Manuel García Pérez: “Lo más importante de la escritura es lo que no se dice”
Manuel García Pérez es doctor en Filología Hispánica, licenciado en Antropología y crítico literario en Mundiario. Su último poemario, Vida y época de la ausente Eileen (Editorial Renacimiento, 2025), nació de un cruce inesperado: mientras preparaba un artículo sobre Lorrie Moore y Otessa Moshfegh, sus propias notas de lectura empezaron a organizarse en una biografía ficticia. De ahí surgió Eileen, un personaje que dialoga con Mi nombre era Eileen, pero que termina pareciéndose, según confiesa el autor, a su madre: una mujer que enviudó joven y tuvo que sostenerse sola contra un futuro incierto.
Conversamos con García Pérez sobre la construcción de ese libro —atravesado por referencias literarias, pictóricas y farmacológicas—, sobre el duelo por su padre y el nacimiento de sus hijos como puntos de inflexión en su escritura, y sobre un tema que recorre buena parte de la conversación: qué puede y qué no puede hacer la inteligencia artificial con la poesía.
El título dialoga abiertamente con Mi nombre era Eileen, de Moshfegh. ¿Qué te atrajo de esa Eileen para convertirla en eje de un poemario propio, sin ser una reescritura?
El origen del poemario surge de una serie de notas que fui tomando de algunas novelas actuales de autoras como Lorrie Moore y Otessa Moshfegh. Estaba preparando un artículo para Mundiario sobre estas autoras cuando, al revisar varias veces mis apuntes y algunos párrafos extraídos de sus obras, descubrí que tenía elaborada una biografía ficticia que me podía permitir escribir varios poemas. Y así empezó todo el proceso de creación de mi último poemario.
El personaje de Eileen de mi libro dista mucho del de Moshfegh, pero, de alguna manera, está inspirado en esa sensación de orfandad y de frustración que destilan las mujeres de estas autoras anglosajonas.
Sin embargo, conforme escribía el libro y lo iba corrigiendo, me percataba de que Eileen era mi madre y todas esas mujeres que enviudan muy pronto y tienen que salir adelante, mantenerse a flote pese a la adversidad y la dureza de un futuro tan incierto como pesimista. Eileen, en efecto, tiene mucho de mi madre. Sola, entregada y autosuficiente, capaz de disfrazar la realidad para no desistir.
Hay mucha referencia a otros libros, otros textos, otros autores. Tu libro es especialmente intertextual. ¿Fue algo pensado de antemano?
Sí, porque surge de una labor de crítica literaria y, a partir de ahí, quise que, en el poemario, resonasen otras voces, otros textos, música, todo aquello que permita darle volumen, verismo y profundidad a los versos.
Vida y época de la ausente Eileen es un poemario que habla desde dentro hacia afuera, como los cuadros de Hopper, que también están muy presentes. Voces de mujeres encerradas que miran por la ventana cómo pasa la vida. Voces de libros que han hecho mella en mí y que ahora adquieren un cuerpo, una identidad, a través de Eileen, Rebeca, unos padres intermitentes.
Necesitaba que las referencias culturales, al igual que las de fármacos o maquillaje, abundasen en el libro para hacer de Eileen ese personaje inspirado en la decadencia de un mundo en el que la compasión es una carga.
¿Qué se rompió o qué maduró en tu manera de escribir poesía, desde tus comienzos hasta el presente?
No estoy muy seguro porque, al final, son los lectores los que observan tu progreso. Considero que, al principio, uno intenta esbozar un mundo personal basado en las lecturas que lo han ido formando. Así sucedió con mi primer libro, Luz de los escombros. Luego, según te golpea la vida, empiezas a asimilar que la depresión, la ansiedad y la frustración pueden convertirse en un lastre. Su invisibilidad es cruel y creo que, en mi caso, algunos episodios de mi vida zarandeados por ese tipo de patologías han ido marcando la evolución de mi escritura.
Entiendo la literatura desde la incomodidad, desde el trauma, esto es, la literatura como un golpe de efecto que te deja fuera de juego. Por esa razón, he ido ganando en sinceridad y en revelar dramas personales en conductas tediosas, rutinarias, en las que nadie repara, pero que están cargadas de dramatismo e incomprensión.
La muerte de mi padre con 56 años y el nacimiento de mis dos hijos al año siguiente han hecho que mi escritura se entregue a esas zonas de penumbra en las que siempre es difícil explicar el sentido de la muerte, si es que tiene alguno. Pero es cierto que mi voz medra en ese cuestionamiento continuo y del que no puedo prescindir.
