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Reptil [pieza del nuevo libro Avidez, de Lina Meruane]

Dicen que desde la incubadora emití un siseo que inquietó a la enfermera.


Dicen que al intentar sacarme, sintió el frío de una lengua prensil atrapando uno de sus dedos.


Dicen que llegó asustada a la habitación donde debía entregarme: rugosa y paticorta, yo había reptado hasta el cuello bordado de su delantal y arrancado un trocito de tela.


Dicen que mi madre no quiso amamantarme: mi lengua le gastaba el pezón. Eso dicen: que yo la hacía sangrar, que la dejaba malherida, que la lija en mi boca agrietaba y deshacía los chupetes de goma.


Dicen tantas cosas, mi madre, mi otra madre. Que todo era efecto de la radiación a la que habíamos sido expuestas, ellas y yo. Que no éramos las únicas, que había otros niños sorprendentes, otras niñas raras que no se curaban de su rareza.


Dicen, por aclarar, que yo no era una niña hambrienta. Era otra cosa, la mía; era que mi lengua se activaba ante el más mínimo roce con otra piel, con fundas, mantas, bolsas de plástico o la cáscara de un huevo, o ante la cercanía de un juguete cualquiera, un trencito metálico, una muñeca, un osito de peluche que también destruiría con mi lengua.


Dicen mis madres que a los doce yo había pulido uno a uno los muebles de mi habitación: desnudé mi cama de su pintura blanca y el secreter de su oscuro barniz pero me abstuve, obediente, de las escaleras que tenía prohibidas. Pronto descubrí que las maderas no sabían todas igual: eran blandas y sabrosas las molduras de cedro en tanto el roble de la estantería era desolador. Aprendí a vomitar los aglomerados que mi saliva degradaba porque la cola irritaba mis papilas.


Dicen que no trataron los males que mi lengua cogía en su impetuoso recorrido, a ver si espabilaba y me portaba como niña. Porque mi conducta estaba lejos de ser humana, dicen, levantando las cejas una, tosiendo secamente la otra. Y no, no me mandarían a la escuela mientras yo me las diera de reptil. Pero yo quería tanto salir de esa casa de persianas bajas a las que nunca venía nadie de visita. Quería tanto ir a la escuela en días de sol, reposar sobre una piedra con otras niñas alrededor. Eso me decía sin decirlo escuchándolas debatir. Que si prometía no arremeter contra los pupitres. Que si me dejaría tentar por la pizarra. Que si nos denunciarían por las sillas cojas que causaban accidentes. Que si sembraría el terror en la sala de clases. Una empezaba susurrando su pregunta y la otra la terminaba levantando la voz.


Dicen asimismo que si reprendían mis modos reptilianos yo corría hacia mi pieza y me tiraba sobre el colchón raído y las sábanas rajadas que ellas ya no remendaban, y me entregaba a un berrinche que ellas no atendían: sospechaban que quería obligarlas a arrastrarse y pedir perdón. Dicen que una vez lloré por horas hasta sucumbir a una fiebre que me quemó el rostro e hizo arder mis orejas, y que en vez de dormirme derrotada por la temperatura vi la forma de vengarme de ellas. Áspera y enhiesta, mi lengua insomne se levantó hacia la fresca pared de las horas nocturnas y halló el borde del papel aflojado por la lluvia. Se introdujo ahí, salivando, profusa, y fue descascarando la pared, descubriendo las escamas del empapelado anterior. Era papel sobre papel sobre papel lo que fue pelando mi lengua hasta acariciar la piel del muro. Su calcio primitivo.


Dicen que desesperaron al encontrar las paredes desnudas, a la mañana siguiente. Que sintieron un odioso desasosiego al verme dormida pero sonriendo, los labios colorados, cuarteados por la destrucción. Dicen que en el más atroz de los silencios levantaron las pilas de papel como si fuera la membrana de una serpiente y barrieron las migas del pegamento y luego enderezaron, sujeto todavía al clavito de la pared, el opacado óvalo del espejo. Y dicen que salieron al jardín y discutieron qué hacer. Si poner un candado entre mis muelas (mi madre conocía ese dispositivo para adelgazar, pero la otra presintió que yo arrasaría con él) o si llevarme a un cirujano para que rebanara mi lengua de una vez, la lengua de su prolongado sufrimiento. (Pero dicen que mi madre se negó citando el cuento del dentista que, tras arrancarle la lengua a su enemigo, veía brotar del muñón una infinidad de vertiginosas lengüitas).


Dicen, ahora, que fue mi otra madre quien impuso la idea de mandarme a la escuela, como yo quería, para que fueran otros quienes se ocuparan de mí. Me compraron un jumper azul y una blusa blanca de poliéster y calcetines largos y zapatos negros de charol. Me arreglaron el pelo en un moño alto y me atravesaron aritos de plata en las orejas. Y me sentaron en la cocina y me dijeron que yo ya era una niña, una mujercita, un ser humano, que incluso era preciosa. Me tomaron una foto para que me viera, pero yo solo me fijé en mis rodillas flacas, asomadas en el ruedo del uniforme. Antes de salir me advirtieron (mi madre sollozaba cubriéndose los labios) que cerrara bien la boca si no quería meterme en problemas. Los problemas en que de inmediato me introduje, dicen, porque me bastó con poner un pie, una pierna, medio cuerpo dentro del aula, me bastó con responder al saludo de la maestra para que mi lengua se mostrara en toda su bífida longitud. La maestra palideció. Unas alumnas chillaron (¡iguana!, ¡lagarta!, ¡serpiente!, ¡demonio radioactivo!), otras corrieron al fondo de la sala y se taparon las orejas, otras arrugaron la nariz e intercambiaron sílabas cortopunzantes entre sí. Escupían y frotaban sus manos.


Dicen (lo insinúa mi madre, mi otra lo corrobora) que esperaron ansiosas esa tarde a que yo regresara. Dicen haberse convencido de que todo había ido bien porque no recibieron ningún llamado de la escuela, ninguna comunicación escrita, ninguna queja mía. Dicen que yo sonreía como encantada, con los labios cerrados, con ojos que sostenían el brillo singular de un oscuro regocijo. Mi madre sorprendida pero acostumbrada a desconfiar, me desnudó de inmediato para cerciorarse de que no trajera moretones bajo el uniforme; y no, no había golpes. No había herida alguna. No había cortes. Me abrazó y me entregó la caja de maquillaje que acababa de comprarme, para celebrar. Se sirvieron una copa de vino, las dos, brindaron las dos, se dispusieron a preparar la cena y por primera vez pusieron un puesto en la mesa para mí. Pero dicen que yo no tenía hambre. Dicen que me fui a la cama temprano y que ellas asimismo se fueron a dormir después de un whisky. Dicen que se abrazaron en la cama aliviadas de haber tomado la decisión correcta. Dicen que en medio de la noche despertaron de súbito las dos, que prendieron la luz a la vez, las dos, que se miraron con una inquietud que pronto fue angustia mientras confirmaban entre ellas que no, no, que esa tarde no habían revisado mi boca, no habían visto mi lengua, no habían oído mi voz.



Pieza del libro de cuentos Avidez

Lina Meruane

Editorial Páginas de Espuma, 2023


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