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Pinochet, los acomodados y la vergüenza


A 50 años del golpe, la historia de la dictadura, de los cambios y acomodos, de la extraña normalidad, de los adultos, se lee desde otra perspectiva en el El diario de Francisca. En el espacio común, los pequeños testigos, siempre alertas a los detalles que el mundo adulto supone esconder bien, registran con distintos recursos la creciente dinámica de polarización política y afectiva a la que asisten en calidad de espectadores

Fuente: Biblioteca Nacional


El 23 de octubre de 1973 se cumplen casi dos meses tras el golpe de Estado en Chile. Francisca tiene 12 años y ya ha sido testigo de un hito que marcará definitivamente la historia del país, y también la suya. En su calidad de testigo, Francisca relata el golpe de Estado a través de una escritura automática, cuya marca principal parece ser la necesidad de registrar cada una de las frases escuchadas respecto de este hecho.


¿Es una muy joven etnógrafa?


Más bien se trata de un tipo de escritura cuyo fin parece ser el guardar algo para pensarlo después, algo así como cuando se escribe un sueño, en mitad de la noche, semidormido y en penumbra.


En esos días de septiembre, de golpes y escrituras, el tiempo de la vida cotidiana y la escritura puberal —que convivía juguetona en el diario de Francisca durante los días anteriores— se detuvo para abrir paso a un paréntesis cuya marca de cierre, entre reflexiones de tono desconcertado, horrorizado y culposo, se precipita abruptamente tras la muerte de Allende. El cierre del paréntesis delimita el carácter de acontecimiento que tuvo en la subjetividad de Francisca la muerte de Allende, pues de algún modo se constituye en un hito que descentra su lectura política respecto de la Unidad Popular y sus partidarios, instalando así silencios y, casi imperceptiblemente, las bases para el creciente distanciamiento ideológico que tendrá en el futuro respecto de su familia nuclear, más conservadora. Sin embargo, el paréntesis se cierra y las consecuencias políticas de dicho acontecimiento no se materializan sino hasta un tiempo posterior, cuando hubo un lugar y un escenario en el cual poder desplegar su agencia con legitimidad.


Para la niña que es Francisca en ese entonces, y para todos los niños que habitaban el año 1973 en Chile, la vida pronto parece retomar su curso normal: volvieron al colegio, a las discusiones con amigos, a la mesa del pellejo, a la espera de la Navidad y el sopor de las vacaciones. Para los adultos, los hematomas recientes de un país dividido fueron acrecentando día a día la trinchera insalvable que atraviesa la mesa del domingo familiar, mesa a la que muchos de ellos por distintas razones nunca más volverán, al menos no con la misma tranquilidad, ni simpatía.


En el espacio común, los pequeños testigos, siempre alertas a los detalles que el mundo adulto supone esconder bien, registran con distintos recursos la creciente dinámica de polarización política y afectiva a la que asisten en calidad de espectadores. En el caso de Francisca, las transformaciones del país quedan anotadas en detalles mínimos, pero importantes, que describen el modo en el que la vida cotidiana se transforma tras el golpe, por ejemplo, el 14 de diciembre de 1973 se puede leer en el diario: “Ahora me hize amiga de la Angélica Albertini. Su papá es italiano. Ella viene llegando de Italia. En el gobierno de Allende se fue y ahora volvió. Bueno, Chao. Pancha”.


Impune fragmento privado que ilustra, con inocencia y superficialidad, las posiciones políticas del entorno adulto y cómo el golpe de Estado intercambia el lugar de los que se van y de los que llegan. Aunque habría que agregar que quienes vuelven tras la Unidad Popular nunca fueron obligados a irse. Ese no fue el caso de los que forzadamente tuvieron que irse después del 73. Los lugares intercambiados nunca serán simétricos y ello es el resultado de vivir en un país tan fracturado.


