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Zona de sacrificio [Adelanto]

Los que conocieron de pequeño al Extraño recuerdan como si fuera hoy, cómo caía en sus trances. Esas fueron las primeras huellas de su enfermedad. Su enfermedad fue categorizada de plano- por los expertos- como “Síndrome de Alicia en el país de las Maravillas”. Las huellas comenzaron a presentársele, inclusive antes de cumplir los ocho. Pero lo más raro de todo no fue eso, no fue la edad en que comenzó a adquirir su condición. Lo más excepcional de todo, más bien, fue, el optimismo con que la enfrentaba. Mientras que para la psiquiatría moderna era un mal “terrible”, para él constituía la vía más eficiente de disgregación.


Los trances eran su única oportunidad de huir del mundo. Al igual que Alicia (aquella niña de pelo blanquecino de la literatura inglesa), lograba experimentar grandes lagunas de tiempo y espacio. Veía objetos o partes de su cuerpo que crecían o empequeñecían; de más grandes a más pequeñas, o de más pequeñas a más grandes, sin transición alguna. Presenciaba en tiempo real su transfiguración. Observaba cómo las yemas de sus dedos iban hinchándose hasta alcanzar las dimensiones de un gigante, y luego cómo iban disminuyéndose hasta alcanzar las medidas del muñón de una criatura. A sus ojos, los perros también podían mutar; pasar de tener el tamaño de un ratón al porte de un león. Ciertamente, no tenía conciencia de nada de lo que le pasaba. Le ocurrían muchas cosas. Millares, aunque de lo único que de verdad podía estar seguro era de que no guardaba ninguna clase de recuerdo de nada de lo que le ocurría.


Luego de que se despertaba, de hecho, jamás intentaba entender ni el origen ni la razón por la cual se había perdido por tan largo tiempo de sí mismo. De lo único que sí tenía conciencia eso sí. De lo único, que desde un inicio tuvo conciencia, era de que su enfermedad lograba convertirlo de cuajo en el primer ser humano oficial del pueblo, que desde que se había instalado la Empresa, adquiría una condición mental. Fue, ciertamente, el único enfermo con menos de veinte años, y su resignación logró quebrar los nervios de todos los que lo vieron. Todos, al presenciar sus primeros trances, de verdad creyeron, que no solo no le traían mayores problemas, sino que además, los disfrutaba, que experimentaba un cierto placer en ellos. En una oportunidad, por ejemplo, una vecina, solo por satisfacer su curiosidad, tuvo la ocurrencia de sacarlo de su encierro, acarreándolo a la fuerza hasta un hospital de Santiago en bus, solo para examinarlo y comprobar si de verdad disfrutaba sus trances.

El hospital quedaba a varios kilómetros de los centros urbanos más importantes, y fue allí mismo donde le explicaron que sus alucinaciones se debían más a alguna clase de “virus desconocido”, causado por alguna rarísima contaminación que estaba presentándose en el medio ambiente donde vivía, que a otras causas hereditarias.


A su vecina las palabras del médico, que hablaba sin interrupción bajo sus bigotes canosos, le sonaron tan inteligibles como si le hubiesen estado hablando de la Teoría del Cosmos. Únicamente se limitó a asentir. No entendió ni un décimo del contenido de lo que le decían. El médico auscultaba al Extraño, mientras mascullaba escasísimas frases de difícil digestión, frente a lo que nadie preguntaba nada. Sin embargo, la vecina igual entendió que la enfermedad que tenía el Extraño, no tenía cura.

—La única manera de paliar esta tragedia sería buscándole su lado amable —le dijo el médico. ¿Y cuál sería ese? —Le preguntó la vecina, frente a lo cual el profesional le explicó que lo positivo que tenía era, que podía llegar a potenciar enormemente la imaginación humana. Le explicó, por ejemplo, que si Lewis Carroll, uno de los escritores más famosos del mundo, había logrado escribir un libro tan exitoso como Alicia en el País de las Maravillas gracias a esta condición, entonces cómo no iba a ser posible que este chico hiciera lo mismo —le dijo el médico—, ante lo cual la vecina solo se quedó mirándolo.

—Mmmm, no sé. Él no tiene ni una gota de imaginación o inteligencia —le contestó la mujer, devolviéndose casi de inmediato al pueblo, dejando al Extraño allí. Ya una vez que había arribado, le transmitió casi literal a la madre del Extraño, el diálogo que había sostenido con el doctor. Pero ésta solo se limitó a escucharla, no le cuestionó ninguna decisión ni emitió palabra. La mayor parte del tiempo era así; la mayor parte del tiempo solo se la pasaba muda.


