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El acontecimiento, la trama, la historia, la vida

La historia [history] aparece cada vez que ocurre un acontecimiento lo suficientemente importante para iluminar su pasado. Entonces la masa caótica de sucesos pasados emerge como un relato [story] que puede ser contado, porque tiene un comienzo y un final […] “... el propio pasado emerge conjuntamente con el acontecimiento.

Hannah Arendt, “Comprensión y política”, en De la historia a la acción, Barcelona, Paidós, 1995, p. 41.



La historia contemporánea de Chile ¿realmente historia de qué es? “Según el interés, según de donde se mire”, diría un escapista sin posibilidad de escape. Porque la historia contemporánea de Chile es -para el signo político que se elija, para el paradigma historiográfico al que se adscriba, e incluso para cualquier historia familiar- la historia tramada bajo la exigencia de ese acontecimiento que es “el Golpe”. Desde luego esto no quiere decir que haya una sola historia, pero sí que todas están obligadas a “pasar”, como sea (incluso con su omisión), por el Golpe: melancólicamente, reflexivamente, con ira, negando, justificando, etc. O, si se quiere, en una formulación más teórica: el Golpe tiene el poder de convocar todos los tropos posibles del relato.


Lo anterior no nos impide aceptar que muy probablemente el Golpe ya no sea el acontecimiento de las historias de las generaciones más jóvenes, a causa de una suerte de amnesia políticamente inducida, o porque el pasar del tiempo se ha acelerado y, con él, se ha dilatado también la distancia de hitos que para nosotros eran monumentales y aún cercanos (imagino que en algún momento del siglo XX una nueva generación ya no se sintió tocada por la Guerra Civil de 1891). Pero, estando concernidos, no podemos sino narrar, y narrarnos, en torno al acontecimiento.


¿Está todo claro dicho esto? De ninguna manera. Arrastramos aún con lastres ideológicos en buena medida reforzados por las tensiones políticas actuales: habrá que recordar -aunque nos cueste- que, a mediados del 2018, hubo quienes opusieron el Museo de la Memoria a un ideal Museo de la Historia, bajo una dicotomía sacada del más ramplón sentido común: que la memoria está dominada por la emoción, mientras que la historia se guía por la razón.[1]


Debemos asumir entonces que no estamos tan lejos como quisiéramos de unos razonamientos arcaicos y mañosos, que subsiste todavía en el gremio, y en el sentido común de la gente, la opinión de que no es aconsejable -por supuestos motivos epistemológicos- que la historiografía se involucre en el estudio de fenómenos recientes. Como sostuvo el historiador español Julio Aróstegui, los historiadores que se han planteado la tarea de una historia del tiempo presente, han debido también afrontar una serie de prejuicios -disfrazados de principios de método- heredados de la historiografía de tradición positivista o metódico documental: básicamente la afirmación sobre “la imposibilidad de construirla por la falta de documentos, inexistencia de ‘perspectiva temporal’ adecuada e implicación temporal del historiador”[2]. El primero de estos prejuicios dice relación con una concepción del documento reducido a escritura o monumento que pudo ser remediada con la extensión de este concepto por parte de la escuela de los Annales, mientras que los dos últimos tienen que ver con un supuesto básico de la ciencia moderna, pero que en este caso no logra disfrazar su implicancia política, esto es, que todo acto de conocimiento se basa en la división Sujeto/Objeto, lo cual llevado al campo de la historiografía equivale a afirmar que la distancia temporal garantiza la objetividad del saber producido, pero además que éste exige como condición la ruptura del presente (en el que se halla implicado el historiador) con el pasado que estudia.


La doble condición de historiador y testigo era hasta no hace mucho (unos cincuenta años) algo inconcebible, aunque no menos descartable que el recurso a la memoria de los testigos para reconstruir el pasado: “Solo puede reunirse en un cuadro único la totalidad de los acontecimientos pasados con la condición de separarlos de la memoria de los grupos que conservan su recuerdo”, afirmaba Halbwachs en La Mémoire Collective. Extraño convencimiento para quienes –al mismo tiempo– reivindicaban el origen de la disciplina en la obra de Heródoto, “primer historiador” que basó sus Historias nada más que en lo que él vio y escuchó de otros que pudieron ver (lo que hoy pasaría como Historia Reciente). Por motivos que no cabe aquí explicar –pues exigiría profundizar en el pensamiento griego clásico– en sus orígenes la historia nunca podía ser conocimiento del pasado, su límite era la vista, el oído y lo que la memoria lograba de ellos. Era un saber de la aparición (no de la intelección) y fundamentalmente memoria de la Polis. Heródoto es, y no es, nuestro antepasado.