Sos doctor en Filología Hispánica, licenciado en Antropología y crítico literario en Mundiario. ¿Cómo convive el ojo del crítico con el del poeta cuando te sentás a escribir?
He tenido suerte con eso. No hay comunicación posible entre esas dos facetas por lo siguiente: mi trabajo como crítico responde al de lector y al de filólogo. Es una actividad de ambición intelectual que me enriquece mucho y me permite profundizar sobre la escritura como fenómeno a partir de las consideraciones y visiones de otros autores y sus obras.
Sin embargo, mi labor como escritor se origina en lo visceral, nace en las tripas, a partir de un recelo contra el mundo. Contemplo la creación como una actividad instintiva, casi visionaria, en la que mi percepción de la muerte y el duelo están muy presentes. Este carácter emocional extremo dista mucho del ejercicio sosegado y reflexivo de las reseñas literarias. Aunque mi último poemario tiene su origen en notas críticas, el desarrollo de la obra responde a esa percepción personal sobre la existencia que ha ido adquiriendo matices según han crecido mis hijos y he ido asimilando el duelo de varias ausencias.
¿Pensaste el orden del libro como una progresión narrativa o preferís que el lector arme su propia secuencia?
Tuve claro que debía explicar quién era Eileen en los primeros poemas. Luego fui armando una segunda parte desde sus relaciones y su adicción a fármacos que le permiten mantenerla a flote. El final es esperanzador. No quería un desenlace fatalista, sino que el libro cerrara con un mensaje de alguien al que le ha fallado el matrimonio, los padres, la familia, algunas instituciones, pero que quiere resistir como una forma de ser en el mundo, pese a los reveses y la mala suerte.
Eileen reconoce el daño de los otros en su vida, pero sabe que no puede rendirse porque vivir es un milagro en sí mismo, una manera de participar de una experiencia colectiva que siempre resulta inédita cuando te asomas a la ventana y contemplas la vastedad, lo complejo que es todo lo que nos rodea por muy tedioso que sea, pese al hastío que a veces es más retador que la angustia a vivir sin esperanza.
Hay modelos de IA que ya escriben verso con métrica correcta y hasta con cierta voz, imitada o reciclada. ¿Qué es, para vos, lo que todavía no se puede simular en un poema?
Por ahora, la IA no puede aproximarse al pensamiento poético debido a dos motivos: el primero es que la poesía es intuitiva y surge de una ruptura del lenguaje que es también una ruptura de creencias e ideologías. El segundo es que la IA no tiene una biografía personal basada en una memoria de emociones que se asienta en la percepción sensitiva de múltiples escenarios. Puede intentarlo y no sé si algún día lo conseguirá.
En este momento, no puede permitirse un sentido de libertad lingüística y sintáctica que nace desde una introspección de la realidad, donde las palabras precisamente tienen poco que decir. La poesía verdadera es todo lo contrario al funcionamiento de un algoritmo. Lo que hace un poema es romper y trascender algoritmos y decisiones automatizadas.
Quizá lo menos importante de un poema son las palabras. Lo relevante son las fisuras, los espacios en blanco, las elipsis, aquello que no se dice, pero que lo dice todo. Por ahora, la IA no puede aproximarse a ese envés del lenguaje que escapa a la matemática incluso.
¿Te parece que la poesía necesita defenderse de la IA, o que más bien la obliga a redefinir qué la hace insustituible?
Ahora mismo, existe una generación de poetas en castellano que es magnífica, con diversas estéticas y corrientes de estilo. Creo que estamos en uno de los mejores momentos de la poesía, superando con creces a épocas anteriores de gran producción.
Si partimos de ese concepto de extrañamiento y disonancia que caracteriza a la poesía, la IA no puede corromper ese ejercicio creativo. Siempre que la poesía se caracterice por su rasgo de innovación y sobrecogimiento, no tendrá necesidad de defenderse de la IA, que ahora mismo puede emular estilos con mejor o peor fortuna. Pero la autenticidad y esa sensación de lectura inédita que tiene un poema con rigor, nacido de una voz viva, dista mucho de los algoritmos, porque la poesía no es solo matemática, aunque a Galileo le pese esta afirmación.
¿Usás o probaste alguna herramienta de IA en tu proceso —de investigación, de edición— o la mantenés totalmente afuera?
