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Petricor: tras la memoria olfativa de nuestro pasado

Petricor. Nada me transporta tan rápido a la infancia como el olor a tierra mojada de las primeras lluvias de otoño en Madrid. Es entonces cuando mi olfato, sin previo aviso, me traslada de forma repentina a la niñez. Cada persona encuentra su propio estímulo para emprender este evocador viaje en el tiempo. Se trata de un efecto universal conocido como 'la magdalena de Proust', donde un simple aroma puede sumergirnos en recuerdos vívidos, tal como sucede con el protagonista de uno de sus libros al percibir el aroma de una magdalena recién horneada.


Me pregunto qué otras fragancias contienen la llave que da acceso a este pasadizo secreto que conecta presente y pasado. En el delicioso libro "Los misterios de la taberna Kamogawa", de Hisashi Kashiwai, diferentes personajes llegan a una taberna oculta buscando volver a disfrutar de viandas elaboradas con ingredientes y recetas ya olvidados. El propietario de este singular lugar y su hija se convierten en detectives. Preguntan a los comensales dónde probaron la comida o qué ingredientes recuerdan para, después de una minuciosa investigación, recuperar los anhelados platos.


Europa necesita sus propios detectives. El continente ha perdido la exuberancia aromática de los mercados y bazares que mantienen otras partes del mundo. La asepsia de los supermercados actuales impone una ausencia de fragancias que, hasta hace poco, impregnaban nuestras experiencias y emociones.


En un esfuerzo por revivir la memoria olfativa europea, un equipo multidisciplinar de investigadores se embarcó, durante tres años, en el proyecto Odeuropa. Este grupo de expertos ha escudriñado el pasado en busca de aromas perdidos. Aunque efímeros y volátiles, los olores dejan una huella que se puede rastrear en objetos, cuadros y documentos. La inteligencia artificial ha sido una herramienta clave para identificar y registrar las referencias a olores presentes en textos e imágenes. Toda esta información se ha integrado con bases de datos de compuestos químicos y perfumes, creando una descripción detallada de cada aroma. El resultado final ha sido una biblioteca olfativa.


Ahora es posible viajar en el tiempo y revivir la atmósfera de mercados bulliciosos, calles perfumadas y puertos donde las especias anunciaban la llegada de un nuevo mundo. Podemos sumergirnos en el olor a carbón, hierro, azufre y vapor que definieron la Revolución Industrial, o retroceder a las embriagadoras fragancias exhaladas por las pomanders que utilizaba la nobleza durante la Edad Media y el Renacimiento.


Las pomanders eran unas joyas que, colgadas al cuello y perfumadas, permitían encubrir los malos olores. Además, eran un símbolo de alta alcurnia y poder. Isabel I, reina de Inglaterra, era una ferviente admiradora de estas esferas. Su retrato, sosteniendo una en su mano, nos da una idea de la importancia que adquirieron en su época. Cada especia empleada en estas exquisitas joyas portaba un significado específico. El aroma del clavo representaba la protección, la salvia evocaba la sabiduría, la canela simbolizaba la prosperidad, y la vainilla, la sensualidad. Dicho de otro modo, las pomanders se convertían en un lenguaje aromático, comunicando mensajes y desvelando rasgos de la personalidad de quien las llevaba consigo.


Sin las fragancias nuestra comprensión de la historia sería incompleta. Hace dos años, el Museo del Prado creó una exposición multisensorial de la obra "El Olfato" de Jan Brueghel el Viejo y Rubens. En este cuadro se puede ver un exuberante jardín con más de 80 especies de plantas y flores, así como objetos relacionados con el mundo del perfume, como guantes y alambiques. A partir de una interpretación olfativa de distintos elementos se crearon 10 fragancias que envolvían al espectador. Este enfoque, aunque hoy nos parece innovador, no es la primera vez que se realiza. Ya en una exposición de 1938 en París, Marcel Duchamp llenó el espacio con un cálido aroma a café tostado.


Es hora de que el sentido del olfato deje de estar relegado a un segundo plano, detrás de la vista o el oído. Su potencial para enriquecer nuestras vidas es ilimitado. Especialmente ahora que se puede combinar con tecnologías de realidad virtual y aumentada para generar experiencias inmersivas, con nuevos usos abiertos a nuestra imaginación.


Al mismo tiempo, podemos llevar a cabo gestos sencillos como rescatar olores olvidados en nuestras propias casas. Recientemente, la chef Maria Solivellas recordaba la fragancia peculiar que emanaba de los membrillos que su abuela colocaba en cajones y armarios, impregnando la ropa con un perfume familiar de recuerdos entrañables. Quizá pueda imitarla para regalar a mis hijos su propio “petricor” que les permita entrar en un pasadizo que los traiga al presente desde el futuro.


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