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Lo mío es mío y lo tuyo es de los dos. Propiedad y psicoanálisis.

Seguro han escuchado esa frase. Siempre me ha causado mucha gracia. Una de las cosas de las que menos hablamos y, sin embargo, más naturalizada tenemos, es la de la propiedad. Hablamos de lo que nos pertenece con una soltura insólita: mi casa (que estoy pagando con un dividendo a 25 años o que le arriendo a alguien), mi gato (que en realidad piensa que tú eres SU humano), con mi hijo no (como propiedad y objeto), tu hijo (cuando estoy enojada).

 

Nunca me voy a olvidar de una de las frases que leí en las entrevistas que hicimos a egresados del ex SENAME: 'Carolina, ya no te podemos tener más acá. Por favor, agarra tus cosas y ándate'. Cuando recuperamos la frase para el libro que un día sacaremos se coloreaban automáticamente en una negrita imaginaria la palabra Tener y Tus cosas. ¿Quién los tenía? ¿alguien tiene a los niños del exsename? Tener un hijo.

 

La palabra "tener" proviene del latín "tenēre", que significa "sostener", "mantener" o "poseer". En su origen etimológico, "tener" está asociado con la idea de mantener algo en posesión o control, ya sea físicamente o de manera abstracta. A lo largo del tiempo, su significado se ha ampliado para incluir diversas acepciones relacionadas con la posesión, la acción de tener algo en propiedad, la tenencia de algo material o inmaterial, así como el hecho de experimentar o sentir algo.

 

Tener frío, tener hambre, tener miedo, tener pena. Quizás esas eran las "tus cosas" que Carolina tenía que agarrar. Sin embargo, la frase es tan desconcertante que el sujeto busca objetos para completar esa demanda absurda: un cepillo de dientes, un frasco de perfume sin perfume, "mis cosas", "Yo tenía pocas cosas”.

 

Un 'mi', un 'mío' supone un 'yo'; por eso, para los niños pequeños, 'mío' es todo, 'mío' es nada. Recuerdo a un papá que cuenta que su hijo va por la calle señalando todos los objetos que ve, diciendo 'Mío'. 'Mío' en ese caso describe más bien el movimiento pulsional de capturar una representación de un objeto y hacerla mía. Ese es un paso esencial en la subjetividad. Se trata de poblar el mundo interno con representaciones capturadas desde el mundo externo y que, puestas en diálogo con las otras representaciones ya adquiridas o por adquirir, definen lo verdaderamente mío: eso que yo singularmente hice con ese encadenamiento. Es la frase que construí con lo visto y lo oído, y que puedo reconocer como mía porque es el resultado de mi trabajo de desear, de preguntarme por lo que el otro quiere y construir un trayecto para intentar ser la respuesta. Mi fantasma es mío, mis síntomas son míos, el malestar no; el malestar es de nadie y es de todos.


Sin embargo, nadie puede hacer ese trabajo sin el otro. Es decir, el camino de construir lo mío es un camino acompañado. No por nada se habla del Gran Otro, y en un primer tiempo, ese Gran Otro está encarnado por la madre. Ese Gran Otro tiene la tarea de asignar al viviente su primer derecho de uso: el tesoro de los significantes. Los significantes no tienen dueño. Imaginen que aquello que es lo más importante en el mundo de los seres parlantes no tiene dueño. Se usa.

 

En los primeros años de vida, la dependencia inicial de los seres humanos difumina la distinción entre lo heredado y lo propio, entre lo tuyo y lo mío. Los bebés, ubicados como una extensión del deseo de quienes los trajeron a la vida, son parte de esa piel. La madre se crispa, el cuerpo del bebé se crispa; la madre se asusta, el bebé se asusta. La maternidad/paternidad en los humanos nos enseña que el dolor se puede encarnar en un cuerpo ajeno. De hecho, es el único modo. El niño se cae, la madre sufre; la niña lo mira y ahora sabe que eso duele, llora. Hasta sentir dolor es una herencia del otro. Hay derecho de uso del dolor porque no le pertenece a nadie. Los seres del lenguaje, los imaginales, somos seres tan sociales que el miércoles pasado lloramos todos por el hijo de la actriz Mariana Derderian. Lo imaginamos ardiendo y nos dolió. Los hijos no son de nadie; los hijos son de todos y los hijos no deberían arder en el fuego, ni morir bajo los escombros en Gaza, ni ahogados en el Mediterráneo tratando de huir de la miseria.

 

Los psicoanalistas nunca hemos dicho que los individuos sean propietarios de algo, ni siquiera el “psicoanálisis del yo” lo ha hecho. Esa es una consecuencia radical de la novedad freudiana y la idea de aparato psíquico. Las huellas mnémicas son el resultado del encuentro con el mundo; construir un cuerpo supone recuperarlo de ese circuito en el que todo el placer/dolor es prodigado por el otro. Para tener un cuerpo, el bebé debe sentirlo en su boca, autoacariciarlo, distinguirlo como si fuera un regalo que el otro le dio, y entre la lengua y el labio sentirlo y reconocerlo ajeno. El cuerpo siempre será ajeno. Nadie es dueño de su cuerpo. También es un derecho de uso. Hay gente que no tiene el derecho a usar su cuerpo, no pudo extraerlo, ni siquiera una partecita, de la devoración del otro y, por eso, lo atacan: no comen, no lo alimentan, lo drogan, lo quieren extinguir, lo prefieren escuálido, informe y destruido que sometido a los designios del Otro.