Como bien ha expuesto María Inés Mudrovcic, la filiación memoria-historia de la Grecia Clásica comenzó a ser cuestionada formalmente sólo a mediados del siglo XVIII por Voltaire, para quien la historia ya no era una cuestión de memoria sino de razón. Es esta operación filosófica ilustrada la que está a la base de la fundación de la historia como disciplina[3], lo que se tradujo, en términos inmediatos, en el descarte de la tradición como fuente de pura superstición y fábulas. Como lo ha mostrado François Hartog,[4] fue Fustel de Coulanges (a mediados del s. XIX) quien llevó más lejos la exigencia de que la historia debía ser exclusivamente del pasado, aconsejando –al inicio de La ciudad antigua– “no pensar en nosotros” si queríamos conocer la verdad sobre los pueblos antiguos. La exigencia de que la historia debe ser sobre el pasado “más pasado” es constituyente de la disciplina histórica en la Europa de fines del s. XVIII e inicios del XIX.


El filósofo español Antonio Gómez Ramos, profundizando en los trabajos de Koselleck, ha señalado que: “No es casualidad que sea justo a finales del siglo XVIII cuando empieza a considerarse que el estudio histórico más fiable es el que investiga acontecimientos lejanos en el pasado y cuando los historiadores renuncien a escribir sobre la actualidad o lo reciente… hasta ese entonces habían hecho lo contrario”.[5] Pero ¿por qué?, ¿qué pasó?, ¿por qué no es casualidad? La experiencia moderna de la que surge la historiografía es la del desarraigo entre pasado y presente a causa del impacto de la revolución (política e industrial) y la aceleración del tiempo asociada: el pasado transmisible por las generaciones anteriores, la tradición, poco sirve ya para entender el presente, entonces se rompe la alianza memoria-historia, que había dominado la definición de la historia como magistra vitae, y sólo queda el “conocimiento” científico del pasado, pero ya no “el saber”.


Develadas las ficciones cientifizantes de la historia, a los historiadores no les ha quedado más que asumir un juicio que les rondaba como el tábano socrático: “toda historia es historia contemporánea” (Croce). El presente es el sitio irrenunciable del historiador, es desde allí que interpreta y, pese a cualquier normativa disciplinaria (siempre contingente), no hay remedio alguno. Consciente de todo ello, hoy al historiador e historiadora les cabe la responsabilidad de “hacer una historia objetiva de la subjetividad”, es decir, lo que se impone es definir con claridad ese rol activo que ejerce el historiador –como punto en el que confluyen múltiples líneas de fuerza– en la construcción del conocimiento: empezar, por ejemplo, por asumir esa “instancia ético-política desde la cual un historiador reconstruye un fenómeno”.[6]


La explicitación de este carácter subjetivo del conocimiento histórico (intrínseco, pero negado) es mucho más corriente en los casos en que la historia trata de reconstruir fenómenos de los que hay testigos vivo que todavía guardan memoria, por tanto, hacer historia del tiempo presente casi siempre trae aparejado un “efecto de deslegitimación”, que los defensores de una “ciencia objetiva” difícilmente pueden tolerar: cabe la posibilidad de que un testigo interpele públicamente a un historiador diciendo “eso no fue así”. Podemos plantear estos problemas en los siguientes términos: la historiografía, para ser una disciplina, no sólo tuvo que monopolizar sus métodos, descartando o deslegitimando de paso toda otra vía de acceso al pasado, sino que también ha debido procurarse la exclusividad de ese acceso, es decir, asegurarse de que nadie más que el historiador profesional pueda acceder a una determinada región del pasado. Es precisamente de aquí que arranca esa disposición que ordena una “necesaria distancia de esos hechos aún ardientes” del pasado reciente, o el aún más artificioso argumento que sostiene que es necesario “esperar que concluyan los procesos para poder analizarlos” –pues ya sabemos, con Ricoeur, que “ninguna acción, considerada en sí misma, es un fin, sino en la medida en que, en la historia narrada, concluye el curso de una acción o deshace un nudo”.[7]


Lo que realmente origina estas disposiciones es el hecho de que hay demasiados testigos vivos que guardan memoria de lo que aconteció como para dar fe ciega a historiador alguno y, por lo mismo, los historiadores saben que se adentran en un terreno demasiado movedizo como para arriesgarse a ver cuestionada su autoridad. No por mero azar las llamadas “verdades históricas” se sitúan siempre en un pasado más remoto del cual no quedan más que desgajados documentos que nada dicen al hombre y mujer comunes. De esta forma, por disposición disciplinaria o por la existencia de otras “subjetividades en competencia”, la labor de historiar el tiempo presente es siempre una tarea compleja.


