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¿Tiene sentido nacer para morir?

“Tantas cosas que hay y que vinieron de una que ni siquiera era cosa qué seremos en este universo que más parece una chispa frutos del encuentro casual de un espermio y un óvulo en una trompa de Falopio parecemos chiste surrealista sólo para morir hemos nacido sin el consuelo de dejar rastro en el mundo porque no habrá mundo en que dejarlo”.

Nuestra ciencia paradigmática, Adán Méndez



He tenido el tiempo para pensar si efectivamente quiero o no ser padre. Si bien hace años lo he querido, lo confirmé con el embarazo y pérdida que tuvimos el año pasado. Pensarlo durante años no tiene por qué ser la regla que todos debiéramos seguir, pero al menos pongo al debate si no debiéramos considerar las implicancias sociales del cómo nos estamos reproduciendo para entender también la paternidad, la vida y la muerte.


Al pasar la barrera de los 35 años, la presión social, también para los hombres, se hace bastante evidente cuando te preguntan: “¿cuántos hijos tienes?”. No puedo hablar por las mujeres, por cierto, pero sí sabemos que la presión por la reproducción carga sobre ellas de una manera lamentable.


“Jamás me cuestioné si quería ser madre, simplemente lo fui”, se puede leer en un artículo de Revista Paula donde Sonia Pozo, una mujer de 64 años, reflexiona sobre la maternidad. “Y es que crecí con esa imagen. Todas las mujeres de mi familia lo han sido, incluso la única que no pudo ser madre naturalmente, lo hizo a través de la adopción. Para mí, más que una opción, era parte de ser mujer. Así me lo hizo entender mi entorno, nunca vi algo distinto”. La descripción que hace parece ser algo normal todavía, donde el sentido de la vida de un porcentaje importante de las mujeres se concreta con la maternidad. Su razón de ser y de existir. El cuestionamiento a esta normalidad ha recaído pesadamente en todas aquellas que libremente dicen “yo sé que a ti te cuesta entenderlo y que quieres saber las razones, pero no pasa nada. Solo que no quiero ser mamá”. Lamentablemente, la presión social se siente, al igual que el juicio y las miradas, incluso, de las personas que más te quieren.


Permitirse reflexionar sobre la reproducción humana es tam­bién profundizar en las reales posibilidades de igualdad entre mujeres y hombres, en el feminismo, los roles de crianza, las responsabilidades asociadas a ello, la romantización de la ma­ternidad y la paternidad, y en la preparación que se debe tener para hacerlo de la mejor manera posible, o simplemente, sobre la incansable tarea de estar pendiente por el resto de tu vida de otros seres humanos más allá de ti mismo, cambiar tu manera de entender la vida y la muerte, dejar de dormir en profundi­dad, reconceptualizar el amor, estar pendiente aun cuando son mayores de edad de que todo esté bien con ellos. O eso me han contado al menos.


Aun cuando la ciencia nos ha permitido entender el proceso biológico tras la reproducción humana, permitiéndonos hacer­lo incluso con sofisticadas técnicas de reproducción asistida, el cuestionamiento sobre el por qué queremos reproducirnos no está presente en nuestra formación, y mucho menos qué la relfexión sobre qué habilidades parentales pudiéramos necesitar para hacernos responsables de otra vida.


Para quienes tienen la posibilidad de plantearse la pregunta, la decisión de si tener o no hijos y/o hijas, y cuándo hacerlo, puede ser uno de los dilemas más significativos en la vida de las personas. Es que la decisión de tu reproducción deja de ser una decisión netamente personal –o de pareja– cuando esta se transforma en la decisión sobre la existencia o no de otra perso­na. Se entra de lleno en el terreno de la ética. ¿Es moralmente aceptable que nos reproduzcamos? ¿Es deseable reproducirse? ¿Para quiénes?

Prefiero detenerme brevemente en este jabonoso tema antes que dejarlo pasar.


Alejado de la tradicional respuesta de la virtud de la vida, el filósofo David Benatar, director del departamento de filosofía de la Universidad de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, argumenta que la mejor decisión de la humanidad es dejar de reproducirse. Benatar se ha transformado en uno de los pensadores más pro­vocadores al liderar el antinatalismo. Busco en la web si es padre, pero no encuentro respuesta. En entrevistas declara que no es significativo para su razonamiento si tiene o no hijos. Alguna vez me dijeron tenía tres. Quién sabe. Se le da el beneficio de la duda. Pero veamos su argumentación.


