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Vicente Luis Mora: “El autodidacta no acepta la posibilidad de fallar”



Vicente Luis Mora (Córdoba, España, 1970) estudió Derecho y se doctoró en Literatura Española Contemporánea. Ha sido profesor invitado en las Universidades de Brown (Estados Unidos) y Estocolmo (Suecia) y dirigió los centros del Instituto Cervantes en Albuquerque (Estados Unidos) y Marrakech (Marruecos).

Publicó los ensayos El sujeto boscoso (Iberoamericana Vervuert, 2016, I Premio de Investigación Ángel González de la Universidad de Oviedo), La huida de la imaginación (Pre-Textos, 2019, Premio Celia Amorós de Ensayo), La literatura egódica (Universidad de Valladolid, 2013) y El lectoespectador (Seix Barral, 2012), entre otros.

Como autor de ficción, sus últimos libros son las novelas Circular 22 (Galaxia Gutenberg, 2022, Premio Nollegiu al libro del año de narrativa de 2022), Centroeuropa (Galaxia Gutenberg, 2020) y Fred Cabeza de Vaca (Sexto Piso, 2017). Además escribió los libros de poemas Mester de cibervía (Pre-Textos, 2000), Mecánica (Hiperión, 2021) y Serie (Pre-Textos, 2015).


En una entrevista con Barbarie, Mora sostuvo que “(…) la historia de la literatura (tanto de la colectiva como de las individuales) se escribe como un ciclo de involuciones y regresiones, y la escritura literaria solo avanza cuando el ciclo de evolución o innovaciones es más poderoso durante un tiempo que el movimiento reaccionario que le sucede”. Para este escritor español, que alguna vez confesó ser un guitarrista frustrado, lo mismo ocurre en otros órdenes de la vida. ¿Se avanza y se retrocede, se avanza y se retrocede hasta que cierta mirada sobre el mundo o cierta forma de expresión o cierto orden social se asienta en detrimento de otros? “Creo que la mayoría de las cuestiones humanas funcionan de esta manera”, sugiere.


A continuación, una conversación en la que repasamos su obra y buceamos en algunas de las razones detrás de su escritura:


Estudiaste Derecho y luego te doctoraste en Literatura Española Contemporánea. ¿Trabajaste como abogado? ¿Cómo fue ese pasaje de un ámbito a otro? Supongo que la literatura ya era algo que te interesaba desde antes, ¿no?

Por fortuna para mis posibles clientes, nunca llegué a ejercer como abogado: mi intención era ser juez y lo único que conseguí fue perder demasiados años estudiando. A cambio solo obtuve una cabeza bien amueblada -el derecho otorga cierto sentido común y una mirada muy pragmática sobre la vida, a poco que uno esté despierto mientras estudia- y una capacidad para memorizar muy útil para la crítica literaria. No fue necesario “cambiar” el derecho por la literatura porque los libros llegaron mucho antes que el derecho: siempre me recuerdo leyendo, desde pequeño. Pero ese no es un mérito mío, sino de mis padres. Verlos con libros en las manos de continuo me animó a hacerlo a mí también.


Si no me equivoco, tu primer libro publicado fue Construcción, un volumen de poesía. ¿Esa fue tu primera obra que escribiste o hubo otras antes que no se publicaron? ¿Cómo empezaste a escribir y qué?

No, técnicamente mi primer libro fue Mester de cibervía (2000), aunque en los años anteriores edité varios pliegos poéticos, de calidad irregular. Desde pequeño supe que iba a escribir, e incluso esbocé algunas tentativas infantiles y juveniles, pero los clásicos me imponían mucho respeto y era consciente de que necesitaría un largo periodo de lecturas y aprendizaje antes de lanzarme a escribir en serio. Por eso tardé treinta años en firmar un libro que aún sigo considerando mío, el Mester, pese a sus defectos.


Definís tu último libro, Circular 22, como un “work in progress”. ¿Me contás cómo es eso? ¿Cuándo empezaste? ¿Podríamos decir que Circular es un libro abierto, más allá de que ya se haya publicado? ¿Se te ocurre que podría seguir transformándose en otra cosa y que en algún momento, en una nueva edición, Circular 22 podría conferirse en un libro nuevo?