Muy a pesar de lo deseado por los adultos, el clima político después del golpe militar introdujo abrupta pero sostenidamente a los niños y niñas en las reflexiones políticas y sociales del entorno circundante. Ello les permitió tomar posición respecto del conflicto aun a distancia de la posición de sus familiares más próximos. El acontecimiento del 11 de septiembre transforma la manera en que Francisca se ubica respecto de la Unidad Popular, aunque ella no haya alcanzado a darse cuenta y estos cambios de perspectiva aparezcan insinuados en las reflexiones íntimas que sostiene consigo misma y que podemos encontrar entre las páginas de su diario.


Es así como el día 20 de febrero de 1974 escribe: “La Francisca es de lo más UP. Dise que ella va ha retiros y cosas raras. Ella me habló. Y en casi todas las cosas le allé la razón. No es que yo sea socialista sino que comprendo a los pobres y que la UP los ayudaba”. De alguna forma, los días previos al golpe y los que lo sucedieron dejaron en el aire todos los significantes necesarios para recrear una frase política, a través de la cual niños y niñas pudiesen construir un imaginario con el cual identificarse y responder un conjunto de preguntas por las que, de manera inconsciente, saben que más tarde serán interpelados: ¿Fue justo el golpe de Estado? ¿Qué les hicieron? ¿Qué nos harían? ¿Dónde están? Y tantas otras.


La Restauración de Chile


Uno de estos espacios de tensa disputa ideológica, habilitado por el clima de tensión política que se vive en Chile, aparece la tarde del 23 de octubre de 1973. Francisca registra en estas palabras la actividad organizada por el colegio en pos de la restauración de Chile: “Hoy día fue el día del colegio SANTA ÚRSULA. Desde septiembre cada curso, está juntando plata para la restauración de CHILE. Y hoy día como es el día del colegio, una monja fue ha dejar la plata a la junta. De alcancía se huso un botesito. Por supuesto, que cada curso se hizo su botesito para meter la plata. En la mañana hubo una misa en el colegio. Al medio de la misa una niñita de cada curso fue a dejar al altar el barquito con la plata. La misa fue preciosa (...)”.


Aunque estas líneas relatan descriptivamente una acción realizada por niños y adultos en el contexto escolar, al leer detenidamente pareciera recomponerse una escena que evoca vívidamente el aroma religioso que, de alguna forma, permite fundir un acto ritual (cotidiano, para un determinado sector de la sociedad y que educa a sus hijas en ese colegio) con un gesto de apoyo solapado al golpe de Estado y a las acciones políticas y represivas que se desarrollarán posteriormente.


La “Restauración de Chile” fue el nombre que Francisca retuvo de los primeros movimientos políticos y económicos que, según lo registran las documentaciones oficiales, la Junta de Gobierno realizó en función de reencauzar al país. La noción de restauración o de reconstrucción cumple una función discursiva doble y ambigua: por un lado, pone el acento en una acción positiva y en beneficio de todos; por otro, inscribe fatídicamente, y sin derecho a réplica, un diagnóstico sobre los acontecimientos pasados, es decir, sobre el proyecto y las acciones de la Unidad Popular. La convocatoria a la reconstrucción de Chile realizada a través de los medios oficiales permitió, en un primer momento, instalar un límite temporal para el supuesto trabajo de la Junta. Es decir, a través de estos discursos, la reconstrucción se plantea como una tarea de ejecución breve, tras la cual el país volvería a la normalidad cívica y política de la que gozaba hasta ese minuto:


“Las Fuerzas Armadas y Carabineros han tomado la tarea de reencauzar al país por la senda del derecho y la libertad. Una vez logrado nuestro objetivo, no dudaremos un minuto en retirarnos a nuestros cuarteles y naves. El plazo para volver a la normalidad será lo más breve posible y dependerá, en gran medida, del esfuerzo que hagamos todos los chilenos en tan noble tarea”.


