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Ruido blanco II

Víctor Jara y la industria musical norteamericana

 

A mediados de los años 90 tuve el privilegio de ser firmado con mi banda de Latin Post Punk “Niños con Bombas“ por el sello independiente neoyorquino “Grita”. Este privilegio se sumaba a otro anterior, que era el de haber sido firmados por Intercord (un sublabel de EMI) en Alemania.

 

En esa época todavía se acostumbraba a fichar artistas que no eran necesariamente comerciales pero que poseían un valor agregado de calidad y sofisticación. La pérdida monetaria ya se iba a paliar con la venta de discos de artistas de gusto masivo.

 

Todavía el prestigio entre los A&R Managers (Artist and Repertoire) jugaba un rol importante en la industria. En las fiestas que los sellos Majors celebraban para sus propios empleados, se acostumbraba a llevar este tipo de grupos o solistas que eran avant-garde y por lo general más extraños y oscuros que las bandas mainstream que dominan los medios. Ahí se producía la curiosa competencia entre A&R’s de quién tenía el grupo que más influencia iba producir en años futuros. Era una verdadera lucha por la novedad en la búsqueda constante de tendencias en la moda, la estética y el estilo. Hoy en día las probabilidades de que un grupo underground y exótico como “Niños con Bombas“ sea firmado por algún Major es menos que cero.

 

Entre 1995 y 1999 estuvimos girando mucho por la costa Este y Oeste de EEUU. Viajábamos en un coche de turismo, apretados y atiborrados de equipos, tratando de devorar la mayor cantidad de kilómetros posible en una carretera que se nos hacía infinita. Para conseguir solventar la gran distancia entre ciudades, hacíamos paradas en tiendas de discos gigantes (que aparecían milagrosamente en medio de la nada) que servían a su vez como tiendas de instrumentos musicales, radios locales y poseían un escenario bien equipado donde los grupos en gira podían hacer una pausa en el camino, tocar, promocionar su música y lo más importante vender sus discos. (En tiempos pasados la industria de la música generaba sus ingresos mayoritariamente con la venta de dispositivos de reproducción musical tales como vinilos, casettes y CD’s. Los grupos daban conciertos para vender sus discos)

 

Como remedio contra el tedio infinito de la carretera, nuestra ocupación principal era escuchar radio. Cuando ya nos cansábamos de escuchar la música de moda en las radios FM, pasábamos a escuchar AM.

 

Mi sorpresa fue mayúscula al reconocer que la música de las radios AM era exactamente la misma que escuché en mi niñez en Chile en tiempos de la dictadura. Todos esos fabulosos hits de los 70 que se habían quedado tatuados en mi memoria infantil. También me hizo recordar que mi madre, al ver que yo y mis hermanos sólo escuchábamos grupos gringos o ingleses, más de una vez dijo que antes de la dictadura, la música que se escuchaba en Chile era mayoritariamente en español.Esto lo puedo ratificar, no con algún estudio o publicación posterior al respecto, si no con la constatación de mi propia memoria.

 

A principios de los 70 existía un programa de televisión (por supuesto en Blanco y Negro) llamado “Música Libre“, del cual yo y mis hermanos éramos absolutos fans. El modelo del programa era simple. Un grupo de chicos y chicas guapísimos, de clase alta --y que eran verdaderas estrellas para nosotros-- bailaban con una estética hippie los éxitos del momento, los charts.


Pocos meses antes del golpe militar de Pinochet en 1973, en el puesto número uno del programa, estuvo la canción de Víctor Jara “Plegaria de un Labrador”, cuya coreografía yo y mis hermanos tratábamos infructuosamente de seguir.

Víctor Jara sería torturado y ejecutado un día después del Putsch, el 12 de septiembre del mismo año.

 

Hoy en día resulta absolutamente inverosímil la idea de que una estrella con un número uno en la lista de éxitos, como por ejemplo, Bad Bunny o Marcianeke fuera torturado y asesinado por su propio gobierno.

 

Esta historia terrible es la antesala de una acción sumamente significativa a nivel cultural pero también económico en mi país. En el momento en que la dictadura irrumpe, la programación de las radios da un giro de 360°, para pasar a transmitir exactamente la misma programación de radio del principal ayudante y valedor del golpe, Estados Unidos, lo que no fue solamente una imposición cultural aplastante, sino también un negocio de millones de dólares para las gestoras de derechos de autor norteamericanas como ASCAP o BMI.