Es una frivolidad no usarla, puesto que es una fuente de documentación rapidísima. En la construcción de relatos, poemas o novelas, usar la IA para buscar todo lo referente a dataciones históricas, marcas publicitarias, vestidos de época o detalles costumbristas es de una gran utilidad práctica.
Otra cosa bien distinta es usar la IA como si fuese un autor en la sombra o un autor fantasma, lo que tradicionalmente se conoce como “negro”. En este caso, la IA puede ser demoledora y lo está siendo en muchos casos de autopublicación en plataformas, especialmente en la creación de novelas y narrativas de género como la romántica o el thriller, donde el estilo pasa a un segundo plano para dar prioridad al argumento.
La IA ya puede hacer perfectamente esa clase de novelas que no requieren ningún tipo de extrañamiento del lenguaje o de personalidad de estilo. Ahí estamos perdidos. Estoy seguro de que, detrás de muchos pseudónimos que firman novelas destinadas puramente al entretenimiento, hay un algoritmo. Creo que muchas novelas que están circulando ya con notable éxito son artefactos IA.
¿Hay algo que aprendiste leyendo para reseñar que después se te coló, sin querer, en tu propia poesía?
El caso de mi último poemario es una prueba. Por lo general, las lecturas y las reseñas me permiten adentrarme en el análisis estilístico y estructural de obras de diferentes estéticas. Al final, se adquieren nuevas estrategias comunicativas que surgen de la exploración de esos textos. Hay un sentido borgesiano siempre cuando dedicas mucho tiempo a la crítica literaria, pues la metaficción se convierte en un horizonte de creación y de lectura que están siempre presentes. Otra cosa diferente es que se materialice en la producción de una obra. Vida y época de la ausente Eileen surge de unas notas críticas, pero el resultado final es un proceso de autonomía creativa que nada tiene que ver con mis reseñas.
La ausencia funciona como fuerza organizadora del libro más que como tema explícito. ¿Cómo se escribe alrededor de algo sin nombrarlo del todo?
Lo más importante de la escritura es lo que no se dice. Los espacios en blanco, las elipsis y los elementos paralingüísticos son rasgos comunicativos que arraigan en esa ausencia-presente, concepto muy propio de la fenomenología. De alguna manera, en mi poesía, subyace siempre esa necesidad de que la palabra escrita actúe como intermediación entre vivos y muertos.
Me cuesta entender el proceso creativo desde lo lúdico; hay una condición filosófica en la creación que aproxima la literatura a un proceso de expresión que trasciende, que busca una visión espiritual del mundo en la que el poeta se convierte en una especie de chamán, de sacerdote que oficia la comunión entre los ausentes y los vivos.
La trascendencia surge de esa comunión que nos recuerda que somos seres predestinados para la muerte, pero a sabiendas de que nuestra biografía se construye en esa interacción de vida e incertidumbre. Lo escrito queda como testimonio de esa proximidad constante a nuestra desaparición.
¿Qué estás leyendo ahora mismo?
Me he concentrado en la lectura de un clásico de la literatura norteamericana como es La broma infinita, de David Foster Wallace. Es un reto que tenía pendiente desde hace años y necesitaba afrontarlo como crítico y filólogo. No está siendo nada fácil, pero me está permitiendo profundizar en nuevas formas de construcción narrativa basadas en una crítica feroz al industrialismo y a la tecnología de nuestra posmodernidad. Creo que Wallace hace una reinterpretación mastodóntica de obras como 1984 o Un mundo feliz.
¿Hay algún libro que releas cada tanto, como ritual?
Siempre he sostenido que Crimen y castigo fue un punto de inflexión en mi vida cuando tenía dieciséis años. La relectura de las obras de Dostoyevski siempre está presente en mi vida. Uno necesita adentrarse en aquellos estímulos primitivos que le llevaron a cometer ese error sagrado de la escritura.
El autor ruso rompe con muchos estereotipos y convenciones. La reivindicación que hace del antihéroe y esa violencia explícita que aparece a lo largo de la novela marcaron mucho mi concepción de la literatura, alejándola del dogmatismo o de ideologías esnobistas que no pueden representar a un creador que se obsesiona con ese diálogo continuo con los muertos.
Vida y época de la ausente Eileen
Manuel García Pérez
Editorial Renacimiento, 2025


















