La retórica de la Junta Militar utiliza fluidamente términos que pretenden naturalizar la idea de haber sido mandatados al rescate de un país destruido. De esta forma, se apela a la necesidad de comprensión de cada ciudadano, se convoca al esfuerzo y al sacrificio, y se ofrece una imagen de futuro con la cual se busca justificar cada uno de los movimientos que se insinúan, pero que jamás se declaran abiertamente. A su vez, se responsabiliza a la Unidad Popular, a los marxistas, de los problemas económicos, pero sobre todo se insiste en degradar al adversario político: los marxistas son irresponsables, flojos e inmorales. Y la Junta es un espacio que reúne a los varones valientes y honorables, que han escuchado a la ciudadanía en su agónico llamado de libertad:


“Es imposible señalar, en un solo conjunto, las medidas que en forma inmediata o mediata y a largo plazo se deberán aplicar, pero es necesaria la comprensión de cada uno, ya que si bien es cierto que tenemos metas comunes, se requiere que por un período más o menos largo el país sea sometido al esfuerzo ordenado y a un sacrificio compartido para erradicar de Chile el hambre y la miseria, elevar el nivel de vida de sus habitantes y alcanzar un lugar de privilegio entre los pueblos del mundo civilizado. No es tarea fácil superar la destrucción ocasionada a la economía de Chile, y la descomposición del espíritu laboral, que alcanzó límites incalculables”.


Resulta estremecedor recorrer nuevamente estos discursos y comunicados de la Junta Militar y observar en ellos, con distancia, las formas discursivas que se instalaron para lograr desfigurar el gobierno de la Unidad Popular. La dictadura, como todo poder totalitario, interviene la vida cotidiana en múltiples dimensiones: la violencia explícita, la amenaza, el terror y la seducción discursiva del ciudadano “no contaminado” para justificar con ello la nueva realidad militarizada a la que se estaba sometiendo el país.


Las acciones que la Junta tomará, de profundidad y violencia diversas, se proyectan como deseadas y demandadas por un cuerpo determinado, un cuerpo joven, o bien un cuerpo femenino-materno, atribuyéndosele a la juventud el idealismo y, a lo femenino, la decisión. En los discursos de la Junta y de sus aliados se puede observar una batalla subterránea en torno a la cuestión de la valentía. Parece tratarse de una provocación orientada específicamente a denunciar la falta de hombría de quienes parecieran no haber estado a la altura de las circunstancias históricas de lo que el país y sus familias necesitaban:


“Hoy la inmensa mayoría del país ha empezado a construir. En la tarea de reconstruir el país tienen particular relevancia la participación organizada de la juventud y de la mujer, que tanto idealismo y decisión han mostrado en estos años. En ellos están la savia del futuro y la base de la familia, pilares ambos de una Patria en marcha. Daremos horizontes a la juventud de hoy y de mañana, y seguridad para la mujer. Estos incentivos, en el nuevo régimen, permitirán a estos sectores tan vitales la más activa y eficiente participación. Rindo homenaje a las madres chilenas, mujeres inspiradas con esa claridad divina que Dios les alberga en su corazón. Ellas lucharon por el futuro de sus hijos, y por ello la Historia les reconocerá en el tiempo, cuando se estudien las páginas tristes de este pasado”.


De alguna forma, se identifica a las mujeres-madres con la fuerza capaz de empujar las transformaciones necesarias que requiere el país. Este ejercicio se acopla perfectamente a un imaginario que la dictadura recupera, respecto de la idea de pueblo, compuesto por huachos (hombres sin madre) y varones pobres moralmente (irrespetuosos, flojos, desidiosos), quienes habrían usurpado el poder para destruir el país, abandonando a sus hijos, sustrayéndoles el futuro, y desprotegiendo a las madres. Esta figura corresponde a la imagen tradicional que la élite criolla sostiene respecto del mundo pobre, que ubica la negligencia parental como explicación del fracaso económico y cultural de un sector de la sociedad. No es la lucha de clases. Son las manzanas podridas.


