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El hombre bolsa*


Tarde, con sudor, el anotador y el bolígrafo en la mano, llego a la función privada. Fuera de la sala, Louis-Do, el actor francés protagonista de la peli, posa para algunos fotógrafos. Al lado suyo, Marine me hace señas para que me apure a entrar, que vaya directo, que después hablamos. Todavía le echo una mirada a Louis-Do: algo en él me llama la atención, o simplemente es muy guapo, pienso, mientras me escabullo a la sala. Adentro, lo reencuentro en el papel de Grégoire: maneja un Citroën C4 plateado, la mano izquierda en el volante, el celular sostenido entre la cabeza y el hombro, un cigarrillo en la derecha. Es fácil darse cuenta de que la cámara lo ama. No me toma mucho tiempo volver a sentirme atraída por él, ahora en el celuloide. Me odio un poco por esto, porque sé que nubla mi mirada crítica, así que me siento derecha a modo de correctivo. Me esfuerzo por conectar con la escena: Grégoire habla por teléfono con su mujer; le dice que está entrando en la autopista para ir hacia la casa del campo, pero aún lo vemos en plena ciudad. Miente. ¿Por qué le miente? Tiene una amante, pienso. Ahora seguro irá a la casa de su amante. Pero no. Acelera, enciende otro cigarrillo, sigue hablando por teléfono. Es productor de cine, nos enteramos. Muchos negocios a la vez, bastantes problemas económicos, un director sueco que se hace la estrella y lo tortura, un equipo de producción que le monta una huelga y le hace desperdiciar una millonada por día de filmación perdido. A Grégoire nada de eso le preocupa demasiado. Más bien lo excita, parece. Sigue hablando, sigue fumando, hasta que lo detiene la policía por exceso de velocidad. Entonces aparece la familia para rescatarlo: la bella esposa –latina, anoto– viene con sus hijas, dos criaturas y una tercera, adolescente, que lo recibe de mal humor. Ella quiere quedarse en la ciudad; no entiende por qué tiene que ir al campo todos los fines de semana. Es una casa que pensaron como un oasis. Una bella casa. Pero ahora Grégoire, no sabe desde cuándo, la ciudad penetra y envenena los días de campo. Algo no está bien en su vida. Entre el campo y la ciudad, escribo.


Ahí me doy cuenta: la cara de Grégoire –o su porte, o su traje oscuro y su camisa blanca– me recuerdan a Sebastián. Las chicas de la revista lo bautizaron “El hombre de la bolsa” ni bien supieron que trabajaba en la Bolsa de Valores. A mí el apodo me dio mala espina. Nos conocimos en una despedida de solteros. Él iba por el novio y yo por la novia, Javi, la hermanita de mi amiga Sabina que se casaba antes que todas nosotras. Yo había caído un poco de colada, pero en las despedidas todos están felices o borrachos así que fui sin pensarlo mucho. Como faltaban bebidas, Sebastián y yo nos ofrecimos casi al unísono para ir a buscar refuerzos a un súper cercano. Nos miramos. “Vamos en mi auto”, dijo. “¿Te parece? Son cinco cuadras…” “Sí, dale, y de paso damos una vuelta.” Y allá fuimos. El auto era un modelo deportivo, negro por fuera e impecable por dentro. Me abrió la puerta para que pasara, y me senté: olor a nuevo, olor a perfume. Cuando se sentó y vi tan cerca su camisa blanca radiante como su sonrisa supe que estaba en problemas.


En la pantalla, la vida de Grégoire se complica –las deudas se multiplican, la hipoteca es irreversible, el banco le suelta la mano–, pero él no parece activar ningún cambio. Tampoco preocuparse. Solo camina, fuma, y se pierde en la ciudad. Vuelve a su estudio y toma una siesta, vestido, así nomás, sin sacarse los zapatos. Cuando despierta, como si algo de un sueño lo hubiera alertado, llama por teléfono a su mujer y le dice que no puede más, que fracasó. Le pide que no lo abandone... Ella le dice que no lo hará. En la siguiente escena, lo contiene, lo abraza, y solo entonces él puede llorar.


