Pensar la autoridad (en la época contemporánea)
- Luca De Vittorio

- hace 16 horas
- 6 Min. de lectura
Ahora todo el mundo escoge qué leyes quiere obedecer.
Esto es la anarquía.
-Coetzee
I
A nadie escapa la noticia de que, en la actualidad, la idea de autoridad se encuentra bajo la sombra de un generalizado descrédito. Sea en su dimensión religiosa, política, familiar o epistémica, la figura de la autoridad viene acompañada por la sospecha de que su fundación remite a un privilegio ilegítimo y, junto con ello, representa una afrenta directa a la soberana autonomía del yo. Así, la cultura individualista de los últimos decenios ha instalado la idea de que cualquier jerarquía –encabezada por la autoridad– es el resultado de relaciones arbitrarias de dominación a la espera de ser subvertidas.
Pero la autoridad –como todo en esta vida– cambia. La figura clásica de la autoridad, aquella que asalta a la mente cada vez que pensamos en su concepto y que predominó gran parte del siglo XX, se definía por ser una instancia modélica, vigorosa, ideal e inflexible. Es el padre de la familia tradicional y el conductor del Estado autoritario del que hablaba Freud en su Psicología de las masas: una imagen idealizada que condensa todas las aspiraciones y anhelos narcisistas del yo; todo lo que quiero ser se desplaza y se encarna en un objeto independiente, de apariencia sobrehumana. Es el líder que no falla y cuando lo hace, adapta las cosas a sus palabras, el padre severo e intransigente, que compensa su dureza con el suministro del fruto de su trabajo. En ambos casos, la perfección del ideal deja de motorizar el mejoramiento del yo. Por el contrario, se coloca en un lugar que solo puede despertar angustia, devoción o terror.
El objeto se ha puesto en el ideal del yo, sentencia Freud. Por contraste, el sujeto que proyecta y exterioriza su ideal del yo se empobrece, se vuelve diminuto, excesivamente frágil. Es el reverso de la moneda: por un lado, el objeto ideal, con su perfecta e impoluta trascendencia; por el otro, el sujeto, en toda su vulgar mundanidad, siempre disminuido y precarizado cuando se lo compara con aquel. Así, el yo sucumbe ante un ideal que ningún esfuerzo puede volver humanamente asimilable.
Es este paradigma de la autoridad el que se hace objeto de las querellas que Kafka transmite en su Carta al padre. Aquí, el padre del autor se presenta como un modelo de vida, un sujeto ejemplar, una vara a partir de la cual se mide la distancia infranqueable entre el ser y el deber: “Comparémonos tú y yo… Tú eres un verdadero Kafka por tu robustez, salud, apetito, humor, elocuencia, autosatisfacción, mundología, tenacidad, fortaleza de espíritu, conocimiento de las personas, cierta generosidad…”. En reiteradas ocasiones el texto insiste en el lugar y la función del padre en la vida de Kafka: cómo comer, cómo nadar, cómo estar físicamente, cómo hablar, etc. Él, por su parte, aparecía por contraste siempre inapetente, lento, débil, enclenque y tímido. De esta forma, en palabras de Recalcati, la autoridad paterna, más que transmitir la ley, se identifica con ella. Más que ofrecer al hijo su testimonio del arreglo según el cual se despliega de forma singular su deseo en el mundo, se instala él mismo como modelo o ejemplo en base al cual el sujeto debe vivir su deseo de forma adecuada. Una distancia inconmensurable que tiene como consecuencia el continuo vaciamiento y empobrecimiento del yo.
De esta figura de la autoridad nos encontramos, ya hace tiempo, liberados. Fue uno de los legados de Mayo del 68: la puesta en cuestión de la autoridad clásica en sus diferentes dimensiones, la defensa de la ilimitada libertad del individuo para dictar por sí mismo las directrices bajo las cuales pueda vivir su vida. Así, el excesivo acento en la libertad individual por sobre cualquier arreglo comunitario de convivencia en el mundo hace que, necesariamente, las instancias alrededor de las cuales se articulan estas comunidades queden desacreditadas. No hay dogma, ni teoría, ni jefe ni padre que se sustraiga a esta puesta en entredicho.
Pero, como ya decía Arendt, liberación no implica libertad, y es perfectamente concebible que podamos emanciparnos de una opresión para caer en otra de signo contrario. Así, una de las consecuencias más relevantes del fenómeno antedicho fue la pérdida de un anclaje simbólico de referencia que permita estabilizar y orientar el propio deseo. Nuevamente siguiendo a Recalcati, nos encontramos en presencia de “la disolución de la función de la Ley de la castración simbólica que, ya según la doctrina freudiana del Edipo, tenía la tarea de articular el deseo del sujeto a la experiencia del límite. Sin este centro de gravedad el goce aparece, como señala el mismo Lacan, «extraviado», privado de brújulas y anclajes simbólicos”. La experiencia del límite no solo implica represión. Por el contrario, representa una instancia organizativa, una articulación entre la ley y el deseo que impida al goce girar sobre un vórtice inagotable de satisfacciones transitorias y evanescentes.