Bajo el prisma utilitarista, en que la maximización de bienestar total es lo correcto de hacer, Benatar parte de la base que a lo largo de la vida de cualquier persona predomina el sufrimiento y

humana en ninguna circunstancia ya que se estaría condenando al sufrimiento a quien nazca desde el primer instante. Por lo tanto, es mejor nunca darle esa opción y que simplemente esa potencial persona nunca exista. Traer nuevos seres humanos al mundo simplemente sería un error. De corriente pesimista dicen algunos, el académico hace la invitación a tomar consciencia de cada uno de los momentos en que sufrimos, mirarlos con pers­pectiva, y reconocer que son mayoritarios frente a los momentos de felicidad.


El autor del libro Mejor nunca haber existido interpela la obviedad. Se desmarca de la etiqueta pesimista porque es una realidad que, aunque cueste admitir, nos enfrenta cotidianamente. Si tomamos los cientos de millones de personas que viven en pobreza y hambre extrema, los accidentes diarios, las catástrofes naturales, las guerras y agresiones de todo tipo, los sufrimientos que se perciben al final de la vida por enfermedades graves y ni tan graves, los múltiples momentos en que padecemos dolor físico y tantas ocasiones con dolor emocional que parecieran desgarrar el pecho, tal vez, repito, tal vez, insisto, pudiera dársele el punto. Es cierto que vivimos bajo la presión cultural de la búsqueda de la felicidad, y a lo mejor es eso lo que no nos permite darnos cuenta de que, raya para la suma, la vida es mucho peor de lo que queremos creer.


Pero Benatar no está solo, hay muchos otros que piensan como él. Recientemente el filósofo y bioeticista finlandés Matti Häyry escribió en el blog de Cambridge Quarterly of Healthcare Ethics una nueva defensa al antinatalismo, argumentando que si las personas que están pensando en tener hijos o hijas, anali­zasen y concluyeran que las frustraciones ordinarias de la vida cotidiana hacen de la vida algo que no merece la pena, entonces no deberían tener hijos, ni hijas. Tampoco debieran hacerlo, dice, si es esperable que sus futuros hijos vivan con una baja calidad de vida. El mejor regalo para los hijos e hijas sería su no existencia, afirma.


Algunos podrían pensar entonces, siguiendo lo planteado por Benatar, que la alternativa inmediata que nos queda es el suici­dio. Si la vida no vale la pena, al fin y al cabo, ¿para qué seguir viviéndola entonces? Ya lo advertí antes, hablar de estos temas puede impactar dependiendo del prisma personal de quien lee, pero estas líneas buscan justamente remecer e impulsar el cues­tionamiento de lo obvio, de las obviedades del momento de la historia que nos ha tocado vivir. Pero ¿es lo mismo eliminar una vida que no haber permitido nunca su existencia? Creo que no.


Imaginemos por un minuto que somos capaces de organi­zarnos como especie y ponernos de acuerdo a nivel global. Me encanta este juego. Es difícil imaginarlo, pero es un ejercicio. De algún modo se genera un convencimiento pleno de que efectivamente no vale la pena seguir reproduciéndonos. Claro que uno puede decir que siempre habrá alguien que podría romper el pacto o pensar diferente, pero por el simple placer de hacer volar la imaginación, asumamos que todas las personas del planeta estamos de acuerdo.


El acuerdo es que al no tener generaciones futuras erradica­remos el hambre y la pobreza porque usaremos justa y racional­mente los recursos y se repartirán los beneficios a todos; toda la generación actual, la última generación de nuestra especie, tendría asegurada una vida acomodada y de bonanza. A las niñas y niños se les explicarían las ventajas de esta vida y, en consecuencia, al momento de tener las posibilidades de reproducirse, decidirían libremente no hacerlo y se suman al gran pacto global por la última generación. A lo largo de los años nadie se arrepiente ni cambia de opinión. Si esto ocurriera, si este pacto se concretara, se acabaría la especie humana por decisión soberana. Si fue una decisión racional, informada y deliberada, ¿qué habría de malo en ello? ¿Es moralmente reprochable que una especie, la nuestra, tome la decisión de su extinción?


