vamos constatando que la promesa del progreso indefinido no es, ni fue nunca, factible. Lo que se instala entonces es un horizonte apocalíptico ineludible pero contradictorio, palmario e imperceptible, farandulero y trágicamente inimaginable. Un apocalipsis que no sabemos ver porque, como dice Mark Fisher, este mundo quizá ya no termine en un golpe seco sino desmoronándose gradualmente en un cataclismo lento. Merodeando entonces los márgenes de esta visibilidad es que se estructura la muestra Es Mejor Imaginar el Fin del Mundo que el Fin del Capitalismo, un conjunto de pinturas y obras gráficas que ponen en escena la cuestión de lo apocalíptico en dos versiones, a la vez antagónicas y complementarias, ocupando las dos salas superiores del museo.


El título es una sutil inflexión de la célebre frase que se atribuye tanto a Frederic Jameson como a Slavoj Zizek de que "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo", la idea de que hemos naturalizado a tal punto las condiciones de vida establecidas por el actual orden económico global que nuestro sentido de lo posible o, mejor dicho, de lo imaginable, es incapaz de concebir otra alternativa. Pero justamente porque hemos hecho del apocalipsis una cuestión rutinaria, casi trivial, la invitación de esta exposición es a reavivar nuestra capacidad imaginante recurriendo precisamente al extenso y paradójico acervo visual que la cultura occidental ha producido en torno a la visión del fin de los tiempos, y explorar los ecos de esa memoria ancestral sobre la trama de ciertos problemas actuales: la saturación mediática, la superstición tecnológica, la estandarización perceptiva, la infertilidad de una cultura subordinada al mandato predictivo de los algoritmos, y cuyo futuro quizá sólo le depare una serie interminable de reiteraciones, pastiches y revivals.


Con un montaje simultáneamente teatral y archivístico, esta exposición busca entonces articular dos modos o estados de lo apocalíptico para deshacernos de los clichés y lugares comunes que lo rodean y poder reimaginar la historia del mundo y el porvenir de sus finales. Al modo de El Jardín de las Delicias, de Hieronymus Bosch, ambas salas de la exposición funcionan como aquel panel en su doble dimensión, como artefacto gráfico y pictórico que permite desdoblar nuestra mirada mediante las imágenes de su propio fin, no sólo como tragedia sino también como revelación.


Adrián Gouet




“Es Mejor Imaginar el Fin del Mundo que el Fin del Capitalismo”

MAVI UC - Museo de Artes Visuales

Santiago - Chile

6 de abril - 18 de junio de 2023



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