La pérdida de esta instancia limítrofe (o peor, la falla en su instalación), es lo que hoy en día se expresa en el imperativo contemporáneo a gozar a todo precio. De esta manera, no encontramos con una peculiar forma de vivir el propio deseo que se muestra en diversos fenómenos: capacidad de goce sin interdicción simbólica, sustracción de mediaciones entre la pulsión y el objeto, tendencia compulsiva y mecánica a la propia satisfacción ininterrumpida, devoción narcisista por el yo acompañada de un rechazo a cualquier interacción con el Otro que no esté atravesada por la intención de su aprovechamiento.
Es en la literatura de Houellebecq donde esto se refleja con singular notoriedad. Bruno, uno de los protagonistas de Las partículas elementales, sufre porque los objetos de su deseo, liberados de las ataduras de la moral tradicional, no se vuelven por ello menos difíciles de aprehender. Mujeres que pasean desnudas en campamentos libertarios, jóvenes estudiantes de ropa estrecha cada vez más desinhibidas, instancias a primera vista demasiado asequibles para su disfrute pero que, no obstante, únicamente conducen a la frustración y la depresión: el sufrimiento ya no producido por la represión, sino por la sensación de no gozar la cantidad que se debería. En el reverso de la situación, la amenaza que representa el islam en su libro Sumisión a Occidente no es la pérdida de libertades políticas o el sometimiento a una cultura extranjera. Por el contrario, el centro de la preocupación del protagonista reside en la imposición de restricciones a la libertad sexual y a la vestimenta de las mujeres: la posibilidad de la sustracción de los objetos de satisfacción del circuito de la mirada masculina. Es, en último término, lo que condensa la recomendación del psiquiatra de Florent-Claude en Serotonina, cuando le ofrece a este una alternativa a los antidepresivos: “¿Ha pensado en las putas?”.
II
¿Cómo escapar de esta encrucijada? ¿qué forma puede revestir una instancia de autoridad que no implique un rendimiento excesivo de los poderes que ostenta? ¿cómo sostener la puesta en entredicho de aquella figura despótica sin caer en la externalización del descrédito a toda forma de autoridad? ¿cómo recomponer una figura decaída que no implique el retorno nostálgico a un modelo correctamente desautorizado?
Toda autoridad supone o aspira a un cierto grado de reconocimiento. La variabilidad de la intensidad o adhesión que este reconocimiento ofrezca afectará, a su vez y de forma directa, al nivel de legitimidad que ella misma revista. Esta consideración nos permite, de entrada, distinguir entre autoridad y autoritarismo. Esto último implica un rendimiento excesivo, putativo, de las funciones y tareas asignadas a la autoridad en un primer momento; la autoridad rectamente fundada no puede remitir jamás a la capacidad para el mero ejercicio de la fuerza.
Pero que la legitimidad de la autoridad descanse en el reconocimiento de sus subordinados señala otra característica de crucial trascendencia: una autoridad legítima tiene como ingrediente esencial la conservación y promoción de la libertad de aquellos en los que descansa su poder. La libertad requiere de la autoridad pues, a diferencia del mero libertinaje, implica un campo organizado y estructurado para su despliegue, con normas, reglas y límites que no solo prohíben, sino que también autorizan; la figura de la autoridad es esencial para la constitución de ese campo.
De esta manera, un modelo normativamente justificable de la autoridad sería aquel que, más que ordenar la restricción de la libertad, la promueve a través de su regulación. Una autoridad que no solo inhibe, sino que además autoriza: señala un campo de objetos legítimos de satisfacción. Una autoridad que no se define meramente por sus funciones negativas de represión, sino también por facultades positivas: la autoridad media, regula, liga y transmite el testimonio de su viva imperfección.
De esta manera, siguiendo a Oyarzún, el reconocimiento en juego aquí es recíproco: “si por una parte no parece pertinente hablar de autoridad en sentido propio allí donde esta no es libremente reconocida como tal por quienes, en virtud de ese mismo acto, se le subordinan, por otra estos mismos esperan ser reconocidos por la autoridad, de suerte que obtienen de la afirmación de esta última la de ellos mismos”.
Ese reconocimiento en sentido inverso es el que se genera cuando la autoridad dona a sus subordinados la noticia de su propia limitación. Una autoridad humana y, como tal, asimilable. Una forma de autoridad que no pretenda abolir la diferencia entre ella y los subordinados pero que, a su vez, reconozca que esta diferencia es precaria e inestable. Una autoridad que no pretenda expropiar la libertad de cuya fuente emana el índice de su legitimación, pero que, asimismo, comprenda que esa libertad requiere de un campo normativamente organizado para su propio y responsable florecimiento. Ese sería un modelo de la autoridad en el cual, quienes a ella se someten, puedan a su vez reconocerse en ella como sujetos libres e iguales.











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