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Todo es un trabajo, la fantasía y el erotismo también. Donald Winnicott: Sueño, fantaseo y vida. 


Historia de un caso que describe una disociación primaria.


Donald Winnicott (1896-1971) es uno de los psicoanalistas más querido y estudiado de los últimos años. Más aún en Chile. Ello quizás se deba a su modo transparente de escritura y generosa en la transmisión de su saber. Así como también por la habilidad de mantenerse al margen en la disputa política de las asociaciones psicoanalíticas que llevan poco menos de un siglo en conflicto por razones, se diría, más bien geográficas: escuela inglesa, francesa y norteamericana. 

 

En mi opinión, una de las cosas más destacadas de Winnicott es la profundidad de su propuesta teórica sobre la psicogénesis, es decir, el proceso de desarrollo psicológico de un individuo desde el nacimiento, enfocándose en la formación de la personalidad y el funcionamiento emocional. Por ejemplo, el concepto de "sentimiento de continuidad de existencia" es casi poético. Se trata de conservar, durante el periodo más frágil de la vida humana después del nacimiento, la sensación omnipotente de no necesitar nada del Otro. De hecho, para Winnicott, la madre, en su estado de fusión, no existe como otro para el bebé, y cada vez que aparece se percibe como una interrupción en la continuidad de la existencia; es decir, si la madre debe aparecer es porque el bebé siente que su vida está en peligro.

 

Posteriormente, a medida que el aparato perceptivo del ser humano se perfecciona y el cuerpo, siempre ajeno, comienza a apropiarse, se inicia la etapa de la presentación de objetos y, con ello, la creación de un espacio transicional que permite tolerar la distancia, idealmente cada vez más grande, entre el cuerpo de la madre y el del bebé. Esto no es algo difícil de observar: cuando un bebé llega cerca de nosotros, natural o instintivamente lo cargamos y le mostramos cosas del mundo como juguetes, cucharas, plantas, flores, etc. No es que estemos realmente enseñándoles algo a los bebés, sino que estamos ganando tiempo, poniendo "cosas" entre la madre y él/ella. Este proceso permitirá establecer las bases para la posibilidad de jugar con las cosas internas y externas: objeto transicional, espacio potencial e identificación proyectiva. Con esto, cada individuo puede enfrentar la etapa de la integración y diferenciación del self, donde desarrolla una mayor comprensión y aceptación de la propia identidad, así como de la autonomía y la individualidad de los demás. En resumen, puede jugar con su historia y la de los demás.

 

En esta ocasión, Freudianos presenta un texto de Donald Winnicott, recién traducido por el equipo de Editorial Pólvora. Este equipo lidera en Chile el proyecto de traducción de las obras completas de Winnicott, de las cuales ya se encuentran disponibles en librería tres tomos.


Este es un texto de una importancia radical para el momento. Aunque justamente no tiene que ver con la psicogénesis, sino con la psicopatología. Se llama “Sueño, fantaseo y vida. Historia de un caso que describe una disociación primaria”. Es un texto que profundiza en la diferencia entre fantasía y fantaseo, ubicando la fantasía/sueño/vida en el lado del erotismo y el fantaseo en el de la masturbación/disociación/muerte.

 

 

La pérdida del deseo

 

Resulta que vivimos tiempos de "the sex recession". Me encontré con ese término en el libro de Luigi Zoja "La pérdida del deseo". Me pareció genial porque es una expresión que hace juego con "the great recession" del 2008, lo que propone pensar el comportamiento sexual de los individuos con los mismos términos que se utilizan en la economía y, por ende, nos autoriza a pensar/escribir con propiedad respecto al trabajo que supone la sexualidad y el placer.


Parece que en los estudios contemporáneos, "la gente" (europea y norteamericana, que son “la  gente” que suele ser mencionadas en estos estudios), prefiere la masturbación al sexo/la soltería a la pareja. Esto puede tener muchas explicaciones, aunque ninguna suena muy satisfactoria o concluyente. El individualismo, el neoliberalismo, el consumismo, etc., todos ismos que buscan explicar que los seres humanos parecen estar cada vez menos concernidos por encontrar el placer con otros. Del amor ni hablar.

