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Amputaciones


Siempre son bienvenidos los ejercicios escriturales cuyos procedimientos expresivos busquen desestabilizar ciertas ideas de raigambre burguesa y conservadora que aún predominan en las obras literarias actuales. De tradición burguesa, por ejemplo, podríamos citar la idea de “voz propia”. Como bien lo expresa Constantino Bértolo, la búsqueda febril de una voz propia responde muchas veces a ese anhelo de diferenciarse, distinguirse en medio de un mar de escrituras que parecieran ser todas iguales. Pues bien, esta voz —una voz que se añade a la que ya existe, en cada individuo particular, por el hecho mismo de ser, en efecto, uno mismo— es un influjo de ese individualismo que fermentó con la burguesía, la que habitualmente persigue la competitividad por diferenciación al lado de otras escrituras. De tradición conservadora, en cambio, podríamos nombrar la persistencia en tramas bien trabajadas, sin contradicciones y desprovistas de fallas, las que lleva a los autores a hiper corregir sus textos, a descartar sus contradicciones y eliminar los pasajes menos legibles, todo en función de algún ideal inexistente sobre los requisitos que debería cumplir una novela aceptable.

 

Por supuesto, existen muy buenas obras cuyos autores poseen una marcada voz propia, con tramas bien estructuradas y personajes bien trabajados. El problema viene cuando se les exige a todas las producciones estas características. ¿Según qué autoridad las escrituras deben cumplir con una lista de supermercado para ser aprobadas en la república de las letras? Así entonces, para no hacer del ejercicio de lectura una actividad conservadora y ahistórica, más que exigir ciertas características o valores “trascendentales” en las obras literarias, podríamos averiguar si lo que propone un texto se condice con lo que hace. Es lo que se llama la materialidad misma del texto, cuyo examen se lleva a cabo considerando el momento histórico y cultural específico de su producción (con sus ideas, tensiones y luchas) y los desplazamientos que genera en cualquier época (exageraciones, mantenimientos, rupturas) tal como cualquier otro producto del trabajo intelectual que una persona puede realizar en su vida cotidiana.

 

He dicho todo esto para descartar ciertos flancos que se podrían abrir al leer Ampliaciones (2023) de Diego Armijo. Al texto no se le puede achacar que los personajes no estén bien trabajados, que la trama por momentos se estanque, que su escritura no sea pulida. No se le puede imputar nada de esto porque, básicamente, no es su propósito. Podríamos asegurar, incluso, que la despreocupación de estos elementos es su objetivo. Hay que buscar, entonces, en otra parte, en otro sitio, que desde mi punto de vista se halla en la estructura que propone el texto, su sintaxis, la voz de quienes hablan en la trama y su diálogo o ruptura con el mundo en el que se inserta.

 

Así las cosas, el primer escollo que salta a la vista es su estructura. Heredera de la poesía concreta de los años 30, la relación que establece entre las palabras, la forma y el espacio no resulta una continuación o reflexión productiva de esas ideas, sino que se observa un leve retroceso de dichas propuestas. Si en la poesía concreta la relación de estos elementos responde a un proceso de reflexión donde las palabras son tomadas en su materialidad misma con el objetivo de entregarnos formas nunca rígidas u obvias, en Ampliaciones esas formas están en varios pasajes preestablecidas, son toscas y predecibles, y por tanto al lector no le queda otra que la pasividad en la formación del sentido. La mesa es una mesa (un bloque rectangular largo), la silla es una silla (un bloque rectangular más pequeño), y lo mismo ocurre con otras de las varias formas que aparecen en la novela. En estos pasajes, la pericia escritural se reduce a simular con la prosa el mobiliario y las estructuras de una casa, pero no pasa de ser una adecuación tosca de los objetos. Afortunadamente, esto no ocurre en todo el texto, pues hay momentos donde logra escapar a esa obviedad formal, particularmente en capítulos como “Cambio de orden por favor” o “Ley del mono”. Sin embargo, en general, las formas están desprovistas de una relación con el vacío (el vacío de la hoja, el espacio en blanco) que permita la participación del lector, llegando incluso a concesionar la pretendida experimentalidad del texto.