La idea de Circular 22 se me ocurrió durante un viaje a Madrid en el año 1994, pero no comencé a escribirlo hasta octubre de 1997, porque era consciente de que una idea tan compleja como esa requería por mi parte de una formación más amplia y completa (en literatura soy autodidacta, pero creo que un autodidacta bastante serio y sistemático). La idea inicial era escribir Madrid agotadoramente, calle por calle y plaza por plaza, inventando una o varias historias en cada lugar. Con el tiempo esa ambición se ensanchó hasta el propósito absurdo de escribir todo el planeta. Desde 1997 y durante veinticinco años he ido escribiendo el libro, en el marco de una vasta obra en marcha que ha tenido dos entregas parciales y una total, la última de 2022 publicada en Galaxia Gutenberg.

Y respecto a lo que dices de la estructura, la circulación de los asuntos y la resonancia de unas piezas sobre otras, así como la estructura discontinua del libro, la convierten en lo que se llamaba hace tiempo una “obra abierta”, contraria a cualquier idea de clausura. Releer el libro, por ejemplo, abre pistas de comprensión no apreciadas la primera vez. En realidad, no le he dado fin a Circular 22, simplemente he dejado de alimentarlo: de haberlo continuado, su tendencia no sería al crecimiento, sino al engorde.


Escribiste en Twitter que Circular 22 “se plantea el mundo como género literario” y que “intenta responder a la pregunta de si es posible escribir un libro que toque temas duros de forma amena para el lector”. ¿Es posible?

Lo que digo exactamente, porque la frase continúa en el segundo tuit del hilo, es: “Circular 22 intenta responder a la pregunta de si es posible escribir un libro que toque temas duros o espinosos (pobreza, geopolítica, enfermedad, desahucios, precariedad, despidos, diferencias sociales), y otros más leves, de forma dinámica y tensionada”. Y creo que sí, que es posible, basta con darle vueltas a las formas durante años para que las ideas encajen con (falsa) naturalidad.


La experimentación y la hibridación son dos temas que te interesan particularmente. Hay escritores que opinan que son modas y, sin embargo, se puede pensar la literatura como un ejercicio de experimentación e hibridación desde sus inicios. ¿Qué cambió? ¿Qué hace de la hibridación un género (si es que puede considerarse un género en sí mismo) que marida cómodamente con el mundo en que vivimos? ¿Qué papel juegan las nuevas tecnologías en estas tramas discursivas?

He dedicado varios libros a estas cuestiones, y cualquier respuesta resumida necesariamente parecerá superficial. Pero, por intentar responder siquiera parcialmente la pregunta, creo que pensar en la historia de la literatura como una historia de la experimentación es desconocerla; pensarla sin ella, también. Como he explicado en un artículo reciente, la historia de la literatura (tanto de la colectiva como de las individuales) se escribe como un ciclo de involuciones y regresiones, y la escritura literaria solo avanza cuando el ciclo de evolución o innovaciones es más poderoso durante un tiempo que el movimiento reaccionario que le sucede. Creo que la mayoría de las cuestiones humanas funcionan de esta manera.

Por supuesto que ha existido hibridación antes, pero la hibridez es una de las muchas herramientas que manejo, ni siquiera creo que sea la más importante. Tampoco soy la primera persona que aprovecha recursos científicos, tecnológicos, filosóficos y artísticos. Pero creo haber dado con algunas formas que no existían; será la crítica la que decida si eso es así o no, y hasta qué punto son innovadoras, o no, esas aportaciones.


En La huida de la imaginación defendés la ficción imaginativa. ¿A qué fenómenos sociales atribuís el giro autobiográfico y documental? ¿Se puede vincular esta huida con la cancelación cultural, con el moralismo, con cierto temor a hablar de algunos temas o a imaginar mundos incómodos, antipáticos, antipopulares?

En La huida de la imaginación y en otro libro anterior, La literatura egódica, se apuntan algunas posibles causas: el giro exhibicionista, egótico y narcisista de la sociedad occidental, el “photo-call del precariado” que suponen las redes sociales, el descubrimiento editorial de réditos económicos en la literatura autobiográfica, la facilidad de escribir sobre uno mismo frente a la dificultad de inventar vidas y personajes a partir de la imaginación, etcétera. Un sociólogo quizás respondería mejor a la pregunta que yo, pero creo detectar algunos síntomas preocupantes: disolución de la dificultad, alivio de la complejidad y pensar que los lectores son idiotas y que se conformarán con cualquier cosa.


