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Infancia/dictadura: maldiciones y amuletos para gente sin pasado


Tener un pasado es una frase que evoca muchas imágenes; de alguna forma, da cuenta de un recorrido, del cual se puede ser dueño, se puede decidir ocultar o reivindicar. “Tener un pasado” organiza de una determinada forma la relación entre memoria, pertenencia e identidad. Tener un pasado es algo que, en la mayoría de las ocasiones, se utiliza para dimensionar el tiempo que ha transcurrido desde la infancia, es decir, para enfatizar cuán lejos se está de ella.


Los niños no tienen pasado; por ello prácticamente no deberían tener memoria. “Se les va a olvidar”, dice el adulto. El pasado de los niños es una situación que se construye a posteriori, y por lo tanto, siempre es víctima de la interpretación tardía de los hechos, de las interferencias y correcciones de los demás, aquellos que dicen “eso no pasó así” o los que agregan información: “Lo que tú no sabes es que en ese año...”. Para los niños –aunque también es así para las adultos–, muchas veces tener un pasado es haber llegado a un cierto consenso con los demás acerca de lo que sucedió en un determinado momento. Nadie es verdaderamente dueño de su pasado, ya que su escritura es anónima o nos pertenece a todos. Sin embargo, siempre hay un resto en la niñez que se resiste a la política de los consensos y guarda para si un saber que no requiere de su paso por el campo del otro. Es porque sí no más.


Comencé a escribir sobre esto hace muchos años, en medio de una batalla dolorosa y despiadada, en un escenario lleno de nostalgia, canciones melancólicas y melodías que me enseñaron algunas lecciones sobre la derrota, la valentía y el futuro. Inicié esta escritura en medio de una derrota que duró 17 años, que empezó antes de que yo naciera y que se llamó dictadura militar en Chile.


Sin embargo, no fue hasta hoy que decidí comenzar realmente a escribir. El recuerdo de mi hermana pequeña junto a mí en un columpio en una plaza de un barrio pobre, con tierra y desgastados juegos infantiles, ella y yo cantando secretamente la Cantata de Santa María, una de las historias más tristes y crueles de nuestro país, donde 3600 trabajadores fueron asesinados por el Ejército, por orden de los dueños de las salitreras, sin el más mínimo remordimiento.


“Un niño juega en la escuela Santa María. Si juega a buscar tesoros ¿qué encontraría?”. Nunca busqué tesoros. Creo que de una manera muy dura entendí temprano que debajo de los adoquines no solo no había arena de playa, sino que era posible encontrarse con esos hijos de la pampa, una imagen que con el tiempo llegó a simbolizar la brutalidad y la inclemencia del enemigo. Y si buscara tesoros, ¿qué encontraría?


El texto de Luis Advis en mi cabeza resonando como un presagio que, dolorosamente, se ha cumplido cada vez que enfrento la situación de escarbar o cuando los movimientos tectónicos que en dos o tres ocasiones han permitido que la tierra se abra y salga algo del magma doloroso que está bajo el suelo, moldearon en mí una forma particular de investigar y de hacer psicoanálisis, una forma que contiene y acoge aquello de lo que no se puede hablar –o que se puede hablar pero aun así no sana–, en la cual la palabra no es la única e indiscutible forma de sanar, menos aún la palabra confesional, aquella a través de la cual se obliga a decir todo, todo lo que “verdaderamente” sucedió. Bajo la promesa de sanación, se impone a la víctima la obligación de relatar con detalles, de volver imaginaria una escena y de hacer catarsis una y otra vez para sanarse, finalmente.


¿Qué pasaría si enfrentáramos de una vez por todas que esa idea de cura fracasó? Que el primero en desecharla fue el propio Freud: ya antes de 1900 se había rendido frente a la evidencia de que nunca llegaría al ombligo del sueño. Freud renunció a esa noción en que la razón, a través de la palabra, sabrá darle un lugar a lo sucedido y, que como una suerte de piedra expuesta al roce, el núcleo duro del trauma, se desgastará para quedar reducido a una fina arena que el viento se llevará. Solo así pudo ser fiel a su propio acontecimiento: el inconsciente.


Sin embargo, esta idea de la elaboración persiste en casi todas las prácticas de memoria contemporáneas: los memoriales, los testimonios, las líneas curatoriales de los museos y sitios de memoria, se sostienen en gran medida en la idea de que la cura se encuentra en el decirlo o mostrarlo todo. A esta complejidad hay que añadir el trasfondo ético y político en el que de alguna forma se sostiene una lucha soterrada y silenciosa por lo que cada quien considera como la verdadera historia. No la verídica, sino la verdadera, esa que se construye con la primera persona, víctimas directas y casi siempre adultas, casi siempre.


A mí no me convence esa idea de cura, menos aún la de desensibilización sistemática que se puede observar en la exposición constante al horror. Este enfoque conductista de pensar en el dolor humano me incomoda. Sí, creo en el poder curativo de las palabras, porque lo he visto, pero se trata más bien de palabras que abrazan, que acogen, que permiten narrar sin desgarrarse, que desplazan a un segundo plano la inevitable competencia entre los que sufren, que permiten que alguien pueda avanzar en un relato sin tener que preguntarse si eso le partirá el alma. Es decir, hay defixionum tabellae –textos mágicos escritos en los que un individuo maldice y entrega a las divinidades infernales un competidor amoroso, un rival o la facción enemiga– y lamellae –textos inscritos en filacterias destinados a proteger y prevenir de todo mal al poseedor de la misma.


