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La realidad de los muertos


Fotografía de Patricio Salinas, de su libro Atacama. Geometría de un cautiverio (Saposcat).


Me pillo subrayando nombres en una novela para luego buscarlos (sé que no lo haré, pero me gusta engañar a mis manías) y ver si corresponden a personas reales. Dejo a medio camino la raya que estoy haciendo, la interrumpo, me interrumpo, porque me pregunto si realmente quiero saber si son nombres reales o no, si son representaciones o son del todo invenciones. Si las personas o personajes nombrados realmente existieron. Antes de esa pregunta ya había buscado el nombre del protagonista, que en el libro es un musicólogo y orientalista; lo busqué porque supuse que era real, como lo son otros personajes de la novela, y me encontré, bajo ese nombre, con un jerarca nazi, compañero de Hitler, que no fue musicólogo ni orientalista, al menos según me informa internet. ¿Será el personaje del libro una versión de él? ¿Por qué eligió el autor ese nombre? Apenas llevo un tercio de la novela, quizás al avanzar la historia encuentre alguna respuesta. Sin embargo, ¿tiene sentido preguntar si ese nazi real será también, versionado, el personaje del libro? ¿Tiene sentido preguntar si el personaje de una novela es real, incluso si comparte al pie de la letra la biografía de una persona real?


Esto de la representación y la realidad de los nombres se me había aparecido ya a propósito de otra novela, una sobre un boxeador chileno, que leí justo antes que la del musicólogo. La novela del boxeador es Muriendo por la dulce patria mía, de Roberto Castillo, que hace ficción con la vida del iquiqueño Arturo Godoy, el peso pesado que peleó el título mundial de boxeo, dos veces, con Joe Louis, el bombardero de Detroit. La otra historia, la del musicólogo, es Brújula, de Mathias Enard, protagonizada por el austriaco Franz Ritter.


Cuando terminaba de leer el libro de Castillo, antes de empezar el de Enard, antes de los subrayados de nombres, quedé perplejo al descubrir que la historia de Gabriel Meredith, uno de los protagonistas, su final, es la que cuenta —vive— el fotógrafo Patricio Salinas en su libro Atacama. Geometría de un cautiverio; la misma historia que me había contado y que le había oído contar a otros. Aunque tampoco me consta que sea la misma historia, pero coinciden, coincidieron, la realidad y la representación confluyeron en ese momento, hacia el final de Muriendo por la dulce patria mía; la representación se me hizo realidad.


Tras el golpe de Estado (¿cuántas historias comienzan “tras el golpe de Estado”?), en noviembre de 1973, Patricio Salinas fue llevado junto a quinientos prisioneros al abandonado campamento salitrero Chacabuco, en el desierto de Atacama; el lugar había sido reconvertido en campo de detención por la naciente dictadura chilena. Salinas era el prisionero número 32, pasó ahí un año, fue trasladado a otros campos de prisioneros y luego fue expulsado de Chile. Regresó al país en 1985, viajó a Atacama, a Chacabuco; lo hizo muchas veces entre 1985 y 2009. En noviembre de 2020 publicó Atacama. Geometría de un cautiverio, un ensayo visual que, en textos y fotos, hace memoria de esos desiertos.


En una entrevista que dio en 1989, todavía en dictadura, Nissim Sharim cuenta la vez en que Roberto Parada, en plena función del Ictus, se enteró del asesinato de su hijo, José Manuel Parada, y a pesar de eso decidió seguir con la obra. Él hacía de un padre que tenía un hijo preso: “Las palabras que se decían en la obra”, recuerda Sharim, “ya no se sabía si eran de la obra o eran de la realidad [...] Roberto me hablaba a mí y parecía que estuviera hablándole a su hijo. Y yo nunca como en aquella época, pude darme cuenta de la distancia absolutamente efímera que hay entre la realidad y la ficción”. También dice Sharim: “Cuando el Ictus insiste en la temática de los Derechos Humanos [...] es porque nuestro corazón está profundamente herido”.


Sharim plantea dos asuntos que, creo, también están presentes en el trabajo de Patricio Salinas: el primero es el de los límites entre realidad y representación o, dicho de otro modo, ese punto o momento cuando el arte excede la mera representación y se transforma en realidad o te transporta a la realidad.


El segundo tema es el de las heridas abiertas como motor del arte, de la representación; el tema de las heridas o quizás de las ruinas pasadas y de cómo se puede crear a partir de ellas. El libro anterior de Salinas, Los últimos días de Walter Benjamin, también muestra ruinas: sigue los pasos hacia la muerte del filósofo que dijo que en las ruinas viven las posibilidades de nuevos mundos, y que todo documento de civilización es también un documento de barbarie. ¿Por qué Salinas regresó a Chabuco, a Atacama, más de una vez? ¿Y por qué quiso fotografiarlo o representarlo, documentarlo?


