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La doble paradoja 

hace 10 horas
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La pregunta “¿Qué sueña la muerte?” con que se titula la muestra de Paula Valenzuela Antúnez en Galería CIMA no es solo el destello luminoso de sus letras en una caja de luz, sino también el inicio abrupto del viaje interior al que la artista conduce al espectador. La inmersión en el sueño y en la muerte, esta última personificada en el título, desorienta durante el recorrido. Mientras el sueño constituye una experiencia cotidiana desde el comienzo de la vida humana, la muerte es una experiencia que no podemos conocer directamente, aun cuando tomamos conciencia de su presencia inefable. Por ello, la representación de la muerte danza en torno al arte desde tiempos primordiales. De algún modo, la pregunta introduce una primera paradoja, de orden semántico, al atribuirle a la muerte una actividad psíquica propia de los seres vivos, abriendo la posibilidad de imaginar una interioridad imposible, aquella donde la muerte sueña. De tal modo, ese gesto desplaza la mirada hacia aquello que habitualmente permanece fuera de nuestro alcance perceptivo, evocando una suerte de retorno simbólico a las sensaciones internas del propio organismo.


El tránsito se inicia con un tríptico de la carnación que delinea brillosas materialidades vasculares y musculares empastadas. Frente a esta pieza, tres discretos velos caen de techo a piso, con palabras anaranjadas de la pintora que murmuran su pensamiento mientras las organzas translúcidas mecen suavemente la ciudad tras de sí. En total, seis obras al acrílico sobre tela (el tríptico y otras cinco pinturas) condensan un clímax cromático bajo un constante “push and pull” de forma y color, a la usanza de ciertos procedimientos del expresionismo abstracto. Del tríptico inicial a las cinco obras siguientes, el ritmo se acelera y la intensidad cromática se densifica, sin pausa ni dilatación. El paseante recorre el interior de un cuerpo biológico. Las figuras biomórficas fluyen tanto en veladuras como en impastos sinuosos, o bien se vuelven formas curvas laminadas y envolventes con bordes definidos. El color establece impetuosamente contrastes de temperatura, luminosidad, saturación y oposición, agitando órganos y pliegues, imaginaciones cromáticas que simultáneamente se necesitan y repelen, cual sístole y diástole. Aquí se hace visible una segunda paradoja: la pintura ofrece a la mirada una experiencia de la interioridad corporal que escapa a la visión. Mediante este juego de atracción y repulsión, la autora, más que representar el interior anatómico de un cuerpo, convoca una experiencia interoceptiva, en la que los contrastes cromáticos reverberan movimientos internos. Así, los intersticios de la vida psíquica vibran hasta saturar el pulso de la mirada.


Quizás la pregunta no sea, finalmente, qué sueña la muerte, sino qué puede todavía imaginar la pintura acerca de aquello que no podemos conocer. En ese sentido, la muestra de Paula Valenzuela nos conduce hacia preguntas fundamentales a partir de la muerte y el sueño, reafirmando no solo lo que la pintura aún puede explorar, sino también la persistencia de los misterios primordiales que nos recuerdan que somos humanos.




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