Hay quienes piensan que la justicia intergeneracional no es solamente hacia el futuro, sino también hacia el pasado. La jus­ticia de cara al futuro, argumento utilizado principalmente por

ambientalistas, supone que el respeto, uso y goce del planeta que hace una generación no puede perjudicar a las siguientes. Pero si esa generación futura no existe, esa justicia futura tampoco. Distinto es el caso con mirada en el retrovisor. Toda acción que antepasados hayan realizado permitió lo que somos hoy. Con luces y sombras, las generaciones vivas tendrían un deber moral de dar continuidad con la obra de sus pares del pasado. Si esto es cierto, el acuerdo por dejar de reproducirse sería moralmente errado.


Más allá del antinatalismo de Benatar a partir del supuesto permanente sufrimiento humano, la cuestión es si nos pregun­tamos lo que significa realmente nuestra reproducción, o si es simplemente la inercia cultural que domina nuestras vidas y nuestras sociedades, junto con el impulso natural de la sexualidad para reproducirnos. ¿Cuál fue su motivación a ser padres (si lo son)? Pueden pensarla en secreto. ¿Y la motivación de sus padres?


Existe también el argumento ambiental que se opone a la reproducción humana. Argumento que está tomando fuerza entre jóvenes que declaran con cada vez más potencia que esta sería su principal razón para no tener hijos. “Traer a alguien al mundo significa una contaminación tremenda. Si a mí hoy me causa angustia pensar en que mi futuro es ambiguo, no puedo pensar en el futuro de un otro. Eso significa que esa persona nueva no va a vivir una vida tranquila, porque ni si quiera se sabe si el planeta va a ser habitable. Hoy muchas niñas sufren en zonas de sacrificio y no viven una vida digna. ¿Sabemos cómo eso puede evolucionar en el futuro? Por ahora no. Entonces la incertidum­bre que genera la emergencia hace que sea difícil para nosotros proyectarnos a largo plazo”, declara segura Amanda Gálvez de 18 años en entrevista con La Tercera. Su decisión de no tener hijos pareciera representar una fuerte tendencia generacional a nivel global. La llamada ecoansiedad por el miedo o terror a la incertidumbre de un presente y futuro catastrófico les moviliza a reflexionar en profundidad sobre las implicancias de traer un nuevo ser humano a habitar el planeta.



Sea por antinatalismo, por consciencia climática o por razones económicas o estilos de vida, pareciera que aún no se ha notado una tendencia a no reproducirse a nivel global. Lo concreto es que nunca en la historia ha habido ni habrá más recién naci­dos en el planeta. El Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA) estima que en noviembre de 2022 se alcanzaron los 8 mil millones de habitantes a nivel global, la más alta cifra de la historia de los 300 mil años del Homo Sapiens sobre la Tierra, y se espera que siga creciendo durante los próximos años. En la época de Cleopatra eran 230 millones, 1500 millones en el Renacimiento, cerca del año 1800 se alcanzaron los mil millo­nes, por 1925 los 2 mil millones y en tan solo cien años hemos cuadruplicado la presencia humana en el planeta. Al 2050 se estima que llegaremos a ser 9,7 mil millones y hacia 2080 unos 10,4 mil millones. Poco más de 10 mil millones sería nuestro punto tope para luego descender. Esa tasa de crecimiento co­menzará a disminuir y, eventualmente, la población mundial comenzará a decrecer. Estamos llegando al número más alto de nuestra historia.


No solo es el momento con la mayor cantidad de recién nacidos, sino que también es un momento en que las tasas de fertilidad –número promedio de nacimientos por cada mujer– han caído y la presencia global de personas de edades más avanzadas ha aumentadofruto del progreso de la salubridad, estilos de vida, medicina y otros que han alargado la esperanza de vida a nivel global. ¿Una paradoja que tengamos tantos recién nacidos y tan bajas tasas de fertilidad? No. Si la tasa de fertilidad de las mujeres es mayor a 2,1, la población crece, pero si es menor, la población disminuye. Y las proyecciones indican que esa tasa se mantendrá por debajo en las décadas previas al siglo XXII. Esto ya es un hecho, solo en África es de 4,18, pero en los demás lugares del mundo –en promedio– ya están bajo lo requerido para mantener el crecimiento. En unos años más la realidad será que en África vivirá la mayor cantidad de personas en el mundo, en cambio en América Latina solo un porcentaje menor. Tema

no menor para la migración global cuando la población seguirá creciendo justamente en las naciones más pobres. Es decir, a lo mejor el desarrollo y la vida moderna están impulsando a que nos dejemos de reproducir.