Conocí a la psicoanalista y escritora Mariana Osorio Gumá en México. Ella comentó que había escrito una novela sobre una niña que había vivido el golpe militar en Chile y que posteriormente partía al exilio en México. Hasta entonces yo conocía fundamentalmente el trabajo de Laura Alcoba, Alejandra Costamagna, Raquel Robles, Nona Fernández, Mariana Eva Pérez, en el campo de la literatura. Mucho tiempo después conocí el trabajo de Carola Martínez y Alejandra Moffat. Todas autoras que le han hecho frente a la difícil tarea de narrar desde la posición infantil las dictaduras del cono sur.


Mar, la protagonista de la novela de Mariana, asiste a la escena del golpe desde el seno de su familia, quienes estaban fuertemente comprometidos con el gobierno de Salvador Allende. Los acontecimientos políticos rápidamente van cercando a la familia y la obligan a abandonar el país. Mar, en esos primeros momentos, corre riesgos importantes e invisibles para intentar transmitir a su padre un mensaje que nadie le ha pedido que entregue. En el curso de esta aventura, localiza la posición política de la familia de sus vecinos y temé ser descubierta y que con ello se cierna un destino fatal sobre la gente que quiere. Las reflexiones y acciones de Mar representan esta forma distinta e inmisericorde de pensar la niñez, una niñez cuyo carácter de ingenuidad no se pierde con el golpe, porque francamente nunca existió. Porque Mar no tiene un pasado y yo tampoco.


En esta novela la protagonista tiene un objeto, una caja de música que recibe sus secretos, y que de alguna manera se transforma en una vía de comunicación con una figura protectora de la cual se encuentra definitivamente y para siempre separada (la niñera de la casa). La escena más dramática del libro, que incluso puede ser considerada como nimia (por un lector poco interesado en seguir las pistas de la posición infantil), se produce en el momento en el que la familia deja Chile. En la aduana, al revisar el equipaje, los militares destrozan la caja de música frente a la niña. La ruptura de la caja simboliza de modo especial la violencia muda ejercida contra los niños, ahí se representará lo ominoso e innecesario de la violencia de Estado y la falta total de consideración por aquello que los niños aman y conservan sin importar su utilidad. Mar se quiebra como su caja de música y, en el avión que la lleva al exilio, todos los adultos pueden comprender por qué están siendo expulsados del país, todos pueden dar cuenta de las perdidas, pero nadie tiene un verdadero recuento de las perdidas infantiles, ni del lugar que ocupan dichas perdidas en su memoria del horror. A nadie le importó la caja de música, excepto al lector de la novela, que sufre con la protagonista la banalidad criminal de la violencia de Estado contra todos en general y contra lo más propio, eso que no se incluye en los grandes relatos conmemorativos.


Qué se puede hacer con las palabras que duelen, que marcan, que asustan. Muy pocas veces hemos pensado el trabajo de la memoria fuera del marco de lo restaurativo, fuera de lo que debemos hacer o saber para no repetir, como si el ejercicio de la violencia de Estado fuese una cuestión cognitiva o de acceso a la información.


Es decir, la cuestión de la memoria suele pensarse como sustento para la proyección de la sociedad en el futuro, y muy poco para la elaboración del dolor presente. El dolor presente no sólo existe en la generación que fue apresada, torturada, desaparecida o exiliada, el dolor presente atraviesa a todos aquellos intergeneracionalmente concernidos por los actos que habilitaron la crueldad sin límites de la que como país fuimos y somos objeto, los concernidos por los actos que testimonian la pérdida de la humanidad.

De algún modo, la inscripción de estas palabras malditas –allanamiento, desaparecido, ejecutado, exiliado, degollado, quemado, relegado, torturado– en la memoria colectiva señala el lugar de lo que en esos años se perdió en la oscuridad definitivamente, cuyo duelo nos ha sido imposible hacer, y donde lo que duele no es lo perdido, ni lo desaparecido –pues solo sabemos que se perdió por los efectos que estas palabras señalan–, sino lo muy presente que está hoy a través de su ausencia. El convivir cotidianamente con la crueldad es lo que duele.


En la exposición Infancia/dictadura: testigos y actores (1973-1990) –montada en su décima versión en la Estación Mapocho hasta el 17 de septiembre– se asiste a la experiencia infantil de la dictadura a través de las producciones infantiles (cartas, dibujos, fotografías, postales y diarios de vida) que recuperan la vida cotidiana, las prácticas de cuidado y, en memoria, lo que hemos llamado las defixionum tabellae o las palabras que nunca debimos aprender.


Las defixionum tabellae cumplen una función paradójica: por un lado, nos obligan a hablar del horror y, por ende, dar a conocer a las nuevas generaciones el significado singular de estas palabras; pero, a su vez, permiten darle un sentido, una localización, a lo que duele. Se trata, como dice Nasio (1996) –respecto a la función del psicoanálisis frente al dolor insondable–, de “encontrarle y disponerle un lugar en el seno de la transferencia en donde podrá ser gritado, llorado y gastado a fuerza de lágrimas y de palabras”. Ubicar lo real del dolor puede permitir construir una suerte de propuesta de lamellae, cuya finalidad no es necesariamente pedagógica, sino performativa y protectora, en tanto permite ubicar la crueldad y, con ello, hacer aparecer las coordenadas de la humanidad, el abrazo y el reconocimiento.










* Patricia Castillo Gallardo es gestora del proyecto Infancia/dictadura: testigos y actores.





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