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Solvay, el empresario que amaba las ciencias



Las enormes fortunas amasadas en el siglo XIX sacando provecho del desarrollo tecnológico, que a tantos les resolvieron las tripas, o, en su defecto, les sirvieron de pasto para activar enardecidos discursos, permitieron, también, que se propiciara la práctica de un fenómeno, en más de un punto, nuevo: la filantropía. Los teóricos de hoy y de entonces tienen y tuvieron una explicación para esta novedad: nunca antes tanta riqueza pudo concentrarse bajo el control de un solo individuo, por lo que nunca antes un puro individuo, o, si se quiere un solo clan familiar, tuvo la posibilidad de disponer y jugar con montos de envergadura tal como para competir con los del poder político mismo: el estado. Estos capitalistas de marca mayor, cuya sola evocación le mantenía la pluma con la tinta a tope a Carlos Marx, entraron así a operar directamente a nivel de las políticas estatales, a intervenir, corregir o enmendar las hoy llamadas políticas públicas. Esto sigue siendo más o menos el sueño, o aspiración máxima, de todo capitalista de cierta estatura dentro de un contexto nacional. Pero en el siglo XIX, hubo algunos que tuvieron una claridad superior, estratégica, o, quizá, mayormente sentimental, de repartir plata a raudales con fines altruistas.


Algunos ejemplos se nos vienen encima: Andrew Carnegie, el gran magnate del acero que, pese a los trajes caros, mantuvo hasta el final de sus días el aspecto algo rústico de sus raíces obreras en su Escocia natal. Figura prototípica en el imaginario yanqui, empezó arrimándose al filósofo más reputado de entonces, Herbert Spencer, sembrando librerías por todas partes de los Estados Unidos y el mundo, para terminar creando universidades y enarbolando su propio discurso sobre el arte de la filantropía (según él mismo, su "evangelio"). También, Alfred Nobel, el infatigable inventor sueco, hombre solitario que prefirió legar el grueso de su enorme fortuna a la instauración de un premio que distinguiera los talentos de la humanidad toda, por encima de a su propia descendencia. Menos conocido que Carnegie y Nobel, el belga Ernest Solvay, sin embargo, se apuntó una performance más discreta pero poderosa, que además, analizada bajo la lupa del tiempo, sobresale por lo visionaria y como marca simplemente insuperable.


Su historia también contiene ingredientes de empuje y auto-superación que resultan característicos en estos casos –en el suyo, una enfermedad a edad temprana que le impidió ir a la universidad. Pese a ello, se las arregla para alcanzar una formación científica lo suficientemente sólida como para, veinteañero, introducir mejoras sustanciales en un proceso químico de relevancia en la industria. Su método para perfeccionar la elaboración de carbonato de sodio, elemento esencial en la fabricación de vidrio y en la metalurgia, lo lleva a convertirse en magnate antes de los cuarenta, a la cabeza de una firma que hoy, a 160 años de su nacimiento, sigue siendo una de las más fuertes a escala mundial.


En pleno auge del capitalismo, Solvay exhibe un desempeño atípico como empresario. Aboga por los derechos sociales de los trabajadores y lleva hasta el parlamento sus iniciativas como senador. Hacia el final de su vida, la inclinación filantrópica se acentúa. Pone a la Universidad de Bruselas bajo su amparo, financia la creación de institutos de Sociología, Fisiología, Comercio, y vela por la alimentación de sus compatriotas en medio de los apremios de la Gran Guerra.


Hasta acá, los movimientos de Solvay todavía podrían encajar dentro de las maniobras, más o menos hábiles, propias del capitalista de rango mayor que aspira a dominar el tablero de juego inmiscuyéndose en el diseño de sus reglas. Sin embargo, cuando nos ponemos por delante del más alto de sus esfuerzos en el mecenazgo, ni la mente más endurecida por la ideología podría resistirse a aplaudir la contundencia del logro. Quiso promover y fomentar las ciencias, donde él mismo había tenido un desempeño nada menor, y para ello dispuso de las mejores condiciones para la organización de un encuentro internacional. En 1911 se llevó a cabo la primera de estas convocatorias, el listado de los convocados resulta apabullante: Marie Curie, Ernest Rutherford, Henri Poincaré, Henrik Lorentz, junto a otros todavía en tránsito hacia la plena consagración, como Max Planck y un joven Albert Einstein. Todos reunidos para debatir en torno a la “teoría de la radiación y de los quanta”. Es decir, ciencia todavía en rango experimental, de total avanzada. Por entonces, los primeros lineamientos de la cuántica habían sido esbozados solo hacía diez años y Solvay entrevió que se podía alcanzar algo importante por ese camino. Su acierto no pudo ser más pleno, alentando el estímulo de las conquistas en el campo del conocimiento donde recién 60 o 70 años después terminaría concentrándose el liderazgo del movimiento económico del planeta. Los Congresos Solvay continuarían realizándose cada tres años, con las únicas pausas de las guerras mundiales, hasta la actualidad.


Hace 112 años, nadie podía todavía sospechar que en algún momento del desarrollo futuro de los mercados la supremacía del gran capital ya no estaría más en la producción de máquinas –barcos, trenes, automóviles–, ni productos –ropa, cosméticos, joyas–, y ni siquiera en la banca, sino giraría en torno a unos nuevos dispositivos, con capacidad de almacenamiento e intercambio de datos a niveles simplemente prodigiosos, que generarían cambios profundos en los hábitos de consumo e incluso de vida entre los seres humanos. Y esas maquinitas de fábula serían posibles gracias a las disquisiciones harto incomprensibles en torno a la radiación, los quanta y las características más intrínsecas de la materia de un grupo de científicos, invitados, acogidos y auspiciados por el dueño de una fábrica productora de carbonato de sodio.



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