En Atacama, en el texto y en las fotografías, hay al menos tres historias, tres momentos distintos pero superpuestos: la historia del desierto, de esa inmensidad despoblada de la que habla Manuel Vicuña en uno de los ensayos que introduce el libro; la historia de la salitrera Chacabuco, de la llegada, luchas y retirada del capital y el trabajo; y la historia del campo de prisioneros y de Salinas allí. Y entonces, pienso, Atacama. Geometría de un cautiverio es y no es la historia del desierto, es y no es la historia de una salitrera y, también, es y no es la historia de un campo de prisioneros. Está eso, todo eso, pero hay algo más, quizás la ruinas, no sé. ¿Qué historia cuentan estas fotos?


A propósito del subtítulo, “Geometría de un cautiverio”, podríamos hablar de la manera en que trabaja Salinas. Cuenta él que durante su año como prisionero en Chacabuco se dedicó a hacer estadísticas, a perfilar en números a las personas y el lugar (Salinas estudiaba sociología en la Universidad de Concepción). Hay algo geométrico o ingenieril en ese gesto, en ese perfilamiento; ingenieril en el sentido de intuitivo, imaginativo, como si Salinas quisiera captar ese mundo en una forma o imagen simple. Y eso lo hace antes, muchísimo antes de transformarse en fotógrafo. Captar, primero en estadísticas, luego en fotografías. Documentar. Las fotos de Salinas, y en realidad todas las fotos, se podrían entender como un intento de captar un mundo en una sola forma, en un solo encuadre. Y entonces, puede preguntar uno, ¿cómo se aproxima Salinas a los lugares que va a fotografiar, cómo se prepara? ¿Se prepara?


El relato que escribe Salinas, el de su paso por Chacabuco, sin dejar de ser crudo, emotivo, o quizás por lo mismo, tiene momentos en que parece un informe, con datos, cifras y hechos que se yuxtaponen. Incluso cuando cuenta la muerte de un amigo, un amigo que de algún modo es un padre; esa historia simplemente pasa, Salinas se contiene. ¿Le sale así o es algo que hace conscientemente? No sé si tenga que ver con esa contención, pero insiste Salinas en el libro, y se lo he escuchado varias veces, en que él no vuelve a Chacabuco ni hace este libro como víctima. Es casi una advertencia, quizás una reivindicación. ¿Por qué? ¿Por qué toma esa precaución?


En sus varios viajes a Chacabuco, Salinas recogió objetos —documentos, incluidos algunos que dejó allí durante ese año como prisionero, esas notas que hizo el estudiante de sociología—, sacó fotos, del desierto, de las ruinas. Compuso con eso una historia y la convirtió en un libro, en un volumen, en Atacama. Geometría de un cautiverio; realidad y representación. Y entonces también podemos preguntarnos: ¿volverá Patricio Salinas a Chacabuco?


Vuelvo yo al subrayado de nombres en Brújula: Franz Ritter. Lo busqué y leí en Wikipedia que fue “uno de los primeros miembros del NSDAP, colaborador financiero de Adolf Hitler y feroz perseguidor de comunistas alemanes”. Y vuelvo también a Muriendo por la dulce patria mía, donde leí esto: “La señora «O» no tenía cómo saber que en el momento en que ella escribía Gabriel Meredith ya estaba en el campamento de prisioneros instalado en las ruinas de la antigua oficina salitrera de Chacabuco. Allí, con cincuenta y dos años, Gabriel burló la vigilancia de sus guardias, encontró las ruinas de la casa de su infancia y se colgó en una viga”. Y vuelvo a Atacama: “Al poco llegar a Chacabuco cultivé amistad con Oscar Vega, un hombre ya anciano y de mirada cansada. Nos juntábamos por las mañanas, después del desayuno, a jugar sobre un tablero mientras me contaba su historia...”. Así comienza la historia, no sé si la misma historia, qué importa si la misma historia, que cuenta Patricio Salinas, la de ese amigo muerto que mencioné más arriba. “Curiosamente, cuando niño había vivido con su familia en ese mismo pueblo, en Chacabuco. [...] Una mañana de noviembre, Oscar no apareció. Ya me había señalado en qué casa había vivido y partí a buscarlo allí, en la calle Serrano 71. Encontré su cuerpo aún caliente, atado al cuello a una viga de madera”.


En otro libro de Roberto Castillo, Muertes imaginarias, Meredith (¿Vega?) revive como editor de una revista de cultura y arte; una revista imaginaria que publica necrológicas imaginarias; aunque, claro, en el libro son reales o eso parece. “Aquí está entonces esta barca de muertos, para que quienes no los conocieron los saluden y quienes los reconocen los despidan. Los muertos siempre encuentran la manera de devolver la atención que les brindamos”, dice el editor. Casi transcribo, por error y tal vez deseo, que los muertos siempre encuentran la manera de volver.




Atacama. Geometría de un cautiverio

Patricio Salinas

Saposcat, 2020.


Muriendo por la dulce patria mía

Roberto Castillo

Laurel, 2017.


Muertes imaginarias

Roberto Castillo

Laurel, 2020.


Brújula

Mathias Enard

Literatura Random House, 2015.

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