De esa manera el Extraño se quedó internado, en ese hospicio donde casi ni se le vestía, por meses. Su única envoltura era un pantalón de tela delgado y una camisa de material casi transparente, sin mangas. No lo cubrían con pijamas de franela como al resto de los niños, porque según los profesionales, la ropa, no daba abasto para vestir a todos. No faltaban las oportunidades tampoco en que al Extraño lo azuzaban sexualmente. La madre del Extraño en realidad nunca supo verdaderamente lo que pasó con él allí. Ignora por ejemplo si en alguna oportunidad fue violado o vulnerado de manera violenta, de lo único que sí se le informó oficialmente, después de un mes de que su hijo había estado internado allí, fue que los niños más grandes, solo para divertirse, solían introducirles palitos de fósforos y otras cosas en sus partes íntimas. El Extraño nunca aprendió a disgustarse, quejarse, o defenderse. Solo permanecía boca arriba rodeando con sus brazos los barrotes metálicos de la cama, con la vista fija en el techo, aguardando a que se le extinguiera su dolor. Le dolían los electroshock que le propinaban para que cesaran sus trances, le ardía la sien, los músculos de la cara, hasta las orejas. Sus quejidos eran apagados, permanentemente, por el ruido de la lluvia que acribillaba el barro. La tierra negra y blanda recibía con generosidad la lluvia.


Finalmente, el Extraño, solo pudo salir del hospicio, una vez que por falta de recursos, los devolvieron a todos a sus casas. Un día simplemente los retiraron sin explicación alguna. Solo los despidieron y de esa manera se dio por finiquitado el asunto.


Por aquel mismo tiempo además, sumado al Extraño, también comenzaron a enfermarse otros habitantes del pueblo con males mentales aún más peculiares que el suyo. Comenzaban a extinguirse gran parte de los seres vivos que habitaban la tierra y el mar, y pocos entendían que era lo que realmente estaba ocurriendo. La incertidumbre comenzó así a alojarse en sus corazones y a enfermarlos. Para algunos, incluso, la declave se debía a una fuerza sobrenatural que los estaba matando. Una fuerza irracional que lo estaba aniquilando todo. Y fue justamente esa misma incertidumbre, la que comenzó a gatillarles la locura. Era la incertidumbre de no saber, de no saber cómo estaba comenzando a morirse todo; tanto la tierra como el mar, ni siquiera conocían el origen de su mal, ni siquiera sabían que estaba comenzando a enfermarlos, de lo único que se tenía certeza, era de que cada mañana se estaban despertando con peces muertos flotando, y con hortalizas, que por más abono que se le pusiera, no crecían. Además de eso, otro fenómeno que tampoco se explicaban, eran las enfermedades; los dolores de cabeza constantes, los mareos y las manchas mortecinas en las mejillas que recién estaban comenzando a aparecer.


La mayor parte de estas señales, se interpretaban más como destinos trágicos que como hechos catastróficos. Se interpretaban como una mala racha infinita, que no llegaría a ningún final. Pero como se desconocía la causa del problema, la posible disconformidad que podría haber surgido, fue rápidamente remplazada por un desconcierto y una confusión infinita. Frente a la muerte de los productos del mar y la tierra, la gente comenzó a sentir más inseguridad y miedo que ira o enojo. Pese a que en cualquier otro pueblo -aquejado por este mismo mal- lo más lógico hubiese sido comenzar a buscar a un culpable, en vez de caer en la locura, aquí se cayó en la locura. Contrario a toda lógica, comenzaron a indagar en los recovecos más alejados de la realidad tangible en vez de buscar al verdadero culpable. De hecho mientras más se hundían en la muerte, más se alejaban de la verdad. Del culpable concreto que no era un ente distinto que la Empresa. El miedo comenzó a rondarlos, a acrecentarse aún más debido a la rápida proliferación de enfermades acústicas y a la piel. La gente comenzó a presentar signos evidentes de dermatitis atópica y excemas que les dejaban huellas lacerantes, heridas abiertas, y enrojecidas, que se hinchaban y expandían aún más, mientras más se metían al mar. Las heridas, los atacaban a veces, incluso en las partes más íntimas. Amanecían con furúnculos inmensos en zonas de su cuerpo como la espalda y los brazos. Pero eso no era todo, también al poco tiempo, comenzaron a presentar otro tipo de contaminación que les fue aún más desconocida: la contaminación acústica. El ruido permanente y metálico de las refinerías, y de lo que comenzó a ser conocido como el “sonido del progreso” se tradujo en la presencia inmediata de ruidos y vibraciones permanentes en el ambiente. Ese ruido invisible les provocaba irritabilidad, estrés y ansiedad, y no sabían por qué. Incluso, y sin que lo notaran, un aumento en la frecuencia cardiaca y respiratorias, y de la presión arterial y no sabían por qué. En los casos más agudos, una alteración del sueño y un sonambulismo que los conducía directamente a internarse desnudos en la marea nocturna, y no sabían por qué. Comenzaron a escuchar además, un pito constante en el oído, una vibración permanente, y no entendían por qué.