Después de la despedida, Sebastián se ofreció a llevarme a casa. Me dijo que no podía subir, pero estacionó ligeramente pasada la puerta de entrada. Ahí me explicó que su oficio no es meramente especulativo: no es una timba... El trabajo financiero supone un alto razonamiento analítico, abstracto, buenos reflejos matemáticos y un mapa mental de las relaciones internacionales. Hasta entonces, la idea que yo tenía de la Bolsa se reducía a un monitor registrando alzas, bajas y papeles sin cambio, o el hormiguero de hombres trajeados en el microcentro porteño, camino a mi clase de natación. Le digo –exagero– que me parece fascinante. Y le cuento que mi trabajo también me gusta. ¿A qué te dedicás? Soy periodista, cine, teatro y danza. Aaah, responde sin mucha emoción, mientras me acaricia la pierna, y agrega lo genial que le parece habernos conocido en la despedida de solteros, ahora podremos ir al casamiento de los chicos juntos. Pienso que ahora es él quien exagera. Le sonrío mientras siento que su mano avanza, pero no le digo que en realidad no sé si estoy invitada a la fiesta. Un rato más tarde, cuando bajo del auto y me descubro en el espejo del edificio, veo que estoy hecha un desastre. Giro una vez más y veo a Sebastián sonreír impecable detrás de la ventanilla oscura que sube hasta ocultar su rostro.


En la pantalla, sin mediar aviso, Grégoire se pega un tiro. ¿Qué pasó? Miro a los costados en la medialuz de la sala a ver si los otros están tan sorprendidos como yo: López mira el celular; Betina está abrazada a sus rodillas. No te distraigas, me reprendo. En una esquina cualquiera de París: Grégoire se bajó del auto con unos papeles y un arma. Primero quemó los papeles, después pisó las cenizas, después caminó unos metros y adiós. Voilá! Un movimiento corto, sin anuncio. En el piso su cuerpo inmóvil parece una “S”. La angustia me da hipo. Lo siento nacer de una contracción del diafragma, y tarda hasta que se expresa, sonoro. Me avergüenzo del sonido y mis movimientos espasmódicos. ¿Estará Louis-Do mirando el film? Mientras tanto, la mujer de Grégoire y las niñas se pierden entre cajas, escritorios y agendas buscando las razones del suicidio: necesitan saber si hay un secreto. ¡La amante, recuerdo! ¿Había una amante, entonces? Pero pronto intuyen que esa búsqueda no tiene sentido. Algunas búsquedas no lo tienen. Que, sea cual sea la razón de su marido, se llevó el secreto a la tumba. Cuando salgo al hall, me sorprendo al ver a Grégoire nuevamente vivo. Es ridículo, pero me da cierto alivio verlo en pie en ese interregno que sucede al terminar una peli. Escucho un par de preguntas de los colegas pero sobre todo me dedico a mirarlo. Todavía me cuesta separar a Louis-Do de Grégoire.

La noche del casamiento volví a cruzar a Sebastián: llevaba el mismo saco negro y camisa blanca, ahora con lentes oscuros. Yo había elegido un vestido strapless turquesa y una tiara de princesa, un accesorio quizá excesivo para alguien que es invitado después de las doce. Me saludó con la mano, no creo que haya sonreído, y siguió de largo. Me quedé sin habla. Bebí un poco, hasta que me animé a preguntarle a Javi en qué andaba él. Me dijo que la semana siguiente se volvía a Suiza, donde vivía hacía un año contratado por un banco y... Lo demás, ya no lo escuché.


Marine y Louis-Do siguen con las preguntas cuando decido abandonar la conferencia de prensa: sigue mi malestar y empiezo a sentirme francamente mal. Marine hace un gesto para que la espere, y hasta me parece que él, Louis-Do-Grégoire me observa detrás de sus lentes negros. Yo bajo la mirada y escapo avergonzada. Entrada la noche, zigzagueo por la recova de Libertador, doblo en la esquina de Montevideo, compro un atado de Gitanes en un 24 hs y enciendo un cigarrillo, resignada y liberada, como cada vez que vuelvo a fumar.

Natalia Ginzburg



* Este relato fue publicado hace varios años en la antología La mano que mece, de la editorial digital Outsider. La semana pasada, en la sobremesa abombada de un mediodía de cumpleaños, tirados en el césped, mi amiga Carolina mencionó su encuentro con el director de cine Bruno Dumont. Más bien, narraba una falta –contábamos anécdotas de cuando no suena el despertador–: ella oficiaba de traductora, y llegaba tarde a la cita. Casi el motivo de un sueño. Su mención evocó el recuerdo de este texto, que tenía por completo olvidado. Intenté comenzar a glosarlo y me di cuenta que confundía lo que había realmente sucedido, y lo que hubo de ficción en él. Me gustó la sensación de lo que el tiempo produce en los escritos, y en la memoria (la mía, particularmente frágil).

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