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Stereo, de David Cronenberg: los comienzos del body horror


Stereo (también denominada Stereo (Tile 3B of a CAEE Educational Mosaic es un mediometraje canadiense de ciencia ficción. Escrito, producido, dirigido, rodado y ​montado por David Cronenberg destaca por ser el primer largometraje del realizador (1969) tras sus cortometrajes Transfer (1966) y From the Drain (1967). Filmado en blanco y negro, sin sonido ambiente y dotado de un marcado carácter experimental, está interpretado por Ronald Mdlozik, actor recurrente en las primeras películas del joven Cronenberg.


Ambientada en algún momento indeterminado del futuro, la trama comienza en la Academia Canadiense de Investigación Erótica y sus investigaciones basadas en las teorías del parapsicólogo Luther Stringfellow. Siete jóvenes adultos se ofrecen como voluntarios para someterse a una cirugía cerebral que les quita el poder del habla, aumentando su poder para la comunicación telepática. Un grupo invisible de estudiantes observa el desarrollo y los resultados del experimento.


A medida que avanza la investigación las teorías de Stringfellow se ven confirmadas. En un estadio avanzado se introducen afrodisíacos y otras drogas a los voluntarios para sacar a la luz una perversidad polimorfa inherente, intentando probar que los voluntarios son capaces de sentir placer sexual de muchos modos diferentes respecto a la norma social más común. Al final los siete jóvenes quedan aislados unos de otros, provocando antagonismo y violencia entre ellos, desembocando en el suicidio de dos de sus participantes.


Stereo tiene en su concepción cinematográfica casi todos los elementos del cine del extremo director canadiense. Comienza con una plano secuencia, donde un helicóptero, lentamente, se aproxima a un edificio con aspecto de hospital: se toma un tiempo, entre otros planos, hasta aterrizar. Del helicóptero desciende un joven con aspecto pálido, entre un jovencísimo lord Byron, o uno de esos vampiros de la posmoderna serie Crepúsculo: Vestido con una capa negra, un bastón de madera, y un gesto entre impertérrito y perdido, busca, entre los cristales y corredores límpidos del edificio-sanatorio, al “anfitrión”: son Ronald Mlodzik (acreditado como Ron Mlodzik) y Jjack Mesinger, el “anfitrión”, ambos actores de los primeros mediometrajes de Cronenberg. No tienen nombre propio, uno es el extraño joven que se somete voluntariamente –junto a otros seis individuos - a la experimentación erótica y telepática. La cinta, concebida como un experimento psicosomático y, a la vez, telepático y corporal, sicotrópico y erótico, narrada en una voz en off -o varias, quizá de ahí el Stereo de la narración en off- relata un experimento "gestáltico" para explorar la sexualidad humana.


Se trata de demostrar a través de la morfología erótica y la forma como se relacionan las mentes en la comunicación telepática -son telépatas, como en Scanners todos los sujetos del experimento- que la heterosexualidad, la homosexualidad, y cualquier tipo de sexualidad considerada como normada, finalmente se reduce, pasando por la experiencia del amor/telepático a una llamada "omnisexualidad", que abarca todas las formas de sexualidad sin definición dualista ni siquiera transversal, como quiere demostrar el Dr Strenfellow –siempre mencionado, pero como omnipresencia invisible-, el (im)posible, director del Centro.


En un edifico lúgubre y aséptico sanatorio, que lo aumenta el blanco y negro de la fotografía, el fin del experimento desemboca en un fracaso (o demostración ad absurdum) final de la nueva sexualidad, que termina en múltiples formas de perversión y violencia destructiva de los telépatas: vampirismo, necrofilia y canibalismo sexual (no explícito, narrado en las voces en off). Una cinta de ciencia ficción de erotismo extremo, biofarmacológica y hipersexual, que adelanta la segunda y la última cinta de Cronenberg: Crímenes del Futuro: los cuerpos, también, en una suerte de remedos, o maniquíes plásticos, muestran tanto el interior como el exterior de su envoltura, en una parodia de la experimentación erótica y telequinésica. Desde ya la propuesta cinematográfica es inquietante, disfórica y disruptiva.


En Stereo, Cronenberg muestra su pesimista y distópica visión del mundo y de la humanidad –y de la sexualidad sin amor-, y sobre todo del cuerpo y su (in)volución anti-darwiniana, por decirlo de manera suave. Aún, sí, no introduce el gore en su estética, como en The Flay o la ya citada Scanners. Stereo es fría, como el experimento "erótico" mismo que pone en escena. Fría, desequilibrada y cruel. Y muy desquiciada, pero quirúrgica, como el proyecto del Dr. Stelngfellow.



Crímenes del Futuro, 1970


En una época indeterminada, suceden los primeros Crímenes del futuro de David Cronenberg. Un dermatólogo trastornado por el deseo y el poder que conllevaría una nueva belleza, Antonie Rouge (Cronenberg), comienza a narrar la historia –la del filme-, en una voz en off. Después de ver un primer plano de manos de mujeres y niños, que juegan con unos frutos y objetos sobre un piso de tierra enuncia: "Yo soy Antonie Rouge", en off la voz que narra superpuesta a una música electrónica y entrecortada.


