Virginia Simari: “En la ficción, el único límite es la verosimilitud”
A Virginia la conocí como lectora y oyente atenta y dedicada. Dos adjetivos que juntos en su caso no redundan. Después, bastante después, como escritora, pero también como impulsora de un proyecto que debería replicarse en cada ciudad del mundo: “La justicia va a la escuela”. Como exjueza nacional en lo civil durante el periodo entre 2003 y 2022 y expresidenta de la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina (2013-2015), Virginia entendió que la única manera de construir confianza en el sistema judicial es acercándolo a los más jóvenes. Y eso es lo que desde hace años.
En 2023 publicó No digas nada, su primer libro de cuentos y, en 2024, llegó La soga (El cuento de nunca acabar). Ahora, de la mano de la misma editorial, acaba de publicar La otra historia, su primera novela: una novela hecha de retazos. Su cuento “Una vez más”, incluido en No digas nada, recibió la Mención en el Concurso de cuentos breves de la Comisión de Cultura de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional argentina.
Su doble condición de exjueza y de escritora abre un abanico de miradas entre lo sociológico y lo literario. Ninguna está exenta de la otra. La otra historia, como reza el título de su último libro, es también esa que nace de una escritura marcada por las líneas fronterizas que solo en los papeles separan lo que somos de lo que hacemos.
Pasás de dos libros de cuentos a tu primera novela, que se arma a partir de escenas y relatos conectados. ¿Por qué no soltar del todo el cuento?
Me gustó la idea de jugar con esa estructura, era un desafío. Algunos capítulos se autoabastecen y conforman una historia en sí mismos, quizás por eso pueden presentar una fisonomía cercana al cuento; sin embargo, a su vez, todos responden y se enhebran en el hilo central de la historia (y de la otra historia). Esa alternativa me resultaba muy funcional para el contraste entre las vidas de los dos personaje centrales.
Por otro lado, la división de la novela en dos partes se vincula con el espejo que representa cada una de ambas con relación a la otra. A medida que avanza el relato, ya en el segundo tramo en más de un capítulo, el lector advierte una historia que le resuena aunque narrada desde otra voz, desde otra perspectiva, otra vivencia. De hecho, hay quienes la calificaron como una novela dentro de una novela, aunque en ello influyen los desenlaces de ambas partes.
En el imaginario, el cuento carga con el karma de ser un género menor aunque además de no ser así, tiene la peculiar característica del knock out que bien vale cuidar y cultivar como recurso cuando la trama de la obra y el timbre del capítulo lo permiten.
¿De dónde viene el título?
Hay allí un juego a dos bandas. Por un lado, el título hace referencia a la otra vida, a la otra historia que la protagonista aspira a que también merezca ser contada tanto como la suya. Por el otro, alude a la misma historia aunque mirada desde el punto de vista de quien la observa y no de quien la vive.
Hablás de mandatos, culpas y deseos postergados como motor del libro. ¿Qué mandato específico (el que más se repite en las mujeres que conociste, en los expedientes o en tu propia familia) te costó más escribir o describir sin caer en estereotipos?
No sé si lo que más me costó pero sé que lo que más me interesaba era todo aquello que tuviera que ver con el lugar de la mujer en el manejo del dinero y con la toma de decisiones a ese respecto; hay un mundo por debajo de ese tema y constituye una cuestión estrechamente ligada a la independencia. En muchos casos, diría que en la mayoría, está invisibilizado y naturalizado aún entre las mujeres; de ahí también la necesidad de abordarlo dejando de lado los estereotipos ya no tan solo en pos de la virtud o el acierto literario, sino para que no resulte afectada la eficacia del impacto y de su capacidad de interpelar. Es un punto álgido e inquietante, en demasiados supuestos la mujer no advierte que allí hay un problema, hay sometimientos sutiles que construyen la lógica de las relaciones que requerían ser presentados con esa misma sutileza con que conviven en lo cotidiano. Y por otra parte, una vez que alguien logra ver el problema, le queda todavía un difícil camino hasta animarse a resolverlo frente a un entorno adverso a que lo logre; volviendo a tu pregunta, de ahí precisamente el desafío de abordarlo desde lugares distintos a los obvios.
Elegiste escenas conectadas en vez de una línea narrativa continua. ¿Qué te permitía esa fragmentación que una novela clásica no?
Esa fragmentación me permitía desplegar una línea de tiempo con las consiguientes vivencias, mucho más amplia; recorrer casi toda la vida del personaje en los momentos en que sucedían situaciones relevantes para los contrastes y los saltos sin necesidad recurrir a la secuencia temporal de cada suceso. Las características de ambas vidas y el contrapunto además de permitirlo, casi lo imponían.
¿Alguna de esas escenas nació como cuento suelto y después encontró su lugar en este libro, o todo se escribió ya pensando como un conjunto?
Todo se escribió pensando en el conjunto; así fue concebida la novela desde el inicio.
