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Mapa sin territorio [Fragmentos]



Valdonzella/Montealegre


La guerra es racional. Las torturas, los asesinatos en serie, las ejemplificaciones, los bombardeos, las muertes, las cárceles y la bestialidad; los corvos de noche, los trabajos forzados, la falta de alimentación y ropa; las violaciones de mujeres; el genocidio de pueblos; miles de seres humanos en espacios pequeños; la guerra es sencilla; la matanza posee su análisis, los degollados tienen su lógica. El odio es racional; toda vida es breve.


Esta es la palabra.


Esta es la palabra.




Major/ de la Salut


Al despertar, pasado el mediodía, ve un documental en televisión sobre mujeres en Siria, acostumbradas a comenzar desde cero. Hijos perdidos en la guerra o desaparecidos por milicias extranjeras. Mujeres violadas, cuerpos recogidos entre basurales; esposos retornando a las ciudades manchados de sangre. Vecinas alimentando hijos de vecinos que ya son sus hijos.

La vida retorna en muchas formas, murmuró la abuela en la TV mientras hablaba con su hija. ¿Cedía el relato a la muerte? Retocar los finales: máscaras, hay que pintar muchas máscaras. El mundo es una condición ciega.

Ve a un anciano. Sus hijos han muerto. Habla con sencillez ante la cámara. Quiere darles una muerte digna. Su serenidad es inquietante, como sus arrugas que parecieran acaparar los siglos.




LAS SOMBRAS DESCRIBEN UN AIRE OBLICUO


Las campanas resplandecen todos los días,

a media mañana, con la luz del mediterráneo,

árabes, indios, chinos, sudamericanos

en los estrechos pasadizos góticos,

vocean idiomas disonantes,

una canción sube por las piedras negras,

bares solitarios, fotografías de soles desteñidos,

paseos entre sombras y gárgolas.


Los rostros, durante milenios, buscan un hogar:

banderas con sus estrellas de origen.

Los desconocidos conservan sus pertrechos:

datos ajados en los bolsillos,

souvenirs de monedas, emblemas

y enjambres de paisajes silenciosos.



De la Riereta/Sant Martí


Se junta con L a despedirse.

L regresará por un tiempo a Buenos Aires. Se fijan en una foto de infancia que le envía su hermano por internet.

L se acuerda cuando se fue de la casa de los padres, repleta de historias y tramas; una novela de la que nunca se sale. Quiere escindirse; ve las virtudes de la casa y la angustia de someterse a los muebles. No quiere más mudanzas. Se concentra en ese no querer, en esa no preferencia. La casa la atosiga, la increpa. La pieza vacía, una experiencia de inanidad; agotada y agradecida a la vez de casas sin atributos. Cuando sale del escenario doméstico, ve la multitud de ojos, la caída de los sentidos. Gente moviéndose a ganar una guerra. Quiere moverse hacia otro lugar, a otra ciudad, a otra casa, pero se acuerda del sueño que tuvo anoche cuando gritó: “¡Asesino!”.




Pasaje de la Sardana/Pujada del Mirador


Sólo quedan ancianos en el pueblo. Quizás nunca vivió más gente. Los peregrinos quieren conocer el lugar específico de la muerte de Walter Benjamin, almacenar un souvenir de su historia, aunque sea un resto. Las calles están subtituladas con acontecimientos de la vida del filósofo. El pueblo frente al mediterráneo sobrevive de esta manera. Lo más llamativo es la costa, los escasos veleros, los viejos que trabajan las quillas como sus antepasados fenicios. La lentitud es un pasaje a la historia. Algo de ese sentimiento de partida se percibe en los bares; decorados en una proximidad remota tanto en la música como en los muebles. Tierras lejanas de la memoria que se exilian mientras más se aproximan a deseos sin nombres, a turistas sin necesidad de identidad. En Port Bou se construyó un memorial a Benjamin, una escalera que ingresa a un túnel de vidrio y metal; un pasaje oscuro donde el visitante se sumerge como un minero a las fauces de la tierra y termina llegando a la luz y a las olas. En el acantilado que da hacia el mar, asoma un vidrio que lleva inscrito el fragmento de las tesis de la historia sobre los seres anónimos. El cristal dificulta la lectura; y es necesario mover la cabeza varias veces buscando al trasluz las letras para no confundirlas con los colores del mediterráneo. Mauricio Amster también estuvo en Port Bou. En un cruce de caminos de la imaginación, Benjamin viajaba en dirección contraria; buscaba escapar hacia el lado de la orilla catalana. Amster quería pasar a Francia después del desastre de los republicanos. No coincidieron en tiempo y espacio, pero sí en el territorio desesperado de la frontera. Exiliados, expatriados, perdidos entre una costa y otra, integrando los miles de espectros, como los que filma Angelopoulos en La mirada de Ulises, con sus maletas a cuestas contemplando las montañas; Amster y Benjamin, lectores, coleccionistas y amantes de los libros, cargan en sus equipajes las reliquias de una historia inmemorial de las palabras, sus leales compañeras en el anonimato y la violencia.




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