No obstante, el carácter siempre subjetivo de este saber no resta en absoluto la especificidad de la operación histórica, como tampoco anula los atributos del procedimiento regulado por el cual se reconstruye lo real-pasado que la posibilita. La principal labor de la historiografía consiste en hacer inteligible un pasado fragmentado, y esa labor sólo se lleva a cabo de manera eficaz poniendo lo que falta entre vestigio y vestigio, esto hace de la historiografía también una gran “construcción”, la cual “puede lograrse sobre la base de construcciones tan imaginativas o poéticas como racionales y científicas”, en palabras de Hayden White.[8] La del historiador es una tarea rigurosa, pero que hace de la imaginación una herramienta no despreciable. Bajo el rostro de una hipótesis es ésta la que actúa para establecer un lazo entre esas huellas, dando origen así a la trama del pasado.


¿Quiere decir lo anterior que podemos inventar cualquier cosa del pasado? No. En el pasado más distante la interpretación se debe a las huellas, ellas limitan un sentido y marcan las fronteras de las hipótesis. Más cerca ese descontrol se dificulta dado que los relatos del pasado siempre han de circular públicamente. Ese público que atiende –y que adhiere a sus propios relatos– está llamado también a invalidar un relato falso. Puede tolerar distintos encadenamientos, y hasta un nuevo hecho “bien probado”, pero no una mentira. Un relato tal quedaría fuera de competencia. No hay peligro de caer en una “ficción privada”, pues sobre el relato se ejerce un control intersubjetivo.[9] Esta “fiscalización” corre tanto para el historiador como para el memorista. Como sostiene Ágnes Heller en Una filosofía de la historia en fragmentos:


“Los historiadores deben narrar los acontecimientos pasados como realmente han sucedido. Cada historiador narra estos acontecimientos de manera diferente. Cada época histórica tiene su propio pasado. Hay muchas explicaciones verdaderas del mismo relato y ninguna de ellas nos obliga al asentimiento total. Una explicación histórica, sea un relato cotidiano o un libro de historia, es aceptada como más o menos verdadero sólo si ofrece una interpretación y explicación plausibles de los acontecimientos sin trastornar el conocimiento central aceptado de manera consensual acerca del acontecimiento, a menos que se den razones o información adicional relativa a por qué el conocimiento central necesita ser cambiado”.[10]


Subjetiva e imaginativa, la historia es también una operación intelectual crítica que, por su naturaleza cubre un ámbito que no cubre la memoria por sí sola, lo que brinda un buen motivo por el cual debe existir una colaboración, o mutua interpelación, entre memoria e historia. Pero nunca exclusión.


Un episodio podría terminar de echar luz sobre estas cuestiones: a propósito del tono que llevaba la escritura de Los orígenes del totalitarismo, el historiador alemán Eric Vöegelin le exigía a Hannah Arendt escribir sine ira et studio: “Escribir sin la cólera -contestó Arendt- sería eliminar del fenómeno una parte de su naturaleza, una de sus cualidades inherentes. Frente al totalitarismo, la indignación o la emoción no oscurece nada, antes bien es una parte integrante del objeto”.[11]


Pablo Aravena Núñez


[1] http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=496488 [2] Julio Aróstegui, La historia vivida. Sobre la historia del presente, Madrid, Alianza, 2004, p. 21. [3] Al respecto ver María Inés Mudrovcic, “Algunas consideraciones epistemológicas para una Historia del Presente”, en: Historia, memoria y narración. Los debates actuales en filosofía de la historia, Madrid, Akal, 2005, pp. 120-132. [4] Hartog, François, Le XIX siècle et l´histoire. Le cas Fustel de Coulanges, Paris, Presses Universitaires de France, 1988. [5] Gómez Ramos, Antonio, Reivindicación del centauro. Actualidad de la filosofía de la historia, Madrid, Akal, 2003, p. 18-19. [6] Mudrovcic, 2005, op. cit., p. 126. [7] Ricoeur, Paul, “Narratividad, fenomenología y hermenéutica”, en: Anàlisi. Quaderns de comunicació i cultura, Nº 25, Universidad Autónoma de Barcelona, 2000, pp. 189-207. [8] White, Hayden, “Construcción histórica”, en: La Comprensión del Pasado. Escritos sobre filosofía de la historia, (Manuel Cruz y Daniel Brauer Eds.), Barcelona, Herder, 2005, pp. 45. [9] Cruz, Manuel, “Tiempo de narratividad (el sujeto, entre la memoria y el proyecto)”, en: Cuadernos del Taller N° 2, Taller de Epistemología Social, Facultad de Humanidades, Universidad de Valparaíso, Valparaíso, 2003, pp. 15-16. [10] Heller, Ágnes, Una filosofía de la historia en fragmentos, Barcelona, Gedisa, 1999, p. 171. [11] https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-22012005000100017

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