Sin embargo, la verdadera toxicidad a la que estaban siendo expuestos, era mucho peor. Mucho peor de lo que nunca se hubiesen imaginado. Esa verdad solo se revelaría treinta años después. Solo treinta años después, se enterarían de la verdadera toxicidad a la que habían sido expuestos. La muerte no comenzó a revolotear sobre sus cabezas, sino en sus casas, entre sus sábanas, entre sus hijos. Apuntaba directamente la mirada a sus rostros, que iban adelgazándose cada día sin razón alguna. Problemas médicos tales como asma, falencias cardíacas, cáncer, vómitos, mareos, bajas de presión, desmayos, y pérdida de sensibilidad en las extremidades, comenzaron a acompañarlos diariamente.


Y aunque en algunos casos, la incertidumbre, comenzó a provocar cierta desconfianza y pesadez mental, que aún cabía dentro de los límites de la cordura, otras conciencias en cambio, comenzaron a ser continuamente estimuladas por horribles paranoias y estados de vigilia que eran más viajes al infierno, que vigilias. Comenzaron a padecer también de corazones endurecidos, que se deshacían, permanentemente, en lágrimas. Algunos, incluso, se inventaban penitencias excesivas o se inventaban crímenes que jamás habían cometido. Se estaban volviendo locos.


}El Extraño solo formaba parte de este contingente, pero lo cierto era, que este contingente era muchísimo mayor que él. Habían más enfermos, otros, que viviendo cerca de su casa, en pocos días, ante un dolor de cabeza o algo aún más simple, tomaban la decisión de quitarse la vida. Optaban por subir hasta la punta más alta de una piedra (que popularmente era conocida como la Piedra Feliz), y de ahí saltaban.


Los males a la cabeza comenzaron a agudizarse a tal nivel, que se vieron las primeras visitas masivas a los consultorios. El primer grupo arribó, quejándose en su mayoría, de fuertes alucinaciones, mareos y rápidas pérdidas de consciencia. Mientras que, un segundo puñado de personas compareció peor, asegurando incluso, que bajo su piel se les estaban reventando todas las venas al mismo tiempo. Impelidos, confundidos, atormentados, entraban de sopetón, afirmando que ya no podían resistir más los malestares de muelas, las fuertes alzas de fiebre repentinas, y la transpiración permanente de color verde.


Entraba recién la primavera, y ya las lluvias se hacían cada vez más exiguas. Llovía poco, pero las pocas veces que llovía, las precipitaciones, provocaban unas tormentas tan duras que llegaban a azotar la tierra. La desgarraban. Era bueno ver cómo se arrastraban las nubes. Cómo circulaban -de un lugar a otro- dando tumbos hasta que de pronto ya no regresaban más. La tierra quedaba como reseca y achicada, como cuero viejo, después de la pasada del sol. Se llenaba de rajaduras como la cobertura de un pez. Tan de capa caída terminaba, que a los propios agricultores, no les quedaba otro remedio que permanecer con los brazos caídos, aguardando el día de su muerte.


Pero los que llegaban a los consultorios no eran solo ellos, sino también los que tenían aún esperanza. Arribaban con el anhelo de ser “salvados” pero solo recibían hermosos discursos sin ninguna solución plausible. Se les examinaba, y luego se les sonreía, llenándolos con millones de pastillas y consejos de fantasías.


En la primera gran oleada que llegó al consultorio entonces, el pueblo completo lloró, pero en silencio, y sin jamás quejarse contra la Empresa. A la Empresa, por ese tiempo, aún no se le acusaba ni directa ni indirectamente. Aún no se tenía ni la más remota sospecha de lo que estaba haciendo. Solo, a ratos, los más “despiertos” lograban notar cierta presencia de contaminantes, pero tampoco estaban tan seguros.