En este escenario, es posible pensar el ejercicio de la reconstrucción como una tarea fundamentalmente inspirada por una fuerza femenina, a la cual se le pide poner en acción los atributos que el patriarcado les ha asignado, es decir, la paciencia, el apoyo incondicional y el orden de lo cotidiano y familiar.


Cuidado: Ursulinas reconstruyendo


No parece tan sorprendente entonces que el colegio en el que Francisca se educó haya participado activamente en la campaña de reconstrucción nacional, ni que haya entregado como instrucción a cada curso el tener una alcancía para que las alumnas pudieran depositar una contribución monetaria a tan noble causa. Este mandato tiene, sobre todo, una finalidad ideológica más que económica: es una señal a los adultos respecto de la posición del establecimiento ante los acontecimientos que el país estaba viviendo. Y dicha posición debería haber sido intuida por los apoderados.


El colegio Santa Úrsula, en Vitacura, fundado por religiosas alemanas de la Orden de Santa Úrsula en 1952, albergó desde sus inicios a niñas y jóvenes de clase alta, o al menos hijas de profesionales cuya aspiración fue entregar a su descendencia mejores condiciones para sostener una movilidad social ascendente. La misma congregación creó un poco más tarde un colegio de características similares, pero en la comuna de Maipú, con la finalidad de generar en ese barrio una obra social a través de la educación de los sectores más desfavorecidos. Sin embargo, esta misión se desarrolló en forma paralela y nunca de manera conjunta con las estudiantes que se encontraban en el colegio de Vitacura.


Francisca era parte de ese colegio en uno de los sectores más acomodados de la ciudad. En varias partes de su diario refiere el papel político de las religiosas y registra la participación de las familias, incluyendo la suya. Esa participación, sin embargo, es bastante menos homogénea de lo que puede pensarse, inclusive en algunos casos en relativo conflicto con la posición de las religiosas, como efecto natural de la polarización del país.


La posición del colegio es clara y el compromiso que sostuvo con la Junta Militar se manifestó al menos en dos niveles. Un nivel corresponde al trabajo pedagógico, y sobre todo moral, al sostener la tesis de la salvación de Chile y calificar como inmorales las acciones políticas y económicas de la Unidad Popular. Otro nivel dice relación con la coordinación de acciones de voluntariado en tareas que fueron dictaminadas por la política de cultura de la Junta, en las que como señala Luis Hernán Errázuriz (2009), la limpieza de las calles y el blanqueamiento de la ciudad se transformó en una forma simbólica de representar el cambio y el nuevo orden que se buscaba instalar.


La participación y el compromiso de los establecimientos escolares de los sectores medio-altos se pueden observar con inconfundible nitidez a través de las páginas del diario de Francisca, lo que permite nuevamente preguntarse sobre las diversas formas de complicidad en las que la ciudadanía incurrió en función de un deseo inconfesable de que las cosas volvieran a un momento previo a la Unidad Popular. Ese momento en que las cosas eran como eran y los lugares sociales no estaban conmoviéndose y eran seguros, quizás injustos, pero seguros. De esta forma, la campaña de reconstrucción nacional permite vehiculizar ese modo de asentir en silencio y así comprometer —en todos los sentidos de la palabra— a quienes de algún modo, sin decirlo, aplaudieron las acciones del ejército, aun cuando esto haya sido solo en los primeros momentos.


La reconstrucción nacional y la vergüenza


La reconstrucción nacional, además de ser un mecanismo para generar complicidades, fue una operación económica. Es un discurso que permite comprometer a la población civil y a la par gestionar recursos de las grandes empresas del país, las cuales entregan donativos cuyo destino era reservado. El 20 de septiembre de 1973 se supo que dicho fondo —orientado específicamente a la donación de dinero en efectivo y joyas—estaba exento de impuestos, de trámite de insinuación, y que incluso era posible rebajar con él la renta imponible (decreto de Ley 45). Los depósitos serían destinados a rentas generales de la nación y nunca se supo su destino final.