 

Hits naturales v/s hits artificiales

 

En 1996, durante el primer gobierno de Clinton se aprueba el polémico decreto sobre comunicación y radio “The New Communication Act“, que termina con la limitación del máximo de 6 radios por propietario de empresas de comunicación. Ahora las corporaciones pueden ser dueñas de cientos de radios y canales de televisión, lo que hace desaparecer la figura del dj local de pequeñas ciudades y pueblos, y que era el que recibía y difundía los demos o primeras publicaciones de nuevos artistas y bandas emergentes. A partir de ese momento es suficiente con un solo encargado para la programación de la parrilla de cientos de radios.

 

Desde Elvis Presley a Roxette, los dj locales e independientes han cumplido un rol vital en el descubrimiento de nuevas y futuras estrellas. Cuando la canción de un artista hasta ese momento desconocido llamaba la atención, los oyentes sencillamente llamaban por teléfono a la radio rogando que la pusieran otra vez. En el caso de Elvis, sucedió con su versión de “Hound Dog“ y de Roxette con “The Look“ que se trasmitió en una radio universitaria y catapultó en EEUU al dúo sueco.

 

A estos éxitos yo los llamo “hits naturales“. Basta con escucharlos una vez y se quedan dando vueltas en la memoria. En alemán existe el concepto “ohrwurm”, que significa literalmente “gusano del oído“ y describe perfectamente este complejo proceso que es la suma de “hook lines”, líneas de enganche (o de adicción), que pueden variar entre líneas melódicas, “riffs”, y palabras o letras sorpresivas. Todo esto es lo que hace que una canción no se nos salga de la cabeza. (Riffs son pequeñas secuencias melódicas que se repiten a lo largo de una canción, ejemplo por excelencia: el riff de guitarra de la muy antigua canción “Smoke on the Water” del también muy antiguo grupo Deep Purple. Otro buen ejemplo quizás más conocido para futboleros y nuevas generaciones es “Seven Nation Army”, de “White Stripes“.

 

Existe, sin embargo, otra manera de que una canción nos persiga como un fantasma en una casa embrujada y esta es la repetición. En la radiofonía se llama “heavy rotation“ (rotación pesada o constante) al hecho de poner una canción permanentemente en la programación, por ejemplo una vez cada par de horas. A estos hits productos del escucharlos una y otra vez durante un tiempo relativamente corto, yo les llamo “hits artificiales“.

 

Durante el Mundial de Fútbol de Sudáfrica de 2010 al final de cada día de transmisión se mostraba un resumen de todos los goles hasta el momento. La canción que acompañaba el resumen era “Hips don’t lie” de Wyclef Jean y que interpretaba Shakira. El primer día el clip duraba menos de 20 segundos (habían caído sólo dos goles) pero en las últimas jornadas del Mundial el resumen ya superaba los 50 minutos. En todos sonaba esta única canción en un loop interminable.

 

A pesar de que la canción había sido una de las desechadas por Wyclef en algún álbum anterior, se transformó --gracias a esta rotación monstruosa-- en un super hit, no solamente musical también económico. Los derechos de autor deben haber alcanzado cifras billonarias.

 

Tengo que reconocer, a mi pesar, que a nivel musical también funcionó. El primer día me pareció una pésima canción, de hecho me sorprendió que hubieran elegido una canción tan sosa para esto. Pero hacia el final de Mundial ya no estaba tan seguro. Mi cerebro la tenía tan interiorizada que ya reconocía “hook lines“ por doquier. McLuhan, “The Message is the Massage”, en todo su esplendor, y la fatídica conclusión de que aquello que nos gusta es lo que alguien decide que nos guste.

 

Con la revolución digital a comienzos de este siglo la distribución musical se reestructuró totalmente y parecía que se abría todo un universo nuevo de posibilidades para acceder y compartir música. El lema “la información nos hará libres“, una referencia directa al Internet, se desplegaba en el horizonte de nuestra imaginación colectiva.

 

Sin embargo, algo se torció terriblemente. La diversidad musical, una de las utopías que nos prometía el paraíso digital, ha ido disminuyendo al mismo paso que las grandes corporaciones digitales (Google, YouTube, Facebook, Amazon etc…) concentran capital, así como datos. De hecho su inmenso poder radica en la cantidad de datos que puedan procesar.

 

A partir de 2015 se globaliza otra tendencia nefasta para la diversidad: los clubes y organizadores de eventos comienzan considerar la cantidad de followers como factor de una posible contratación. La calidad de la música y la interpretación no es suficiente, de hecho se vuelve totalmente irrelevante en el criterio de selección de artistas.

 

Entonces los compositores e intérpretes, de estilos no masivos comenzamos a luchar por un espacio en la programación de clubes y festivales, ya no solamente con aficionados con un buen manejo de redes (la gran mayoría millennials) si no también con bandas tributos, que comenzaron a multiplicarse como setas en un paisaje otoñal.