 

Hay otra opción, a pesar de todo: que tomemos varios de estos pasajes como poemas por derecho propio. En ese caso, el resultado tampoco es muy favorable. Ya sea en forma de poemas o no, nos encontramos con una solución sintáctica que abusa de la coma y su efecto más rudimentario, para entregarnos una sencilla enumeración de frases simples de rastrear, donde cada sintagma (junto a su correspondiente significado semántico) se añade horizontalmente al sintagma anterior. Es la utilización de la coma en su sentido más elemental. Aquí no hay juego de subordinaciones que haga de la lectura un momento de resonancias y divergencias, un momento donde se nos vuelva desafiante la lectura (precisamente, por no adaptarse a la prosa dominante). Lo que hay, en su lugar, es una tosquedad que se intenta contrabandear por puesta en relieve de la sintaxis. Un ejemplo servirá para ilustrar este hecho: «Este y los individuales, regalo, no nuevo, pero sí de cariño. Donación, traspaso, de una profesora que al Felipe le hizo clases en la básica, entonces ni el cariño nuevo, prolongado, renovándose».

 

Nada de esto sería tan relevante si no estuviera presente, en el fondo, una idea reaccionaria de lo que constituye el uso de la lengua en los sectores populares. A este respecto, es necesario mencionar que en nuestra literatura estas ideas positivistas de la relación entre condiciones materiales de existencia y uso de la lengua han encontrado un refugio seguro que comporta beneficios simbólicos para quienes lo defienden. Estas ideas conservadoras se pueden resumir en lo siguiente: existe una relación directa entre precariedad material de la vida y un uso de la lengua amputado e insuficiente. Son ideas que comenzaron a ser desbaratadas en los años setenta por lingüistas como Michael Alexander Kirkwood Halliday, el iniciador de lo que hoy llamamos la “Lingüística sistémica funcional", pero que sin embargo todavía son reproducidas por el discurso de la dominación. Por eso, no es extraño escuchar una y otra vez opiniones tales como que los flaites hablan mal, que los pobres hablan mal, o que en general los chilenos hablamos mal.

 

Así, independiente de las intenciones que nuestro autor haya tenido a la hora de concebir el texto, lo cierto es que olvida que quienes hablan en su novela son los personajes, no un narrador en tercera persona que cuenta los hechos con relativa distancia o cercanía. Esto es clave: si quienes hablan en Ampliaciones son los mismos personajes involucrados en la trama, cuyas vidas se encuentran precarizadas y marginalizadas por un sistema económico segregador, permear su uso de la lengua con la misma escasez de materiales con las que construyen su hogar (símbolo de una vida con restricciones económicas) es reproducir el discurso dominante, al que ya hemos aludido antes.

 

Muy por el contrario, la cantidad de literatura especializada que demuestra la capacidad creadora (y por tanto rica en sus recursos) del habla popular es tan inmensa como su desconocimiento en el espacio público. Ir en contra de estas ideas conservadoras y positivistas es justamente narrar a contrapelo de lo que estos discursos dominantes quieren instalar, los que sólo llevan agua al molino de quienes piensan que lo popular es principalmente precariedad y pobreza, en todo ámbito y sentido de la vida. Por eso, no deja de ser paradójico que la denominada “novela social”, una de nuestras tradiciones narrativas más fructíferas a lo largo de la historia de Chile, haya mostrado la inmensa capacidad creadora e imaginativa de lo popular y no se haya cerrado a representar lo obvio. En épocas donde la pobreza alcanzaba porcentajes descomunales, autores como Manuel Rojas o González Vera (obra que excede con creces a la “novela social”) fueron capaces de poner en sus páginas a obreros cuyas vidas bullían de experiencias, con capacidad fabuladora e imaginativa para contar historias.

 

El texto de Armijo, muy a su pesar, demuestra que no todo experimento literario logra sus propósitos cuando hace vista gorda de las narrativas ideológicamente dominantes que sostienen el estado de las cosas, o que procede guiado por clichés que no alcanzan el centro de las contradicciones de los discursos instalados. Ahora bien, sería injusto achacarle tanta responsabilidad a un sólo texto. La verdad es que la escuela de la “romantización de la pobreza” es ya una tradición en nuestro país. Es cosa de pasearse un poco por la narrativa nacional y darse cuenta cómo una inmensa cantidad de obras “consagradas” no hacen otra cosa que reproducir lo que se dice siempre de los pobres: que sufren mucho, que no van a la universidad, que todo es carencia. La literatura sociológica, como la llaman algunos. Por eso, es necesario una literatura que encuentre pobreza en la riqueza, riqueza en la pobreza (“Potencia plebeya”, como diría García Linera). Que ponga patas arriba el sentido común y no proceda como funcionario municipal que otorga beneficios sociales. Una literatura, en fin, que vaya a contracorriente de lo que todos ya saben y reproducen, y que por decirse tantas veces se instala como verdad irrefutable en los espacios “culturizados”.



 

 


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