Encuentro en Centroeuropa dos particularidades sobre las que me interesa preguntarte. La primera es la inclusión de las matemáticas en la trama. La segunda, un lenguaje que se adapta a dos épocas: la actual y aquella en la que transcurre la historia. ¿Cómo trabajaste estas cuestiones?

Si observamos los distintos capítulos de Centroeuropa, nos daremos cuenta de que cada uno es exactamente el doble de extenso que el anterior. Esta métrica tiene varios sentidos. En un momento del capítulo sexto, se habla de las pautas numéricas del modelo, que está construido more geométrico (a la manera de los geómatras), pero no en un sentido metafísico como el de Spinoza, sino en un sentido cualitativo, relacionado con la expansión narrativa y la expansión de territorios. Pensé que una forma de reflejar esa querencia de reyes y emperadores por duplicar sus dominios podría ser diseñar una construcción matemática que afectara a toda la obra. ¿Con eso qué se consigue? Pues ni más ni menos que trabajar con la novela como si fuera un poema, una suerte de sextina o soneto de 184 páginas. Me obligué a trabajar a partir de una pauta serial de unidades narrativas, que no son fragmentos exactamente, en la que los números encajaran. Esto complica endiabladamente las cosas, porque las frases están medidas hasta la extenuación, ya que no puede haber una palabra fuera de su sitio. Es como si trabajara con una métrica poética clásica sin rima, pero con ritmo. Por eso en Centroeuropa todo suena muy natural, pero esa naturalidad es consecuencia del artificio.


¿Cómo es Vicente, el lector? ¿Qué buscás cuando leés?

Complejidad verbal, estilística y estructural, belleza insospechada (que puede ser bien fea, claro, no utilizo el término en el sentido clásico), inteligencia, visión propia del mundo e intensidad conceptual.


¿Se puede aprender a escribir? ¿Y a leer?

Hay que precisar: nadie puede enseñarte a tener talento, lo tienes o no. Es así de duro, pero a nadie parece costarle reconocer el talento de chefs, velocistas, arquitectas o cirujanos. En literatura, como todos sabemos escribir (esto lo dijo Karl Kraus), cualquiera se cree capaz de escribir como los mejores. No, eso es imposible. Solo podrás hacerlo si eres de los mejores, no hay más.

Lo que sí se puede enseñar es a perfeccionar el poco o mucho talento que uno tenga, y se perfecciona enseñando, precisamente, a leer. Sobre todo, a estudiar las mejores obras y explicar -esto es lo difícil- por qué lo son. Ahí se puede aprender una barbaridad, sobre todo si hay un programa bien planteado y una persona al frente con criterio y conocimiento. ¿Pueden adocenar los talleres, grados y másteres de escritura creativa? Sí, pero también adocena y limita el autodidactismo, a menos que tengas un profundo sentido de la autocrítica (rara avis entre las gentes de la literatura). Más vale contar con otras voces, incluso si están equivocadas, que contar solo con la tuya. Lo sé por experiencia: mi orgullo me impidió ver mis errores durante largos años, por no contar con profesores que me los señalasen. Desde mi ignorancia, siempre se equivocaban los críticos reacios y acertaban quienes me elogiaban, porque el autodidacta no acepta la posibilidad de fallar. Mi taller fueron las personas que reseñaron mis libros, a quienes aprendí a valorar y a agradecer su trabajo. Ahora, con la edad, me doy cuenta de que mis primeros libros están llenos de defectos, pero cuando los publiqué no tenían ninguno a mis ojos. Por eso soy muy cauto con las obras que publico ahora: sospecho que son mejores, por lo que he aprendido durante el camino, pero no lo sabré con certeza hasta dentro de veinte años.


Dos o tres títulos que estés leyendo y te gustaría recomendar.

Lodo o cualquier otro libro de Begoña Méndez; El mar hospital es el mar aeropuerto, de Mariano Peyrou, y la ciencia-ficción de Ursula K. Leguin, en la que acabo de internarme.



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