Vimos motivos para no reproducirnos y las tendencias, pero ¿por qué sí nos reproducimos? La respuesta comúnmente es por nuestro impulso sexual. Por calientes. La evolución ha hecho que el sexo sea placentero, que lo busquemos, y con eso nos reproducimos. Para qué darle tanta vuelta, dicen algunos. Pensar en el sentido de la vida desde la reproducción fue la pregunta inicial que plantee. Para las generaciones pasadas, y ni tan atrás tampoco, cuando no había métodos anticonceptivos tan masificados como hoy en día, el sentido de haber nacido pudiera haber sido de orden divino. “Vino al mundo gracias a Dios”. Hace solo una generación atrás no era extraño ver familias de cinco a siete hermanos. Una más atrás, a principios del siglo XX, era una decena. Buscarle un sentido a tu vida entre tantos hermanos debe haber sido complejo. Al menos se aprendía a sobrevivir, sobre todo si eras de la mitad para abajo.


En cambio, ahora, la modernidad ha hecho que podamos diferenciar el placer de la reproducción, por lo que el control de la natalidad es parte de nuestra realidad contemporánea. Se supone. Entonces, ¿se podría decir que todos los embarazos de hoy en día fueron, primero, pensados y, después, ejecutados? Para nada. De acuerdo a UNFPA, casi la mitad de los embarazos en el mundo no son buscados, sino que ocurren por la falta del uso de anticonceptivos, ya sea por desconocimiento, por no tener acceso a ellos, o simplemente porque la pareja prohíbe su uso. La realidad de Chile no es tan distinta. Busco, pero me cuesta en­contrar buena información. Tras un rato encuentro el documento de la Política Nacional de Salud Sexual y Salud Reproductiva del Ministerio de Salud del año 2018. En él se puede leer:


En el año 2014, el 12,07% (30.306) del total de los nacimien­tos del país correspondieron a nacidos vivos de madres ado­lescentes. Al desagregar por grupo etario, observamos que el 11,73% (29.454) corresponden a madres adolescentes de 15 a 19 años y el 0,33% (852) a adolescentes de 10 a 14 años (MINSAL, 2016).


El embarazo en adolescentes es considerado un problema so­cial, que tiene múltiples consecuencias en la vida de la adoles­cente embarazada, el padre cuando es también un adolescente, el hijo o hija y familia. Se vincula a múltiples determinantes sociales, entre los que se encuentran: bajo nivel socioeconó­mico, bajo nivel de escolaridad, menos información y educa­ción sobre sexualidad y reproducción, así como a conductas de riesgo como inicio precoz de la actividad sexual sin protección anticonceptiva.


En este mismo reporte la palabra placer se menciona ex­clusivamente en la definición que la OMS entrega de salud sexual. No aparece, sin embargo, dentro de las descripciones del informe mismo. Y eso que es un documento sobre salud sexual. Pero como triste consuelo, tampoco se hace mención al placer en el informe del INJUV del año 2019 llamado Salud Sexual y Reproductiva Juvenil: en qué está y hacia dónde vamos. Lo que sí dice este informe es que “en la Región Metropolitana se observan diferencias abismantes en la proporción de embarazo según el índice de pobreza comunal. El porcentaje de embarazo adoles­cente (15–19 años), en comunas como La Pintana; Lo Espejo y Cerro Navia es de 20,9; 20,6 y 20,4% respectivamente. En las comunas de Vitacura, Providencia y Las Condes se observa un 1,4; 2; y 2,3%”. ¿Es la pobreza o riqueza una condición de sentido de la vida?


Podríamos asumir de una manera muy simplista que el restante 87% de los nacimientos fueron totalmente deseados por tratarse de embarazos en adultos. Sabemos que no es así, pero se puede extremar el argumento. Dentro de las motivaciones más frecuentes está: la realización personal de formar una familia y conocer lo que es el amor de ser padres; darle continuidad al legado fami­liar; tener quien me cuide durante la vejez; o la presión social o cultural. Sobre esta última me referí antes.


