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Adiós Matías

Cuando conozco a un joven que escribe bien, y además declara que le importa un comino la literatura, su promesa de estatus y ni siquiera piensa en publicar, me cae bien de inmediato, incluso después de eso leo su anónima obra con el doble de interés. Me pasa totalmente lo contrario con los deportistas. Me da rabia que Matías Fernández no haya llegado más lejos, siento profundamente el desperdicio que sufrió su talento.


En el fútbol disfruto el triunfo y detesto la derrota como en ninguna otras áreas de mi vida, con pasión y hasta furia. Mi vida, donde siempre enfrento con indolencia y ridiculez casi cualquier promesa de éxito, con el fútbol se transforma y hasta antagoniza con mis áreas culturales.

Al parecer debemos tener una chimenea por donde darle tiraje al fuego de la pulsión por el éxito. En mi caso, por suerte, tan desagradable pulsión se resuelve en un escenario propicio para ello, el deporte, donde el ganador debe ser indiscutible.

Claudio Borghi confirma en una entrevista, lo que yo había pensando sobre Matías Fernández:

“Desde que se convirtió en evangélico decidió quedarse con lo que había logrado”


Es curioso que el cristianismo "verdadero" y "activo" (no la fe artificial y ambigua que cualquiera pueda tener) quita el hambre de mundo, y este sería perjudicial para el deportista.

Arturo Vidal, por ejemplo, sube todos los días vídeos de su doble jornada de entrenamiento, sueña todas las noches con el día que llegue la venganza frente a los que hoy lo están criticando y derribarlos sin piedad. Vidal es el antiguo Testamento: Colérico, celoso, violento, ambicioso. Matías Fernández es el evangelio. Resentido, despreciándose a sí mismo como ordena San Pablo. No entiende ya el sentido de la victoria. El objetivo de los antiguos israelitas era vencer al mundo, imponer su nación santa. La biblia antigua es un mundial de fútbol. El objetivo de los nuevos gentiles tras la llegada de Cristo, es vencerse a sí mismo. Vivir tranquilos en la liga mexicana.


Leo un reportaje a Matías Fernández y su conversión cristiana.


"A fines de 2006 (elegido mejor jugador de América y contratado por el Villareal) , el volante se acercó al Sifup en busca de una asesoría legal y ahí Carlos Soto y Julio Pastén le mostraron el camino de la fe que terminaría marcando su vida"

Fue el momento que salvó su alma y arruinó su carrera. El deporte necesita democracia y guerra a la vez. Democracia porque los deportes se compiten entre iguales. Los antiguos estados orientales no se rebajaban a competir entre súbditos. Pero también se necesita ese impulso a la guerra que desafiaba a sus hombres a medirse constantemente en el poder. Nietzsche dice que la envidia de Rafael hacia Leonardo lo hace convertirse en un artista. Arquetipos de Aquiles y Héctor. Maradona y Pele. Messi y Ronaldo. La envidia, la guerra por el laurel del individuo y no por Dios, se aleja de la biblia pero gana campeonatos.


En el 2013 la selección del Tíbet pierde 22 a 0 contra Provenza. Brasil le hace 50 goles. En el Buda no hay competencia.

Los griegos poseían ambos instintos. La igualdad y el agon. La competividad. La religión cristiana, por el contrario, se organiza simbólicamente desde la monarquía y la sumisión. Jesús no es un humilde carpintero, que esa es su fachada, efectivamente es un rey, pero no compite, reina. El que patea el penal y el arquero que intenta taparlo, se persignan. Por ese dilema asistencial es que Jesús no va al estadio.

Pedro tiene un trabajo pero también una pasión, ser pescador, esos oficios como el fútbol que marcan la vida de sus practicantes. Lo mantiene hasta que conoce a Jesús que le pide que abandone todo. Los grandes futbolistas no saben ni quieren hacer otra cosa que ganar, pueden creer pero no seguir. Ronaldo invita a sus compañeros a entrenar a las nueve de la noche, mientras estos asombrados de tal invitación van a comer con sus mujeres. Messi se queda solo pateando tiros libres cuando sus compañeros ya se han duchado. Vidal sale a correr a las cinco de la mañana.

A Borghi le gusta tanto ser campeón del mundo como salir a pescar en el sur. Fracasa. No hay doble nacionalidad para el guerrero.

La respuesta está en Filipenses 2: 3

"No se haga nada por ambición egoísta, pero en la humildad de la mente, permita que cada uno considere a los demás mejor que él mismo”

San Pablo no aprobaría el balón de Oro.


Pero hay algo que dejó Matías como buen pastor de ovejas. Fue el primer penal que pateó en la serie de la copa América contra Argentina. Fue un penal cristiano, perfecto, que abre la senda de fe y esperanza en sus demás compañeros. Muchos dijeron, al ver ese penal de ángulo divino, que en ese momento sintieron, casi como una epifanía celestial, tal como la caída de Pablo en Damasco, que salíamos campeones, los demás penales ya estaban escritos, destinados a la gloria, desde la perfección del primero. La felicidad más grande de la vida futbolística. Toda vida es medio futbolística. Una felicidad extraña, de niño. Lloré. Hay algo de religión en eso.


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