El Mercurio publica el 2 de octubre de 1973 este sugerente anuncio: “Comprométase con Chile. Comprométase con la Patria, llevando su aporte, cualquiera que este sea, a todos los bancos del país. Contribuya a la restauración nacional, ayudando a financiar la Caja Fiscal para dar prosperidad a todos los chilenos”. A cambio de los donativos, los participantes recibían argollas de cobre o un pequeño prendedor en forma de flor; también diplomas a través de los cuales se certificaba la participación en dicho proceso.


¿Qué pasó con el dinero de la reconstrucción? Como muchos otros temas vinculados a la actividad económica de la Junta Militar, es algo sobre lo que aún queda mucho por investigar. De acuerdo a Ciper, en el 2016 los ingresos totales de Pinochet, entre 1973 y 2003, ascienden a más de US$21,3 millones y el 84% de esa cifra no tiene justificación: US$17,9 millones.


Mientras que las investigaciones periodísticas y judiciales se centraban en explorar las dimensiones políticas y traumáticas de la dictadura —asignando un valor a las prácticas de exterminio y nominando el sufrimiento inconmensurable de la desaparición forzada, la tortura y el exilio— en el país seguía existiendo una importante tensión entre partidarios y detractores de la figura de Pinochet y el ejército. La detención de Pinochet en Londres en 1998 permite hacer denso y material este escenario. Quienes defendían/agradecían a la dictadura por sus acciones se enfrentaron de manera brutal, en las calles de Londres y de Santiago, con quienes denunciaban a asesinos y torturadores.


No fue la magnitud de la violencia, ni el relato de las víctimas, ni los registros cada vez más completos de la cantidad de afectados lo que permitió a los partidarios de la dictadura conocer la vergüenza. La vergüenza para estos otros —los defensores de la dictadura— llegó después, cuando se abrieron las cuentas personales de la familia Pinochet. Esa vergüenza que Vincent de Gaulejac en este mismo libro supone más fácil de encontrar “del lado de los verdugos”, e incluso en las víctimas, y que, sin embargo, aquí aparece del lado de los que se consideran cómplices, marcando la transmutación de las posiciones de poder, de poderoso a estúpido, de protegido a estafado, de victimario a víctima, aunque sea de un engaño.


La deshumanización de la derecha queda así expuesta de una manera paradojal e intolerable. Esto es especialmente interesante de observar: pareciera que el juicio que se levantaba sobre Pinochet y sus cómplices debido a la crueldad con la que actuaron en la implantación de un régimen de orden y limpieza era un juicio al que se podía responder desde la interpretación de considerarlo un buen y humilde soldado defensor de la patria, dispuesto a hacer tareas en extremo impensadas pero por un bien mayor: la reconstrucción de una nación. En cambio, el sentido de la realidad es muy diferente cuando se constata la figura de ladrón, un hombre preso por la ambición y cuyas arcas se llenaron de dinero aprovechando el lugar de poder que la propia derecha le otorgó. Es decir, Pinochet le roba no solo a Chile, sino que sobre todo a esas familias que cedieron sus recursos (morales y monetarios) manteniendo y protegiendo sus privilegios.


El diario de Francisca nos muestra esa complicidad secreta, esas acciones de las que no se habla, esa historia que se mantiene oculta, precisamente porque es tremendamente vergonzosa. Porque algo hay en esa transacción, en esa donación, que se cedió y que no volvió, algo tremendamente mundano y sucio que profana el rito sagrado que Francisca describe en su diario, esa misa preciosa, ahora vista casi como una comedia grotesca que en su exageración nos muestra el beneficio realizado a un dictador que se enriquece mientras las familias pudientes rezan agradecidas porque todo volverá a ser igual.


El diario de Francisca. 11 de septiembre de 1973

Patricia Castillo y Alejandra González

Hueders, 2019


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