Diecisiete años como jueza civil, presidiendo además la Asociación de Mujeres Jueces. ¿Cuánto de lo que no podías escribir en una sentencia terminó en esta novela?
Sin duda, los escritores estamos moldeados por lo que somos, por nuestras vivencias, nuestras emociones, nuestras preocupaciones. De manera que mi vida dedicada a la judicatura no debe estar exenta de eso y debe permear en mí. De algún modo la trayectoria te constituye, te marca. Al decidir un conflicto y redactar la sentencia te abocás a un caso en el que los hechos están dados, obviamente en la medida en que estén demostrados; en cambio, al escribir ficción, construís el caso, lo creás, lo diseñás y el único límite es la verosimilitud. En ese sentido, te diría que la ventaja de la ficción es que el escritor no depende de que los hechos estén probados, es él quien los crea y allí están para poder hablar de aquello que quiera poner sobre la mesa, pero de nuevo debe estar atento al verosímil, aun cuando muchas veces sea la realidad la que pueda resultar inverosímil.
Dirigís, además, "La Justicia va a la Escuela", un Programa pensado para adolescentes que procura acercar el sistema judicial a la ciudadanía. ¿Te parece que se escribe distinto para mujeres adultas que cargan mandatos hace décadas que para una piba de 16 a la que todavía se los están instalando?
Los mandatos se instalan, me atrevería a decirte, los instalamos desde siempre, desde la infancia y a lo largo de toda la crianza. A través de conductas, expresiones y silencios se van instalando en los modelos que se transmiten de manera tan sutil que en muchos casos no lo advierte ni siquiera quien lo está transmitiendo. Por esa razón, al comienzo de esta respuesta te decía “los instalamos”, en la certeza de que el mejor camino para evitar caer en ello es estar atentos a que todos, hasta el más agudo y más pintado, de algún modo contribuye a esa cultura que deseamos modificar. Dicho esto, entiendo que las historias pueden llegar de igual modo a los adultos que a los adolescentes, eventualmente podrá variar lo folclórico en cada caso para ofrecer proximidad, pero creo que los jóvenes están en condiciones de interpretar de qué hablamos en todos los supuestos. Por lo demás, apuesto a que la literatura que aborda la problemática de las mujeres, los mandatos y demás sea vista como literatura dirigida a cualquier lector y no como literatura femenina. Los problemas de las mujeres son problemas de la sociedad en su conjunto: aquello que afecta la calidad de vida de la mujer afecta la calidad de la sociedad. Por lo demás, no olvidemos que los hombres son hijos de mujeres y pueden ser hermanos, parejas y padres de mujeres.
Con No digas nada y La soga hay una progresión de títulos: silencio, sometimiento. Ahora, con la novela, aparece la disputa por el relato. ¿Se puede pensar tu obra como una especie de trilogía?
Una especie de trilogía… no lo había pensado de ese modo, pero es muy cierto que hay un hilo que atraviesa las tres obras. Aún con historias y tonos muy diversos y desde géneros distintos, en los tres libros subyace la preocupación por la palabra, por lo dicho, lo omitido, lo callado. Es probable que sea como decís.
El rol del editor suele ser clave en algunos libros. En tu caso, ¿hubo algún comentario o sugerencia de tu editora, Delia Sisro, que te haya llevado a cambiar algo importante del libro o a dar directamente un volantazo?
Es cierto que el rol del editor, en este caso la editora Delia Sisro, es clave. Su lectura es diferente a la de cualquier lector por experto y exigente que sea. Delia Sisro como editora lee otra cosa, va más allá. Para mí es una tranquilidad enorme que la obra haya pasado por su manos. Ahora bien y sin perjuicio de eso, la respuesta a tu pregunta es que no hubo ninguna sugerencia, propuesta ni comentario de Delia que me llevara a dar un volantazo ni a cambiar nada importante. Una vez que leyó el original, ella consideró que había allí una buena historia, una buena novela y comenzó entonces el proceso de edición.
¿Qué estás leyendo ahora y qué libro releés cada tanto (y por qué)?
Estoy leyendo El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes de Tatiana Tibuleac, no estoy pudiendo soltarlo, es de una sensibilidad notable,
Las gratitudes, de Delphine de Vigan, es un libro que releo. Con una prosa sencilla y exquisita a la vez que te sumerge en las emociones y en los sentimientos de los personajes con pinceladas sutiles que logran que lo mínimo se respire en profundidad. También esto pasará, de Milena Busquets, es otro libro que tiene esa condición. Son de esas obras que logran trascender la historia que narran, dejan una huella que se instala y atraviesa sus páginas como si te esperara, sabés que podés recurrir a sus sensaciones e imágenes más allá del libro en cualquier momento.
La otra historia
Virginia Simari
Ed. El cuento de nunca acabar,.2026


















