La calle comenzó a poblarse con todo tipo de fantasmas. Se les llamaba fantasmas porque respiraban, caminaban, e incluso comían, pero casi sin mostrar ninguna señal de vida. En las calles se oía la voz de los más dolientes. Sus lágrimas y lamentos se sucedían en casi todas las puertas, pero eso solo ocurría en los primeros tiempos de las infecciones, porque en los últimos, los corazones ya estaban lo bastante endurecidos como para resistir. Resistir al extremo que la muerte por intoxicaciones o infecciones, comenzó a ser un suceso tan cotidiano como los nacimientos. Andaban casi todos ellos, con la mirada detrás de una larga cortina de lágrimas y sal marina. No sentían más que los címbalos del sol sobre la frente. La espada ardiente los atravesaba y les penetraba en las pupilas adoloridas cuando salían del mar, y no sabían por qué. El mar había cambiado. Con la llegada de la Empresa el mar cambió de color y no sabían por qué.


Y fue en esos momentos, y no otros, cuando el derrumbamiento de su valor y su voluntad se hizo real, tan brusco, que se materializó en una carencia de vida perpetua. Llegaron a imaginarse, incluso, que no podrían salir jamás de ese abismo. Decidieron entonces, conservar para siempre la mirada baja, el caminar cansado, la ausencia definitiva de una esperanza de porvenir. La mirada coagulada en el sufrimiento inútil del recuerdo de los viejos tiempos. Conservaban eso, conservaban las imágenes del pasado a sabiendas que solo les entregaría el sabor de la nostalgia, (mil veces requerida como un peñasco del cual agarrarse). Y así comenzaron a vivir; y así comenzaron a ser otras personas: personas “apagadas”, “muertas''.


Aparecían individuos que corrían casi desnudos por campos o playas con los pantalones anchos, colgando desde sus cinturas, aullando día y noche: “¡Ay Dios mío”, “Ay Dios mío”, con los semblante cargados de horror. Esto, solo provocado por el avistamiento de un cochayuyo muerto o una pulga de mar agonizante. Otros, recorrían en cambio, calles sin preguntarse siquiera a qué destino se dirigían o a qué casa querían llegar. Únicamente, se guiaban por la desesperación de no saber hacía dónde iban, ni hacía dónde querían llegar; solo buscando socorro.


Los sueños de las adivinas, entonces, o más bien las interpretaciones que las adivinas hacían de los sueños de otros, también iniciaron un nuevo caos. Esto colocó a muchísima gente fuera de su juicio. Algunos, inclusive, comenzaron a escuchar voces, que les indicaba que se marcharan, porque vendrían infecciones peores.


Pero no se iban. Nunca se iban.


Otros comenzaron entonces a ver apariciones, o a escuchar voces. Escuchaban voces que vociferaban palabras ilegibles y recibían visiones, que nunca se les aparecían nítidas. La imaginación entonces, estaba tan descarriada, que era casi imposible distinguir entre lo que era cierto de lo que no. Tampoco era posible asombrarse de los que estaban permanentemente escudriñando las nubes, o viendo formas, o figuras, o representaciones. A partir de las más diversas configuraciones de un halo de viento o de la elevación de un puñado de vapor materializaban su visiones. Aseguraban, por ejemplo, que habían divisado una espada llameante, siendo sostenida por un brazo, que nacía directamente de un relámpago, apuntándolos pérfidamente. En otro momento además, salió a la luz un hombre, que mirando a través de una tapia, y únicamente ataviado por un saco de harina, se arrojó al suelo, fingiendo que estaba siendo atravesado por una terrible agonía. El hombre hablaba muy seriamente señalando un lugar donde aparecía un fantasma caminando sobre los sepulcros, y lograba describir la forma, la postura y los movimientos de dicho fantasma con tal detalle, con tal verosimilitud, que estallaba en verdaderos ataques de paroxismo cuando alguien lo ponía en duda. De pronto gritaba: « ¡Allí́ está, allí está, ahora viene». Pero aunque nadie lo veía, todos debían reafirmar que estaba en lo cierto, porque, o sino, colapsaba.


En otra oportunidad también apareció una mujer, que deambulando desnuda, y únicamente ataviada por un saco de harina, lucía como si hubiese sido atravesada por una terrible agonía. Delirante y desesperada, se movía como una de aquellas criaturas, que buscaban su propio sepulcro. Se desplazaba sin pronunciar palabra. Pero dos o tres veces gimió́, tan fuerte y profundamente, que únicamente de esa forma, logró demostrar que su verdadero sentir no se asentaba en su locura, sino en su corazón hecho añicos. No se trataba entonces de una persona infectada por los males de la Empresa, sino por el peso de la pena terrible de haber enterrado un hijo.



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