 

Berlín, la ciudad en que vivo, fue también testigo de la repercusión de este fenómeno. A partir de 2015 llegaron un montón de músicos de Jazz a Berlín, desde las grandes metrópolis (especialmente de New York y París), escapando de lo difícil que se había vuelto vivir en estas ciudades por lo caro y lo miserable de la paga incluso en los clubes más emblemáticos de éstas.

 

Yo me muevo en la escena y conozco personalmente a muchos músicos que llegaron ilusionados en busca de una vida mejor y tal vez más fácil. Lo que lamentablemente no ha sucedido en la mayoría de los casos y a veces en verano por las calles de Berlín te encuentras a verdaderas leyendas del Jazz tocando en alguna esquina, lo que es maravilloso como experiencia para la gente que pasa por ahí, pero deja entrever la injusticia de un sistema que no premia la excelencia.

 

Actualmente la discusión, en Europa, es si la música Jazz debería ser protegida y financiada (tal como lo es la música clásica) por el temor real a su más que posible desaparición, en cuanto que los artistas de Jazz, cuya inmensa mayoría no toca en escenarios masivos (e incluyo aquí a grandes nombres de la escena) no logran sobrevivir tocando en clubes de 70 personas y sólo se mantienen dando clases, lo que impide que desarrollen su propia obra y dificulta sus presentaciones en vivo.

 

Monopolios, Narcocultura y Reaggeton

 

La última manifestación de la consolidación de este fenómeno es el surgimiento de las dos compañías de Ticketing que hoy se reparten todo el globo terráqueo: Eventim y Ticketmaster.

 

Después de la crisis que significó la Pandemia para las artes escénicas y con ellas, todos los artistas que se presentan delante de una audiencia, estas compañías han conseguido triplicar sus ingresos. Su modelo fue recrear el mercado negro con la ayuda de inteligencia artificial para pronosticar el precio que estaría dispuesto de pagar un fan por ver a su artista favorito y escalar el precio a medida que la demanda crece.

 

El otro lado de la moneda, el lado oscuro, es que la cantidad de conciertos a nivel global, y que bajó a casi 1/3 de lo habitual durante la pandemia, no ha aumentado significativamente después de ésta. Los artistas más famosos hacen que las cajas de recaudación exploten pero cada vez se cancelan más conciertos de artistas menos populares que no consiguen vender la mitad de las localidades. Hay menos conciertos pero las ganancias de las compañías de Ticketing siguen aumentando.


El común denominador de este fenómeno cultural es el Monopolio, la característica neoliberal por excelencia, de una industria con pocos agentes que favorece sólo lo más masivo. Uno de los grandes daños colaterales es la absoluta falta de diversidad. Los artistas de nichos están condenados a desaparecer por falta de público y por lo tanto de medios.

 

El narcotráfico es también una expresión neoliberal. Las guerras por territorios son el intento de crear monopolios, de aglutinar poder. El éxito de estas empresas depende de su capacidad de lavar dinero, algo que tienen en excedencia. Una de las maneras que han encontrado de blanquear dinero negro es en la industria musical y hoy día financian especialmente a estrellas de Trap y de Reggaeton, lo que ha convertido estos estilos en absolutos reyes de la industria y a sus estrellas en omnipresentes semidioses por todo el planeta.

 

En el prestigioso Festival de Jazz de la Habana, en el cual tuve el privilegio  de participar como invitado en 2015, el tema estrella en los fórum y conversatorios de ese año era la preocupación de que los músicos jóvenes  (cuyos mayores talentos son subvencionados por el estado de un sistema comunista), dejaran de cultivar la excelentísima música cubana para dedicarse a producir e interpretar Reggaeton, que les ofrece la riqueza de un mercado global, sencillamente inalcanzable para otros estilos como por ejemplo el Jazz.

Es como si la 6ta gran extinción provocada por el Antropoceno también afectara nuestra propia producción artística.

 

La música es mucho más que una fuente de dinero de la industria del entretenimiento. La música es una expresión de inteligencia, un lenguaje basado en las matemáticas y una fuente inconmensurable de emociones y belleza.

 

En palabras de Ian McGilchrist, el extraordinario psiquiatra y autor entre otros del fabuloso “The Master and his Emissary“ sobre los hemisferios cerebrales: “el valor extrínseco (el negocio, el dinero) supera y en este caso en creces, al intrínseco (la emoción, el conocimiento, la belleza)”.

 

La música vive a través de los músicos. Sin músicos no hay música y esta vive especialmente en los verdaderos maestros de la música. Los que consiguieron sobrevivir y llegar a una edad mayor sin dejar de explorar los límites de su instrumento. La maestría en la música se alcanza recién después de varias décadas de estudio. Cada vez que el concierto de un artista (uno verdadero, un maestro) se cancela por falta de público algo se extingue en la noche de las ideas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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