 

Una de las cosas curiosas asociadas a esta pregunta tiene que ver con la forma en que la gente utiliza las tecnologías de citas (la herramienta). Al parecer, ya en 2014 en EEUU, cada persona destinaba al menos una hora y media diaria a la aplicación. Según Zoja, los datos oficiales muestran que de 100 swipes (deslizamientos) solo se llega a 1,63 match (coincidencias) y que este no necesariamente se concreta en un encuentro sexual. Los estudios indican que la probabilidad de que una mujer tenga una relación sexual que conduzca a un orgasmo a través de una plataforma es del 11%, mientras que mediante una relación con alguien que conoce por otro medio es del 67%. Eso es lo que dicen los estudios. Como todo estudio cuantitativo dice poco sobre la experiencia. Localiza la cuestión del sexo y el deseo en aquello que puede medir: frecuencia. Sin embargo, los psicoanalistas sabemos que el sexo es una de las cosas que los seres humanos suelen hacer con su energía libidinal, que no es para nada algo simple. ¿En qué gastarán hoy por hoy la energía libidinal los abstinentes?


Estas preguntas me parecen esenciales para leer algunas cosas respecto a la cuestión del trabajo de la fantasía y su distinción con el fantaseo, tal como lo aborda Winnicott

 

 

El fantaseo no tiene valor poético.

 

Winnicott distingue en este texto el fantaseo de la vivencia real, enfatizando que “soñar y vivir son del mismo orden”, mientras que “el fantaseo se mantiene como un fenómeno aislado, que absorbe energía, pero no contribuye ni al sueño ni a la vida”:

 

“La paciente puede sentarse en su habitación y, mientras no hace nada en absoluto, excepto respirar, ha pintado un óleo (en su fantaseo), o ha hecho una contribución interesante en su trabajo, o ha ido a dar un paseo por el campo; pero desde el punto de vista del observador no ha ocurrido nada en absoluto”.

 

Winnicott atribuye el fantaseo a la disociación, un mecanismo de defensa primario que consiste en escindir lo bueno y lo malo de una determinada situación u objeto, refugiándose en lo bueno y sintiendo amenaza y persecución por lo que se considera malo. Esta disociación, en el caso que comenta, se vería “reforzada por una serie de frustraciones significativas en las que sus intentos de ser una persona completa por derecho propio no tuvieron éxito”. El fantaseo de la paciente es una forma de sustraerse de la espera y el trabajo que supone obtener satisfacción. Al contrario, ella obtiene satisfacción viviendo la acción en la imaginación hasta el punto de confundir lo que fantasea con lo que ocurrió en realidad.

 

Winnicott le indica a su paciente que el fantaseo no tiene valor poético y, por otro lado, que la fantasía, los sueños y la vida sí lo tendrían, ya que en ellos se despliegan capa sobre capa de significados del pasado, el presente y el futuro; lo interior y lo exterior. Esto es interesante porque quiere decir que para Winnicott lo que tiene valor poético es aquello que conjuga tiempos y topologías en movimiento.

 

 

Un mundo de fantaseadores trabajólicos

 

La sexualidad humana es perversa, decía Freud, es decir, no se corresponde con la meta de la reproducción; es otra versión. La búsqueda del placer es justamente eso, una búsqueda, un trabajo, y ese trabajo se debe esencialmente a la capacidad de cada quien y de cada sociedad de hacer algo con la fantasía. Una sociedad masturbatoria o con una “Sex Recession” es el resultado de una sociedad que universaliza la escisión y se refugia en el fantaseo del porno porque precisamente esa salida no da ningún trabajo. Una sociedad del trabajo enajenado. Desear, dar placer, amar, filiar son acciones que suponen investir, contornear el vacío y abrazar al otro aunque sea temporalmente. Supone, a su vez, abrazar el cuerpo propio como si fuera ajeno y sostener la fantasía que permite que ese juego “hidráulico” sea placentero. Nadie sabe con quién tiene sexo cuando se tiene sexo, pero al acuerdo tácito de no desarmar la fantasía del otro le llamamos intimidad. Y eso es lo que se ha perdido.

 

Yo diría que el problema no es cuánto sexo tenga realmente la gente de hoy, sino más bien la ausencia de un "nosotros" y la falta de aceptación alegre del trabajo que construir eso supone. Porque no todo trabajo es alienado, eso es lo que se nos olvida. Hasta obtener placer con el otro cansa; por eso, el mercado les ofrece "satisfier" o como se llame, es más higiénico y así al otro día pueden seguir destinando toda su energía a la productividad del capitalismo. ¡Qué mejor! Un mundo de fantaseadores trabajólicos.

 

Los invito a leer a Donald Winnicott, ya que este texto indudablemente aborda la trampa de la actualidad y, más que simplemente sentirla, es necesario pensarla.

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Publicado originalmente en “Playing and Reality” (pp. 26- 37). Londres: Tavistock, 1971.



 

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