En cualquiera de los cuatro casos –y puede haber muchos más, por cierto– pareciera ser que el sentido de la vida de las personas que nacen, el motivo por el cual llegaron a existir sería (en orden): generarles amor a los padres de por vida; ser un buen ejemplo familiar; ser un buen cuidador de ancianos; o cumplir los estándares culturales esperados. Si fueran estos los sentidos originales de la vida, de nuestra vida, no sé si todos estaríamos de acuerdo con nacer si nos hubieran preguntado. Pero ¿tiene alguna lógica buscar el sentido de la vida en las razones que hicieron que existiéramos?


Si estamos en búsqueda del sentido de la vida, debemos pararnos frente a la realidad abrumadora de seres humanos que no han –o que no hemos– nacido con el sencillo propósito de tener la oportunidad de vivir una vida libre, sino de satisfacer los deseos de unos otros. Se debe enfrentar que nuestra existencia se debe a motivaciones que nada tienen que ver con lo que uno busca como un sentido a la propia existencia. ¿Cambia en eso alguna impresión de la propia existencia?


En mi mirada, tampoco tiene mucho sentido buscarle un sentido al origen de uno mismo; al nacimiento. Si estoy vivo, no fue por mi agencia, por lo que nada puedo hacer para cambiarlo. Salvo que decida poner fin a mi existencia, como en el suicidio. Vivo estoy aunque no lo haya pedido. ¿Somos presos de nuestra vida entonces?


Si uno quisiera encarar a los padres ante sus egoístas motiva­ciones personales –como por ejemplo el deseo de ser cuidados o de formar una familia de acuerdo a sus propios estándares, siendo uno un peón de ese modelo solamente– y pedirles explicaciones de por qué no lo hicieron pensando en uno antes que en ellos mismos, no tendría sentido porque si las motivaciones hubieran sido otras, el momento de la fecundación hubiera sido otro y, por ende, otra persona hubiera nacido.


No se me ocurrió a mí una argumentación así. Derek Parfit, el mismo filósofo británico que mencioné sobre el problema de la identidad, propuso también en esa reflexión el problema de la

no-identidad personal . Si una acción particular (como el cambio climático o la modificación genética) no hubiera ocurrido, esas personas ni siquiera habrían existido. Es provocadora la postura, y esa es su gracia justamente, porque nos plantea que la mera existencia es un bien superior, por lo que no habría daño moral alguno en las acciones que se puedan haber cometido previo a que fueramos engendrados, toda vez que sin ellas no habríamos existido. Por lo tanto, daría lo mismo cuáles fueron las motiva­ciones o causas que nos trajeron al mundo.


A la base del non-identity problem de Parfit estaría que toda vida es merecedora de ser vivida. ¿Es así?

La vida, para algunos, no merece ser vivida en condiciones que no lo valen. Las circunstancias en que se desenvuelve la vida determinan su valor, pudiendo representar a veces la no existencia un estado mejor que la existencia misma. De qué otra forma se podría entender que el más puro de los amores, el amor de una madre a un hijo, pudiera llevarlas a arrojar a sus recién nacidos al fondo de una quebrada. Cruda realidad del siglo XIX descrita por Gabriel Salazar en Ser niño “huacho” en la historia de Chile, cuando declama: “¡De más valía un niño muerto y en el reino de los cielos, que vivo, hambriento y estorbando a sus madres en este valle de lágrimas!”. Ejemplos trágicos como estos han ocurrido a lo largo de la historia, y hoy día mismo siguen ocurriendo.


El filósofo del siglo XIX Arthur Schopenhauer, hoy trans­formado en un repetido meme e ícono pop en las lides asociadas al pesimismo, planteaba que la vida es merecedora de ser vivida siempre y cuando se tenga la voluntad de vivir, o wille zum leben en alemán, porque si se vive en la miseria, entiéndase miseria espiritual, social, económica, física o la que fuese que le diera sufrimiento, entonces sin esa voluntad, la vida no sería merece­dora de ser vivida.


El pensador alemán lo decía por su propia experiencia: “A los 17 años fui agarrado por la miseria de la vida, como Buda lo había sido en su juventud cuando vio la enfermedad, la ve­jez, el dolor y la muerte en todos lados. La verdad es que este mundo no podría haber sido obra de un Ser de amor, sino por un Demonio que trajera criaturas a la existencia con el fin de deleitarse con sus sufrimientos”. Su testimonio tiene mucho del budismo, por lo que una de las vías para superar esa presión innata que nos arrastra hacia adelante y obliga a vivir a como dé lugar es alcanzar la sabiduría no casándose nunca, yéndose a vivir apartado de todos y superar los instintos; como los monjes. O bien, dedicarse a la filosofía y el arte. Para él, la vida no tiene un valor intrínseco.