Pero la historia de lo que vemos es narrada en un centro cosmetológico por un discípulo de Rouge, que ha desaparecido por el fracaso de su experimento. No sabemos dónde ni que ha sido de él. Quien cuenta la distópica historia es su principal discípulo, Adrian Tripod, interpretado en el segundo mediometraje de Cronenberg, por el actor Ronald Miodziz -Stereo-, esta vez vestido con un abrigo negro hasta el cuello, lentes de cristales transparentes y estructura frágil, como su engañosa complexión: mientras narra, acompañado por dos cómplices, vestidos de batas blancas, en un edificio impoluto como el de Stereo, pero ahora filmado en colores planos y neutros, explica su proyecto (o el de Rouge, que es él mismo).


Cuando habla, en una voz en off superpuesta a su rostro sin inflexiones ni emociones, neutra, cuenta la manera de buscar la solución que su "maestro" o mentor produjo: una enfermedad conocida como el "mal de Rouge", que terminó acabando con la vida de millones de mujeres adultas, es decir casi toda la población femenina de Canadá (o del Mundo). Para este fin, se rodea de hombres heterosexuales (un mundo sin mujeres) que, como en la nueva Crímenes del futuro, comienzan a desarrollar nuevos órganos corporales sin una función precisa. Para encontrar una salida a este mundo sin mujeres, Tripod, se une grupo de pedófilos heterosexuales cuyo plan es "fecundar" a una niña de cinco años.


Para cumplir su plan, raptan a la chica y Tripod es el escogido para inseminarla con sus fluidos sin capacidad reproductiva, que se ven de vez en cuando en la cinta, como semen cayendo en un vacío indeterminado. La última mujer que sobrevive en la cinta, una chica pelirroja y bella, es drogada, torturada y violada por los pedófilos, y finalmente, vampirizada -en una escena vampírica muda, donde Tripod le hunde los dientes en el cuello hasta desangrarla, en la más Hammer Films.


Toda la trama y las escenas transcurren en un aséptico y a la vez sicotrópico edificio, que en su arquitectura hiperrealista, y transparente es, a la vez, un centro de tortura y experimentación aterrador, por su asepsia, por la música entrecortada y electrónica -que no sabemos si es incidental o propia del edifico, como si este exudara de los muros y sus intersticios, y, a veces, por el silencio que acompaña las imágenes, que nada tienen de violencia extrema ni gore -quizá la toma de la vampirización- , pero en sus planos, justamente por su transparencia, inquietan aún más al espectador.


Las últimas imágenes son perturbadoras: unos planos secuencia, donde en una sala de muebles afelpados, plásticos u de otro material indeterminado; vemos a la niña de cinco años raptada por los pedófilos, para "inseminarla", con un fluido seminal inocuo, y que mira sin saber qué ocurre a la cámara, y su cuerpo pequeño e inquieto con la mirada extraviada y dubitativa, nos impele, fuera de la pantalla, sin capacidad de reacción, solo la de la mirada, los voyeristas del miedo en la sala del cine o en la pantalla de medianoche de la TV.


Acto o secuela seguida, Tripod entra a la pieza o sala donde está la niña, la mira, la rodea y comienza a sacarse la ropa, chaqueta, camisa, camiseta, todos ropajes negros, y la mira desconcertado y a la vez con un gesto que no sabemos si de deseo o una fría disección de deber, de cumplir con los designios de su maestro Antoine Rouge o su propio designio, que ya son el mismo: "Un mundo sin mujeres" -dice el propio Cronenberg, en su performance como actor-"donde los hombres son obligados a observar la feminidad del planeta, porque la dualidad y el equilibrio es necesario".


David Cronenberg plantea en Crímenes del futuro de 1970, una fusión psiquíca de los sexos. La idea de un hombre encarnado en mujer (Rouge/Tripod); pero consciente de su pasado como hombre. La metáfora de una regresión a la infancia sin sexualidad, sin diferencia sexual, cuando no existe otra cosa que la manipulación política y perversa del cuerpo -cuando es tiempo- y sus funciones externas, desde el adulto y sus predeterminaciones ideológicas y biodominantes.


Visualmente, Crímenes del futuro de 1970, no es tan extrema ni distópica ni gore como Crímenes del futuro de 2022, pero si la visionamos, ya sea en DVD o en el soporte en que se pueda hallar ahora, la pura secuencia encadenada final de la niña de cinco años, que será inseminada para infertilizarla, deja con una sensación de horror perturbador y doloroso, por un largo rato, después del visionado. Si se puede borrar. Finalmente, es la violación por motivos de poder y locura patriarcal de una niña de cinco años, para que no haya más mujeres en el mundo. Un verdadero y cruel crimen del futuro, o de siempre, según David Cronenberg.


Thomas Harris













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