 

Las defensas yoicas nunca han sido una defensa de la propiedad. Son lo que en psicoanálisis reconocemos como la prueba empírica de que somos frágiles y de que no tenemos nada. Qué tanto nos enloquezcamos con esta verdad es la diferencia entre defensas altas y bajas.

 

El problema es que el sistema capitalista/neoliberal, con bastante ayuda de los discursos psi, ha puesto a disposición de los sujetos objetos que obturan la fragilidad y pretenden ofrecer seguridad, felicidad, completitud, independencia, eternidad, etc. El apego de las personas a los bienes es una cuestión que atenta contra el lazo social de dependencia y fragilidad.

 

"Hay que viajar ligero", me dijo Silvana Rabinovich en una entrevista hace algún tiempo, mientras me contaba que cuando estaba trabajando con los saharahui en el desierto tuvo una horrible pesadilla. Ella vive en Ciudad de México, país sísmico como Chile. Soñó que había un terremoto y que el edificio en el que estaba se le caía encima. Despertó muy angustiada y, al verse a sí misma en una carpa, le dio un ataque de risa porque todo lo que se le podía venir encima era algo así como tela y palillos. Los saharahuis son nómades y viajan solo con lo que pueden cargar. Nunca sus bienes los van a aplastar como a nosotros.

 

Pero, en general, nuestro problema no es la conciencia de que nuestros bienes son algo más que lo que podemos cargar. El problema del "mío" es más bien el miedo a que alguien más lo ocupe, lo lleve, nos lo robe. La enfermedad del "mío" es la celotipia, por ejemplo. Yo diría que en el momento actual, las subjetividades enfrentan la caída de lo imaginario de la posesión por una vía melancólica, retirando la investidura del mundo, o bien, más grave aún, por un tipo de lazo paranoico. Que, pensando con Melanie Klein, es un mecanismo de defensa muy primario en la constitución subjetiva.

 

Luigi Zoja dice en su libro "Paranoia", utilizando un fragmento de la Odisea sobre el personaje Ayax, que su principal enemigo es el tiempo. “La paranoia, en efecto, está convencida de que sus enemigos son muchos. Sobre todo, tiene un enemigo que no es una persona: el tiempo. Una vez concebida su idea central, la paranoia quiere actuar de inmediato. Así como no acepta espacios vacíos en el pensamiento, tampoco los acepta en el tiempo. No admite postergaciones.

 

¿Cómo no pensar en lo que pasa en nuestra sociedad en relación a los sentidos de urgencia, prioridades políticas y estatales, complots construidos para presionar que se decrete A o B, o se le dé sentido de urgencia a A y B?.

 

La mente de Áyax, dice Zoja, está básicamente vacía. Y como el vacío se llena por ley natural, aparece en ella la sensación de que algo está a punto de suceder. Una novedad desconocida, de la cual la mente desconfía, pero a la cual se confiará si tiene necesidad de hacerlo. En la espera, la ansiedad aumenta. En un cierto punto, bastará poner a su disposición un enemigo y el simple se sentirá, paradójicamente, más en paz: es decir, en guerra, porque para él, a esta altura, ambas cosas resultan ser lo mismo. Lo importante es no vivir en la incertidumbre. No tener que seguir haciendo el esfuerzo atroz de entender. La máquina simplificadora de la lógica paranoica podrá funcionar con fluidez: la presencia del enemigo lo explica todo. La sospecha de un complot se convierte en certeza.

 

Pero Áyax hunde la empuñadura en la tierra y la punta en el propio pecho: hace de esa espada un uso trastornado.

 

La inversión de los procesos simbólicos es un rasgo trágicamente recurrente en los paranoicos de todos los tiempos: en las mentes armadas por la sospecha, la creatividad de los símbolos se transforma en destructividad; el proceso vital, en un proceso de muerte. Esta realidad queda confirmada no tanto desde la psiquiatría como en la historia. Nuestra historia.

"Quien vive en medio de los hombres vive entre los deberes colectivos que los unen: los valores comunes, como el respeto por la familia. Pero quien vive en medio de la desconfianza no vive entre hombres, sino entre adversarios. Y el único deber en relación con los adversarios es vencerlos".

 

Yo creo que hay que buscar el gesto tierno en lo cómico o, como dice Luigi Zoja, transformar la burla destructiva en una sonrisa sabia y benévola. Hoy tenemos dificultades para eso. La incapacidad de reírse es el indicador más antiguo de la paranoia. La capacidad de hacerlo es la defensa más instintiva contra ese mal. Fallar torpemente y ser recogido con ternura por el hijo es quizás una salida para una nueva configuración que no es ni edípica ni antiedípica. Una en la que el padre encarna justamente su relación equivoca y errante con lo propio, eso que hizo con sus derechos de uso (lenguaje y cuerpo) y que en el acto fallido retorna como siempre ajeno y en movimiento. Nunca la ley se transmitió en el autoritarismo del padre y está sociedad no es realmente una sociedad sin padre. Viajar ligero sabiendo que algo se puede hacer con que el hecho irrefutable de que no somos dueños de nada es quizás más importante.

 

 

 

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