Schopenhauer veía la vida como una lucha constante contra el sufrimiento, y consideraba que la existencia humana estaba impregnada de dolor y deseo insatisfecho. En este contexto, el suicidio se presentaba como una opción para poner fin al sufri­miento y escapar de la voluntad de vivir, que él consideraba como el motor detrás de nuestras necesidades y deseos interminables. Sin embargo, no recomendaba el suicidio como una solución definitiva. Afirmaba que, aunque el suicidio podría liberar a una persona del sufrimiento individual, no abordaba la causa fundamental del sufrimiento humano: la voluntad de vivir. Para él, la voluntad era una fuerza ciega e implacable que impulsaba a los seres humanos hacia la búsqueda incesante de la satisfacción, lo que inevitablemente llevaba al sufrimiento.


Me inclino a compartir, pero no crean que soy un pesimista, todo lo contrario. Más bien soy de los que piensa que “un día sin bailar es un día perdido”. Como Nietzsche. Lo pienso al menos porque no lo hago todos los días, pero me gusta. Quizás porque nací el día de la danza. Soy de tener y cuidar a mis amigos, de las relaciones intensas, de saberme querido y querer mucho. Ando livianito, lo más ligero que puedo, aun cuando la vida me ha pegado fuerte no pocas veces. Es allí donde veo y doy un sentido, pero no en la existencia misma.


“Nacimos por azar, vivimos en función de una serie de leyes físico-químicas y nos vamos a morir tarde o temprano, todos, tú, tú y tú, y esto no lo cambian ni lo impiden la religión, la filosofía, las convicciones políticas, los espectáculos, el arte o el placer” dice Tony, el profesor de filosofía protagonista de Los Vencejos, de Fernando Aramburu. Una amiga me odió por recomendárselo porque Tony es detestable. Ella quería leer algo tirador para arriba, pero Tony no lo es para nada. Me disculpé, pero fui honesto: disfruté ese libro porque desde la literatura se permite decir verdades incómodas. Sí, nacimos por azar, y se haga lo que se haga, vamos a morir. No hay un sentido en el por qué llegamos a nacer. No lo hay, entonces, en que existamos. Soy yo mismo quien puede buscar y entregarle un significado, un propósito, y un sentido a las cosas que hago, las cosas que me ocurren o la suerte que me toca. No es más, ni tampoco menos. Simplemente es.


Sea como sea, nacimos para después morir, por lo que o lo asumimos y vivimos con esa consciencia en nuestras vidas, o nos damos de cabeza contra el muro esperando la iluminación que nos ayude a darle una explicación a tanto sin sentido en la vida. Si total, la vida es cíclica, con altos y bajos. Lo importante es reconocer esto para poder dimensionar en qué etapa estamos. Habrá momentos de felicidad, pero no serán para siempre. Como habrá momentos de tristeza, que tampoco serán para siempre.


La eternidad sería una condena tal vez. Lo he oído muchas veces. El alivio que entrega que esos ciclos de la vida se acaben en algún momento permite aceptar la mortalidad y vivir con esa esperanza. Esa sería la belleza de morir y que le da el sentido a la propia vida. Aunque, si no muriéramos nunca, ¿tendría otro sentido la vida?


Ya conté que mi llegada a pensar en la muerte y organizar encuentros entre desconocidos para hablar de la muerte surgió a partir de no entender por qué algunas personas querrían no morir. Por qué los transhumanistas querrían hacer de la espe­cie humana una que no envejezca y no muera, siendo que la mortalidad de la especie es la que nos hace reproducirnos, y su finitud es lo que nos da la opción de darle un sentido. Pero al mismo tiempo disfruto la vida, y si me preguntan ahora si me quiero morir mañana, les diría que no. Entonces, si me hago esa pregunta todos los días, y todos los días me siento como me he sentido, con altos y bajos, como hasta ahora, ¿por qué debiera llegar un día en que diga hasta aquí nomás llegamos?


Esa pregunta, la de no morir y buscar la vida eterna, es la que los seres humanos hemos buscado por siglos. Y quizás estemos prontos a alcanzarlo; guste o asuste.


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